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El Evangelio según Maradona

27/09/2016.

Si era por los argentinos, teníamos que salir con una ametralladora cada uno y matar a Shilton, a Stevens, a Butcher, a Fenwick, a Sansom, a Steven, a Hodge, a Reid, a Hoddle, a Beardsley, a Lineker. Pero nosotros nos alejamos de ese quilombo. Ellos eran solo nuestros rivales. Lo que yo sí quería era tirarles sombreros, caños, bailarlos, hacerles un gol con la mano y hacerles otro más, el segundo, que fuera el gol más grande de la historia. Texto. Álvaro Corazón Rural

Maradona celebrando la victoria de Argentina en el Mundial de México 1986. Fotografía cortesía de voir.ca

Maradona celebrando la victoria de Argentina en el Mundial de México 1986. Fotografía cortesía de voir.ca

Cómo pasa el tiempo. Ahora que en España estamos discutiendo si un futbolista que aparece en una investigación intermediando o contratando los servicios de prostitutas debería representar a nuestro país con la selección, uno se acuerda de Maradona. Cuando saltó su escándalo en Italia, explicó que en las grabaciones de la policía él no estaba pidiendo droga, sino mujeres. Prostitutas. Esa, precisamente, era su excusa para librarse del marrón que le venía encima.

Cito de El País, 17 de febrero de 1991: «Maradona argumentó que en la única de las conferencias telefónicas grabadas por la policía solo se escucha su voz para pedir “dos mujeres”. Es verdad. Pero en otras nueve llamadas en las que se habla de Maradona un interlocutor anónimo, al parecer “alto, rubio y de ojos azules”, pide para él mujeres y “roba”, que en la jerga del italiano significa “cocaína” (…) Además del material recogido por el grupo de carabineros de la lucha antidroga Nápoles sobre el famoso jugador argentino, lo que más compromete a Maradona han sido las declaraciones de cinco exprostitutas, cuatro italianas y una brasileña, que han confirmado a los jueces que Dieguito les regaló cocaína para que pudieran hacer mejor el amor con él».

Todos estos escándalos y su progresiva pérdida de nivel futbolístico por la vía del deterioro físico le convirtieron, paradójicamente, en un oscuro objeto de deseo para reivindicar en los noventa. Algo que también tenía su lógica. Yo recuerdo que de niño una de las acuarelas más grandes que pinté en mi vida fue un Maradona gigante. Mi generación había machacado los VHS de Historia de los mundiales que acababan en 1986 y aquello, ese triunfo argentino, era el fin de la historia de Fukuyama balompédico. Pero, de repente, todo el mundo empezó a hacer leña del árbol caído. Te lo cogías en el Seibu Cup Soccer, una recreativa que salió en el 91 o 92 con jugadores del 86 al 90 —el mercado del videojuego era más flexible— y se reían de ti. Nunca olvidaré ser señalado en una ocasión como el que «siempre se coge al Caramona» (la noticia además era no cogerse a Alemania, que tenía siempre un extremo en la banda imprescindible para el único tipo de gol que se podía hacer a partir del tercer partido, centro al área y remate de cabeza).

Digo todo esto porque al final Maradona ha tenido suerte de atravesar sus años oscuros antes de la llegada de internet. Con el siglo XXI, se le empezó a nombrar más para recordarle como el mejor jugador de todos los tiempos que como un ángel caído. Créanme, durante su paso por la liga española esto no era así. Por eso, ahora que se cumplen treinta años de su victoria en el Mundial de México y de su gol eterno a Inglaterra, un libro con sus recuerdos sobre aquel campeonato no podía ser mejor noticia. Sin embargo, las cosas como son, como el Pelusa en los noventa, es algo decepcionante. Diego y el periodista deportivo Daniel Arcucci han publicado un libro entretenido, con buenos detalles, pero superficial.

En México 86, así ganamos la copa (Editorial Debate) Diego «relata las cosas como fueron». Es un rollo «mi verdad» tipo Belén Esteban en el que abundan, desgraciadamente, los ajustes de cuentas. Muchos de ellos incluso parecen gratuitos. Concretamente, el que mantiene con Bilardo. Después del 4-0 que le metió Alemania a Argentina en Sudáfrica, Diego fue destituido como seleccionador y considera que Bilardo debió irse con él, o le traicionó, o le mintieron. En fin, una catarata de agravios tras su destitución que se traducen en que Maradona ha orientado sus memorias sobre México a destacar que ganó la selección que él capitaneó por su cuenta, sin escuchar al entrenador, que no tenía táctica, ni planes ni nada parecido a una estrategia vencedora. Además, el 10 revela que antes del Mundial quisieron destituir a Bilardo, que le llamó a Nápoles el mismísimo Gobierno argentino para avisarle y que él se puso del lado del técnico. «Si quieren echar a Bilardo, hagan de cuenta que me están echando a mí», dice que dijo. Y lo dijo él, que era menottista de toda la vida. No como hizo el técnico, subraya, insiste una y otra vez, que treinta años después no dio la cara por él en Sudáfrica. En fin.

Pero ¿hay interés balompédico en esas doscientas cuarenta páginas? Haylo. Maradona hace su relato, en lugar de frente a la chimenea con una copa de coñac y un mastín a los pies, «sentado frente a uno de los tantos televisores que tengo en mi casa, acá en la Palmera de Jumierah (Dubai)». Ha vuelto a ver todos los partidos del campeonato por primera vez. Desde entonces, solo había visto hasta la extenuación su famoso gol, pero nunca los partidos de la primera fase. Dice que le duelen todavía las piernas cada vez que ve las patadas que le daban.

Lo primero que hace es un desmentido con su famoso vídeo premonitorio. Cuenta que cuando aparecía de niño diciendo que su máximo sueño en la vida era jugar un Mundial y salir campeón, en realidad de lo que quería salir campeón era «de octava» (categoría de menores de quince años). Es algo que ya se sabía y que ya ha sido publicado, que las imágenes que dan la vuelta al mundo con su premonición estaban editadas. Diego añade ahora al respecto: «¡Cómo iba a hablar de salir campeón del mundo si ni televisor tenía!».

 

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Maradona y Bilardo. Fotografía cortesía de fourfourtwo.

 

No obstante, para el proyecto de Bilardo el capitán iba a ser Maradona y todo giraría a su alrededor. No importaba su mal paso por Barcelona, con la hepatitis y la fractura de tobillo que le hizo Goikoetxea —del tratamiento de recuperación, que lo relata, dice que el médico le explicó que dominaba tan bien el balón porque su giro de tobillo era más amplio de lo común—. Ni tampoco la imagen que dio en el Mundial de España, expulsado frente a Brasil por darle una patada en los testículos al brasileño Batista. A Batista le tenía que encantar enfrentarse a Argentina, vean tan solo un año antes, en el Mundialito del 81, la que le dio Passarella.

Y el plan original venía del maestro Di Stefano. Según señala Diego, él fue quien le dijo a Bilardo que a los jugadores argentinos les faltaba «movilidad y dinámica, que todos marcaran además de jugar». Describe al difunto héroe del Real Madrid como «un adelantado a su tiempo» por estas enseñanzas.

Jugar la clasificación y los amistosos previos fue un desafío. Tuvo que retar al club que le pagaba la nómina, el Nápoles, y prácticamente a todo el fútbol italiano. Dijo que nada le iba a impedir ponerse la camiseta de su selección y que no quería irse por las malas a su país a jugar. Por este mismo problema, como explicó Monchi en esta publicación, se estropeó su estancia en Sevilla. Lo cierto es que en el 86 con la selección se llevaba veinticinco dólares al día. Con esta obsesión por ponerse la camiseta nacional, el que más sufría era él:

Volví a la concentración, con los muchachos, al día siguiente, a las cinco de la tarde, me subí al avión de Varig, que hizo escala en Río de Janeiro y siguió hasta Roma. El sábado 11 estaba otra vez en Fiumicino, pero en lugar de subirme a un auto y arrancar para Nápoles, me subí a otro avión y me fui para Trieste, para llegar al famoso partido contra Udinese, uno de los que estaba peleando el descenso. De Trieste a Udine hay setenta kilómetros y los hicimos en auto. Llegué para la hora de la cena, comí algo y me fui a dormir. A dormir en serio. Creo que me desperté un minuto antes de empezar el partido, el domingo 12. Pero, si alguna duda le quedaba a algún cabeza de termo en Italia, se la saqué a los gritos: hice dos goles, uno de tiro libre, espectacular. Empatamos dos a dos. ¿Qué más querían que hiciera? Me bañé a los santos pedos y otra vez al auto, para recorrer de nuevo los setenta kilómetros de Udine a Trieste, subirme al avión, aterrizar en Fiumicino y despegar para Buenos Aires, donde volví a aterrizar el lunes 13, creo que a los de Migraciones no les dio tiempo ni de sellarme el pasaporte (…) La cosa es que nos podríamos haber quedado en Buenos Aires, porque el partido que seguía en la liga era contra la Fiorentina, justo contra Passarella, y el resultado no resolvía nada (…) El sábado 18 aterricé de nuevo en Roma y, como esta vez jugábamos en el San Paolo, del aeropuerto me fui derechito a la cama, ¡dormí dieciséis horas seguidas!

De las críticas que ya recibió entonces por su mal aspecto, por su mala cara, Diego sale al paso diciendo que fue su hermana la que le recomendó que se dejase barbita para parecer «más macho». Y luego se adentra en los problemas que tuvo de liderazgo dentro de la selección con Passarella. El método que empleó para imponerse como el capitán que era no parece muy limpio. Tras quejarse el Kaiser de que Diego había llegado tarde quince minutos a una reunión en la concentración, contraatacó así: «Conté delante del plantel, completito, todo lo que era él, todo lo que había hecho, todo lo que yo sabía de él. Yo prefiero ser adicto, por doloroso que esto sea, a ventajero o mal amigo». Pero a lo que recuerda todo esto es a Sálvame Deluxe más que a otra cosa: «Cuando él estaba en Europa, todo el mundo comentaba que se escapaba a Mónaco para verse con la esposa de un compañero, de un jugador del seleccionado argentino». La venganza fue tan viperina porque, por lo visto, Passarella le había metido en la cabeza a Valdano que Maradona le estaba introduciendo a todos sus compañeros en la droga.

Drogas recreativas no se sabe, pero de las «deportivas» parece que pudo haber unas cuantas. En esa misma concentración, todas las mañanas pasaban por el consultorio durante la preparación para recibir una inyección «para fortalecer el hígado», dice. Los que no habían salido de Argentina se quejaban porque nunca habían visto tal cosa y tenían que convencerles de que se dejaran pinchar. Hubo discusiones por eso.

Antes, en Italia, ya había iniciado su entrenamiento individual para el Mundial en el Centro de Medicina del Comité Olímpico Italiano, el CONI. Su preparador físico personal desde la lesión en España, Fernando Signorini, se había «leído todo» sobre el récord de la hora del ciclista Francesco Moser, que batió dicha marca en México en 1984. Llegó a la conclusión de que el hombre «clave» para enfrentar ese Mundial en el mismo país era Antonio Dal Monte, médico que estuvo en el equipo «científico» que preparó a Moser. De ese equipo, Dal Monte pasó a la historia por el diseño de la bicicleta, y el bioquímico Francesco Conconi, por ser el padre de la EPO. En México sus ayudantes llevaban una nevera portátil con bolsas de sangre para que Moser se hiciera autotransfusiones. El propio Moser reconoció ya en 1990 con estas declaraciones recogidas por la agencia EFE que recurrió a algo más que al talento para lograr el récord:

El exciclista italiano Francesco Moser, uno de los grandes campeones en la historia de este deporte, admitió que en el pasado tomó sustancias estimulantes para disputar carreras y obtener récords contra el cronómetro. Moser confesó que él también sabía lo que era el dopaje en su época de ciclista en activo. «Lo hice porque sabía que no habría análisis después de la carrera».

 

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Maradona en una sesión de preparación para el Mundial 86. Fotografía cortesía de El Gráfico.

 

Así que tras «leerse todo» sobre ese récord en concreto y fichar al que diseñó la bicicleta para preparar a Maradona, comenzaron los entrenamientos en el CONI a tres meses del Mundial. Dice Diego: «Lo que se hacía en ese centro no se hacía en ninguna parte. Yo estaba fuerte, fuerte. Si ves las fotos de ese época, parezco un boxeador, los brazos marcados, los pectorales, un lindo pendejo… ¡Volaba! Llegué muy embalado, estaba en el aire». Precioso. Espectacular. Una pena que el único detalle que revela de aquellas jornadas es que Dal Ponte le ponía la música de Rocky.

Luego, entre frases de Valdano, «cada vez que tocás la pelota es como si le hasés el amor, Diego», llegan momentos divertidos como el partido contra Corea, de los que confiesa que Bilardo les mató a ver vídeos, pero que no eran capaces de saber luego quién era cada jugador porque los asiáticos les parecían todos iguales. La afrenta se la cobraron en golpes, once faltas le hicieron a Diego Armando. El colegiado español Sánchez Arminio solo sacó una amarilla, cuando recibió un golpe de karate en la mandíbula de Huh Jung-Moo.

Contra Italia fue más o menos igual. Dice que en España te daban por todas partes, «hasta en la lengua», pero en Italia, dando menos, eran peores porque te golpeaban «como especialistas». Ese día le enseñó a Ruggeri que el apelativo cariñoso más apropiado para los italianos era cornutto. Quedaron empate a uno y hay que reconocer que el penalti que les pitaron en contra a los argentinos fue de verdadera mofa. Al respecto, Diego Armando denuncia: «¿Saben dónde vivía la selección de Italia? En Puebla, ¿saben en qué hotel? En el Mesón del Ángel. ¿Y saben dónde paró Keizer cuando llegó a Puebla? Sííí, en el Mesón del Ángel».

En ese encuentro hubo una falta que lanzó el 10 que se fue por poco. Aprovecha Diego el episodio para recordarnos que él le enseñó a lanzar las faltas a Messi. Fue en Marsella, en un entrenamiento antes de un partido con Francia. Leo estaba disparando con Mascherano y la tiró a la tribuna, se fue enfadado y le hicieron volver al campo. Ahí se le acercó el maestro, Maradona, y le legó su secreto: «no sacar tan rápido el pie de la pelota, acompañarla todo lo que se pueda». Ahí lo tienen.

También resulta curioso que se encontraran con los aficionados argentinos, las barras —ya saben cómo se las gastan, aquí contamos que a Ruggeri le quemaron la casa—; un día bloquearon la puerta de acceso al lugar de concentración y les pararon a los que salían para exigirles dinero. Tuvo que haber una reunión de los jugadores para decidir todos no darles nada. Eran otros tiempos, admite Diego.

Así llegamos a lo realmente interesante, la narración del partido contra Inglaterra. Un encuentro que en España, pese a contar con el mejor gol de todos los tiempos y una intervención divina, no fue muy celebrado. Lo mejor que se dijo fue en El Mundo Deportivo y en estos términos: «Por ese gol valía la pena aguantar noventa minutos de auténtica tabarra futbolística». Nuestra nación estaba más dolida por la trágica eliminación ante Bélgica en los penaltis.

Antes del encuentro, la que más se excitó al conocer el cruce con los británicos, como suele ser normal, fue la prensa argentina. Les preguntaban si le iban a hacer el fuck you a la Thatcher y demás macarradas, pero los jugadores, con buen criterio, decidieron pasar del tema. Los ingleses habían matado a muchos chavales argentinos, pero los que les mandaron a la guerra «con zapatillas Flecha» fueron los militares que gobernaban su país, explica el futbolista. Diego dice que cuando jugó el Mundial de España fue un shock descubrir en nuestro país la masacre que habían sufrido sus compatriotas en Malvinas mientras los generales les decían allí que estaban ganando la guerra. Por eso, sostiene el capitán de Argentina, aquel partido no lo jugó pensando en ganar la guerra, sino en «hacer honor a la memoria de los muertos».

De todo lo que cuenta de ese partido, a estas alturas, lo que más llama la atención son detalles chorras como el de la camiseta. No tenían una segunda equipación en condiciones. Cuando llovía «pesaba más que un pulóver». Compraron unas nuevas corriendo y deprisa y dos costureras bordaron todos los escudos a toda prisa. Lo hicieron muy bien, pero se olvidaron de poner los laureles. Argentina jugó el partido con un escudo incompleto. Luego pusieron los números plateados y, al saltar al campo, todos tenían la brillantina pegada en la cara, se les había adherido al ponerse la camiseta. Se desprendía. «Si se largaba a llover, como en el partido contra Uruguay, se armaba un quilombo bárbaro, ni íbamos a saber ni quiénes éramos ni de qué jugábamos».

Sobre el gol con la mano, todos sabemos cómo fue la jugada. Es como el gol que le metió Perú el otro día a Brasil. Después de esa internada, no meterla con la mano es ser mal futbolista y peor ciudadano. En el caso de Diego, la penetración que hizo fue escandalosa, Valdano no acertó a devolverle la pared, ni siquiera a controlar la pelota, y ahí se produjo el pase de Hodge. El hombre pretendía ceder a su portero, como se hacía antiguamente, y sirvió suavecito y bombeada para el 10, que la enchufó no con la mano, sino con el puño. Entendamos que esa cesión hacía justicia a lo que debía ser una gran combinación que Valdano no estuvo en condiciones técnicas de efectuar.

El línea búlgaro no levantó la bandera y por lo tanto el árbitro no anuló el gol. En su línea, Maradona dice que no se arrepiente en absoluto, que en su barrio, Villa Fiorito, «hacía goles con la mano permanentemente». Y recuerda esa gracia que hizo de que fue un gol totalmente legítimo porque lo validó el árbitro y quién era él para dudar de la honestidad del colegiado.

Lineker, con los años, le terminó perdonando. Entendió que engañar al árbitro puede formar parte del juego, porque es un juego al fin y al cabo. El que no lo hizo fue Shilton, el guardameta, que anunció que Maradona no estaría en su partido de despedida, a lo que el 10 replica muy ufano: «¿Y quién quiere ir al partido de despedida de un arquero?».

 

Diego Maradona a punto de marcar el gol de goles. Fotografía cortesía de fifa.com

Diego Maradona a punto de marcar el gol de goles. Fotografía cortesía de fifa.com

 

Y sobre el gol de goles para toda la eternidad, lo más relevante es cuando Maradona destaca la honestidad y nobleza de los ingleses. Cuando Fenwick desesperado le tiró la mano para derribarlo como fuera, ni llegó a propinarle un hostión como es debido a un tío que se regatea a más de dos —justicia del pueblo—, ni le agarró para bloquearle y tirarle al césped, lo que es un placaje de toda la vida. Le dio con la mano blandurria en la tripa y, a la velocidad que iba el barrilete cósmico y la potencia de todo músculo y ni un gramo de grasa que logró en el CONI con la música de Rocky, pues no le hizo ni cosquillas. No obstante, Diego sabe hoy, o reconoce, que a Italia ese gol no se lo hubiera metido. Podría incluso haber perdido una pierna. Aquí, el que sí que le dio fue el bueno de Butcher. Le alcanzó y le destrozó el tobillo, pero le dolió después; tras el subidón de adrenalina que le supuso colar eso.

Es interesante también la definición. Fue cosa, cuenta, de su hermano pequeño. Una vez intentó hacer lo mismo durante una gira por Inglaterra, en Wembley, ante, precisamente, Inglaterra. Fue en 1980, acudieron en calidad de campeones del mundo y Diego hizo prácticamente lo mismo, aunque partiendo desde más arriba. Sorteó a todos los rivales que tenía encima, pero finalmente la cruzó y se fue fuera. Es bonito lo que cuenta aquí, si no lo había hecho ya. Aquel día le llamó por teléfono su hermano pequeño, Hugo «el Turco» Maradona, quien por cierto jugó en el Rayo, y le explicó cómo tenía que acabar en una jugada así:

Me dijo: «¡Boludo! No tendrías que haber tocado… Le hubieras amagado, si ya estaba tirado el arquero….». Y yo le contesté: «¡Hijo de puta! Vos porque lo estabas mirando por televisión…». Pero él me mató: «No, Pelu, si vos le amagabas, enganchabas para afuera y definías con la derecha, ¿entendés?». ¡Siete años tenía el pendejo! Bueno, la cosa es que esta vez definí como mi hermano quería.

Pero parte del mérito, reconoce, fue de Shilton, que no cubrió bien la portería, «hizo cualquier cosa menos taparme como un arquero normal». Solo tuvo que adelantársela un poco, ni siquiera califica de amago lo que hizo. Y, una vez sorteado el portero, «la toco, tac, cortita, tres dedos para que la pelota entre mansita. Y listo». Así se gestó el gol de goles forever and ever y blablablá. Otro igual no ha habido. Solo el de Saeed Al-Owairan en Estados Unidos 94, pero fue en primera ronda y ni siquiera expulsó a los belgas.

Le pregunto a un amigo argentino, buen aficionado, qué piensa de todo esto y su respuesta refleja el sentir de buena parte de sus compatriotas: «Todo lo últimamente dicho por Maradona tiene muy poca credibilidad. Lamentablemente, es un gran futbolista, pero como persona es decepcionante para gran parte de los argentinos. Es una pena ver cómo el alcohol, las drogas, la fama y el querer llevarse al mundo por delante afecta soberanamente a algunas personas, que no tuvieron una buena preparación cuando jóvenes. El Mundial se sigue recordando como algo épico y Maradona como el icono de esa hazaña, de hecho, está la inevitable comparación con Messi y aquella cuestión de que Maradona con un equipo, digamos, mediocre consiguió el título. Y cuatro años después, con el tobillo hecho una pelota, llegó a una final. En cambio, a Messi se le reprocha que, estando acompañado de un equipo o de unos nombres más competitivos, no se echa la selección al hombro. Yo puedo ver cómo le hace tres goles a Panamá en media hora de juego, pero, macho, yo querría al menos uno contra los alemanes en la final, ahí es donde se ve quién es grande de verdad, por eso te digo, para mí Maradona como futbolista es inigualable por ahora, pero como persona, está quemado».

El 22 de junio se cumplieron treinta años del gol de Maradona contra Inglaterra.

 

Maradona celebrando la victoria de Argentina en el Mundial de Mundial de México 1986. Fotografía cortesía de voir.ca

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