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Vocalía de Flamenco
Bailaora de fondo

03/10/2016.

Y cuando faltaban diez minutos para cumplir cuatro horas en el escenario, Rocío Molina bailó una soleá de las que se quedan en la retina para siempre. Exhausta, al límite de sus fuerzas, la bailaora sacó la pasión de donde ya parecía que no había, y reactivó a los espectadores, que con sus aplausos demostraron que cuatro horas de esta bailaora no son suficientes. Texto. Ángeles Castellano

La bailaora y coreógrafa Rocío Molina, durante el espectáculo »Una improvisación de cuatro horas». /paco puentes

La bailaora y coreógrafa Rocío Molina, durante el espectáculo »Una improvisación de cuatro horas». /paco puentes

Rocío Molina (Málaga, 1984) quería demostrar este sábado los límites del baile, sus propios límites, con una improvisación de cuatro horas en el Teatro Central de Sevilla, en el marco de la Bienal de Flamenco. Había preparado numerosos elementos para llenar el tiempo (y en cierta manera, el espacio) y muchos de ellos se tornaron casi innecesarios cuando el flamenco comenzó a fluir por su cuerpo. Los espectadores recibieron instrucciones al entrar: podían entrar y salir a su antojo, comer y beber, podían enviar mensajes a la bailaora con palabras inspiradoras, y podían disponer sus músicas o algunos objetos para ser utilizados por la bailaora. “Quiero saber qué pasa cuando ya no puedo más físicamente y se me acaban los recursos”, decía unas semanas antes de la improvisación. Tendrá que pensar otra fórmula. Recursos de baile, precisamente, no le faltaron en cuatro horas.

'Una improvisación de…'

Baile: Rocío Molina. Guitarra: Eduardo Trassierra, Rafael Rodríguez, José Acedo. Cante: José Ángel Carmona, Antonio Campos. Percusión y electrónica: Pablo Martín Jones. Compás: José Manuel Ramos Oruco. Piano: Pablo Suárez. Contrabajo: Pablo Martín Caminero.

Idea Original: Rocío Molina. Dirección Artística: Carlos Marquerie. Dirección técnica / luz: Antonio Serrano. Sonido: Javier Álvarez. Regiduría: Reyes Pipio. Producción: Loïc Bastos y Magdalena Escoriza.

Teatro Central. Sábado 1 de octubre.

 

 

 

Hubo algunas bajas entre el público, por supuesto, pero el cautivador baile presentado lo llevó en volandas hasta la conclusión, en la que la bailaora les invitó a bajar a las tablas y fundirse en un abrazo de baile de despedida.

Molina estuvo concentrada desde que salió. Su baile libre por tangos, por soleá o los numerosos zapateados que acometió, estuvieron sobrados de precisión, técnica y estilo, su estilo, lecciones de arte sin las estrecheces de una coreografía que nadie sabía en qué iban a desembocar y dejaron momentos inolvidables.

Algunos de esos momentos los pusieron los invitados especiales de la bailaora. Fundamental fue el baile, sentada en una silla, de La Chana (Antonia Santiago Amador, Barcelona, 1946). Impresionante su demostración de fuerza, la destreza de pies en unas escobillas precisas y veloces, la calidad de su braceo, arropada por unos cantaores inspiradísimos que transformaron a una dulce anciana en un torrente de flamenco que levantó al público de sus asientos. Cuando parecía que se iba a derrumbar, la Chana continuó en un mano a mano por tangos con la protagonista de la noche, las dos sentadas pero llenando el escenario con su baile.

 

 

 

 

Unos tangos que además Rocío Molina bailó con una bota del también bailaor Israel Galván, que le propuso improvisar con una de sus botas y otra de escayola con la que Rocío bailó y, como no podía ser de otra manera, quién sabe si como recuerdo de su Vinática, hizo pedazos después.

También fue mágico poder escuchar a Lole, acompañada de Joselito Acedo que para la ocasión tocó la guitarra de Manuel Molina, interpretar algunas de las mejores canciones de Lole y Manuel. Un cuento para mi niño, Dime, Alba Molina, El silbo del dale y Al Alba con alegría son los temas a los que Molina asistió casi como espectadora, chiquita en algunos momentos en los márgenes del escenario, de baile libre, elegante y estilizado como la mariposilla blanca de la canción en otros. Lástima que el vestuario que eligió para el momento no acompañara, la falda le constreñía y a punto estuvo de dar algún traspiés.

En cuatro horas inolvidables hubo momentos para bailar con mantón, para hacer un paso a dos exquisito y delicado junto a Nani Paños, comicidad junto a Rafael Estévez y experimentación y expresión junto a unos músicos que la arroparon en todo momento, la siguieron y le dieron impulso cuando comenzaron a flaquear las fuerzas

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