Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
AQUELLOS SABORES

30/10/2016.

Perdidos y de vez en cuando echados en falta en cuanto tratamos de evocarlos, como si intentásemos recuperarlos, aunque resulte imposible. Y nos referimos a esos platos que degustamos siendo pequeños de nuestras madres, de nuestras abuelas y que se quedaron grabados en nuestros acerbos mentales, existenciales, porque se hicieron inolvidables. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Decía un buen cocinero, de los de antes, de los que se movían entre sus fogones y desplegaban sus saberes y habilidades sin olvidarse de sus raíces, que cuando fuéramos a un restaurante jamás deberíamos pedir esos platos mimados, insuperables, degustados en casa con fruición, agradecidos a nuestras madres y abuelas, tales como el arroz con leche, la compota con orejones, las croquetas de puchero . . . porque siempre saldrá perdiendo cuanto nos presenten en los comedores profesionales.

Tengo yo dos platos perdidos en el recuerdo irrecuperable, aunque me acerque, sin llegar nunca al punto exacto del sabor que se resiste a recuperarse.

Me refiero concretamente a la ensaladilla de arroz que preparaba mi madre, preferentemente para el verano, para las salidas al campo, a orillas del río, al fresco de las sombras de los chopos, felices e ingenuos, alrededor del mantel que solía extenderse sobre la hierba, cuando mi madre sacaba esa ensaladilla humilde, contundente, con su arroz blanco cocido revuelto y mezclado con el resto de componentes, con sus olivas verdes partidas por la mitad, el chicharrillo en escabeche, el huevo cocido, el pimiento morrón y la cebolla, todo ello muy picados, y dale y dale vueltas hasta homogeneizar la masa, para terminar mezclando todo el conjunto con la mayonesa casera, puesta en sazón, gota a gota del aceite aquel, del aceite que iba yo a comprar, el aceite Elosúa, por cuartos o medios litros, ante aquel artilugio donde funcionaba un émbolo que subía el aceite solicitado, aquel oro líquido, tan apreciado, untuoso y con aquel sabor tan intenso y concentrado, o eso creo yo, o eso trato de rememorar cada vez que refresco aquellos amables recuerdos, toda la familia alrededor de la ensaladilla de arroz, cuyo punto y sabor he sido incapaz de lograr, ni de lejos.

Y hay también otro plato, un guiso humilde, que solía ponerse sobre la chapa para que fuera cogiendo su cuerpo, su sabor, a partir de los elementos tan sencillos de los que se componían. Y me refiero a la porrusalda, ideal para las cenas en invierno, para calentar el cuerpo y entonar el ánimo.

Un guiso basado en unas patatas troceadas con ¡clack! . .. incluido y unos puerros troceados. Todo ello en agua con unas gotas de aceite y a dejar que vaya componiendo esa sopa con tropezones harinosos de buena patata cocida, guisada, acompañados de unos trozos de puerro que van convirtiéndose en pura esencia de huerta algodonosa, sabrosa, mientras su fragancia iba invadiendo aquellas cocinas enchapadas con azulejos blancos, a media altura, en las que se hacía vida, por las tardes, en los largos y fríos inviernos, mientras iban condensándose gotas gordas de agua en los cristales empañados de las ventanas, mientras el aroma adelantaba el gusto que a su hora nos proporcionaría la porrusalda, cenando, escuchando el parte de la noche en la radio, para terminar el día leyendo o jugando a la brisca o dormitando con el estómago tan caldeadito.

Y uno, a día de hoy, sigue sin alcanzar aquel punto de la porrusalda que preparaba mi madre.

Y uno echa en falta aquellos sabores perdidos ¿irremisiblemente?, quién sabe.

Y uno se abandona a cierta nostalgia evocadora.

 

  Torre del Mar octubre – 2.016

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