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Opinión
LAS CASTAÑERAS

15/11/2016.

"Teniendo a mano, como decía don Quijote, castañas y nueces, ¿a quién se le iba a ocurrir comer bellotas, por muy de roble que fueran?". Texto. Antonio García Gómez

Las castañeras aparecían en los tebeos que leíamos de chicos. Cuando el otoño andaba cerniéndose sobre nuestras correrías infantiles, prestos a ponernos las katiuskas para chapotear en los charcos que habrían de entretener nuestro camino al colegio. Cuando el invierno griseaba entre celliscas y brumas ateridas, mientras nos parecían tan cercanas las castañeras de los tebeos, seguramente porque algunas ocupaban esquinas estratégicas, sin evitar ni mucho ni poco los airones gélidos.

Sentadas sobre sus banquillos desvencijados, sobre sus rodillas un saco desgastado, sobre el que se apilaban las castañas, bruñidas, relucientes, para ser sajadas una pizca con la puntilla afilada, con parsimonia, bien abrigada la vieja castañera, menuda, enlutada, atenta a su tarea, mientras aguardaba los esporádicos clientes, para echar un puñao de castañas asadas, por unas pesetillas, por más bien pocas, en un cartucho de papel de estraza, para poder ser albergadas en los bolsillos, ahora en uno luego en otro y así ir templando las manos.

Castañeras pues de tebeo, castañeras de nuestra infancia.

Pero las castañas aguantaron y aguantan. Modestas, nutritivas y sentimentales. Tal vez arcaicas, inevitables en los rigores invernales. Desde los puestos de castañas que vuelven a reencontrarse en sus esquinas de costumbre. Sin evolucionar demasiado, porque perderían la esencia de su sabor ancestral, porque nos queremos que se pierda, porque su asado ha de ser como se ha sabido hacer desde hace tantos y tantos inviernos.

Aunque la castaña también asista a su reivindicación, tras haber sobrevivido en las peores condiciones, por unas perrillas un cartucho de una docena de montaraces frutos.

Desde "les marron glacé", tan sofisticado como inasequible, hasta el puré de castañas acompañando un buen guiso de caza como guarnición insuperable.

Inolvidables en cualquier caso los magostos en el monte, asando las humildes castañas sobre las brasas incandescentes, esos frutos de invierno, postre modesto en las mesas más corrientes, deslumbrandio de hogar reunido la degustación de las agradecidas castañas.

Mientras permanecen en la memoria colectiva las castañeras de entonces, mientras siguen los humos cálidos y fragantes de hoy que, sujetos a la tradicción, anuncian los recalcitrantes puestos de castañas asadas que no se rinden buscando el sustento de las familias dedicadas a tan amable oficio.

 

Torre del Mar noviembre – 2.016

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