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Opinión
EL AGUINALDO

16/12/2016.

Siempre que se acercan las navidades me viene a la mente una imagen absolutamente desaparecida. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

La de los guardias urbanos, casco incorporado, uniforme planta marciales, sincronía en los movimientos, elevados sobre los troncos de cono que les permitía elevarse sobre la circulación, en medio de las encrucijadas más difíciles de saber encarrilar, con las acciones de sus brazos y las palmas de sus manos, en posiciones geométricas, en movimiento perpetuo y preciso, muy ensimismados, muy autoritario, el silbato cortante, intimidador, para ayudar a paralizar o poner en marcha a los locos del volante, en los centros de las ciudades.

En mi ciudad había dos, y cuando se acercaban las navidades se les podía contemplar en medio del asfalto, atareados en sus afanes organizativos, rodeados de aguinaldos, de cajas, de botellas de anís, de coñac, de algunos chorizos, incluso de algún pollo vivo y atado, . . . y que luego al final de la tarea recogería muy agradecido.

Y es que el aguinaldo era una costumbre consolidada, recuerdo que corría yo al sonido de la aldaba, o del timbre, tras mi madre, a ver cómo el cartero, el barrendero, el sereno, el deshollinador, el pocero, al carbonero, el zapatero remendón, el lechero que nos traía a diario a casa la leche recién ordeñada, el repartidor de los periódicos que salía a buscar de madrugada a la estación del tren y que llevaba a mi padre, un día tras otro . . . y unos cuantos oficiantes más para “desear felices fiestas” a la familia de aquella casa y solicitar el aguinaldo, que siempre caía, que siempre se juntaba perra a perra, duro a duro a una extra que arreglaba sus magros ingresos.

Y yo lo grababa todo en mi memoria infantil, y me parecía de lo más natural del mundo. Algo propio de la navidad, de esas noches de frío intenso, negrura apenas sesgada por estrellas balbucientes, tan desvaídas, arriba de la bruma arrecida, tiempo en que se apresuraba a llegar antes a casa, siquiera a guarecerse, cerca de la chapa sobre la borbotaban las sopas de ajo, y llevaban toda la tarde cogiendo temperatura los ladrillos refractarios que luego llevaríamos, uno por cada, a los pies bajo las sábanas semicongeladas, a intentar coger el sueño, mientras se iba uno adormilando con la imagen de los guripas rodeados de los aguinaldos ganados, duramente, a lo largo del año de servicio a la comunidad . . . como el resto, con su amabilidad y buenos deseos. Tiempos de cierta solidaridad. Tiempos de la navidad que ablandaba el corazón.



    Torre del Mar diciembre – 2.016

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