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Opinión
LA MANO

16/12/2016.

La mano de abuelo era cálida, protectora, poderosa y me la ofrecía cada mañana para poder salir juntos a pasear por el Bilbao de mis años infantiles. Como un reloj mi abuelo se despertaba y salía de su habitación puntualmente. Yo ya le esperaba en el pasillo, hecho un mocosín de flequillo y pantalón corto. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Ya había desayunado, tenía estiradas las medias hasta debajo de las rodillas, mi madre me había dejado listo para revista y ya solo guardaba a mi abuelo, aseándose con ese poderío que a mí me parecía exultante, mientras yo observaba. Mi abuelo era de pocas carantoñas pero recuerdo su mirada, él sabía explicar las cosas, con parsimonia, mientras se vestía y permitía que yo ya no me alejara mucho de mi abuelo. En su lento y elegante vestir había dos cosas que me impresionaban. Primero su meticulosidad, hasta la botonadura completa, hasta el cuello, de cada camisa diaria, que lo obligaba y a estirar el cuello y permanecer erguido como le recuerdo. Segundo cuando estiraba sus calcetines, derechos, hasta engancharlos a unos ligueritos que se ajustaba sobre sus rodillas.

Luego, ya vestido y bien vestido, íbamos a la cocina, donde mi abuelo desayunaba café con leche con sopas. Al terminar, muy lentamente, llenaba un saquito de tela de migas de pan, muy cuadraditas, con las que alimentaríamos a los patos del estanque del parque Doña Casilda, en el centro de Bilbao.

Y entonces ya estábamos, abuelo y nieto, dispuestos a salir a nuestro paseo diario, de la mano, naturalmente.

Y yo recuerdo esos paseos tomados muy en serio, entre mi abuelo y yo, de la mano. Y ese recuerdo ha permanecido imborrable, tanto como emocionado.

El otro día repasando las esquelas acumuladas al fondo de un cajón comprobé que mi abuelo había muerto cuando yo tenía siete añitos, y sin embargo, su recuerdo, su influencia . . . supuso y ha supuesto tanto en mi vida que me parece tan sorprendente como esclarecedor el poco tiempo que, de hecho, había pasado con mi abuelo y cómo su recuerdo, su ejemplo, su prestancia, su sentido de la honestidad, ha permanecido en quien escribe.

Porque yo siempre he dicho que la persona que más feliz me hizo de cuando yo era niño lo fue mi abuelo Antonio.

Le recuerdo, de su mano, hablándome, contándome junto a la ría de Bilbao sus viajes de avezado marino, con todo lujo de detalles, con delicadeza, mientras recorríamos la margen izquierda, llevando cuenta de los buques que había arribado y de quienes ya no estaban.

Mi abuelo Antonio me lo explicaba todo, con paciencia, con cariño, mirándome y sin soltarme, mientras yo le escuchaba. Y así iban pasando la mañana, abuelo y nito, de la mano, regalándose atención y mucha información, al menos por parte de mi abuelo.

Terminábamos en el parque junto al estanque, donde yo hacía un barquito con vela, con un par de hojas de árbol ficus. Luego lo botábamos y soñábamos cuál fuera a ser su singladura. Mientras reuníamos a los patos a los que les íbamos echando las migas que había preparado por la mañana mi abuelo.

Luego jugaba un rato con algún amiguito con quien pudiera encontrare. Hasta la hora de volver a comer.

Y esto todas las mañanas, cuando durante las navidades mi madre nos llevaba a pasarlas con los abuelos de Bilbao.

Y tan pocos años fueron suficientes para que mi abuelo se me haya hecho, a lo largo de toda mi vida, inolvidable, un referente moral, a quien quise y quiero como a mi abuelo más amado. Gracias abuelo Antonio por ofrecerme tu mano, tu mirada, tu experiencia, tu bonhomía, tus historias vividas o soñadas o inventadas. ¡Gracias abuelo!. Torre del Mar diciembre – 2.016

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