Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
E X C E S O

20/12/2016.

Puestos en la tesitura de que nuestros pequeños «se lo merecen todo», y ante las navidades que se nos echan encima, con tanta generosidad incorporada, mediática, con tanta exaltación manifiesta y publicitada, desde la inaplazable cena de empresa hasta el menú familiar más espléndido imaginable, salvo que te encuentres al otro lado de la necesidad implacable, si perteneces a esos millones de pobres de solemnidad. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Hoy en mi pueblo se informaba por la radio que aquellas familias que quisieran optar a un regalo juguete para sus pequeños deberían presentar ¿la documentación correspondiente? . . . exigida para tal efecto. Y es que la caridad también tiene su protocolo.

Pero no estamos en eso, sino en ese despliegue medio necio, medio compulsivo por llenar a nuestros pequeños de alegrías desbordadas a base de regalos y más regalos, hasta el abotagamiento de los infantes que ya no saben cuánto han recibido.

Antaño teníamos solo a los Reyes Magos, a finales de las vacaciones navideñas, en un proceso de ansiedad infantil alimentada por ese compromiso ingenuo e inocente de “ser buenos” para asegurar la bienvenida de los Reyes con alguno, siquiera, de los regalos juguetes que habíamos escrito, previamente, con mucha atención y también mesura, en la carta a los Reyes.

Y vivíamos la Navidad desde mediados de diciembre, sabiendo que al final podríamos gozar de la gran noche, la noche de los Reyes, tras haber puesto los zapatos limpios y bien a la vista, con algún refrigerio para los Magos, un copichuela de moscatel y unos polvorones, qué menos para una noche tan agotadora. Mientras procurábamos dormirnos muy prontito, entre desvelos afanosos, escuchando ruidos y bisbiseos sospecosos, hasta quedarnos dormirnos aguardando el amanecer y la explosión de la mañana de Reyes, con alborotada efusión de agradecimiento a los Reyes porque se habían acercado a lo requerido.

Pero ahora es distinto o eso me lo parece, desde mi perspectiva de abuelo, abrumado de tanto follón festero, atolondrado, exigente, desde la llegada del Papá Noel hasta la de los Reyes. Porque todo vale y todo cuenta para llenar el cuarto de los niños de todas las novedades “exigidas” por los pequeños.

Y se empieza la noche de navidad y se acaba la de los Reyes. Sin acabar por cierto, porque el año es muy largo y los niños de ahora necesitan renovar sus juguetes y sus artilugios . . . de rabieta a exigencia continuas, porque “se lo deben merecer”, aunque no hayan hecho nada para merecerlo.

Pero son los nuevos destinatarios de los sacrificios de los adultos que harán lo indecible por asegurar la felicidad perenne de nuestros pequeños . . .?tiranos?.

Decía el juez Calatayud que actualmente es dificilísimo que “un padre tenga un móvil mejor que el de su hijo”

Y así el espectáculo se repite cuando el niño recibe montones y montones de regalos, en un equilibrio “espabilado” de aceptar de quienes vengan esos regalos: Del bonachón barbudo coloreado de Cocacola o de los Magos de Oriente que se aparecen y desaparecen como el Guadiana con su misterio anunciada por la a estrella de Oriente.

Y el niño no da abasto a abrir paquetes, y los adultos jalean la euforia y el dislate, y el pequeño ya no sabe cuánto ha ido sacando, ansioso por descubrir ese móvil súper moderno que ha exigido, faltaría más. Luego ya atenderá o no el resto de todos los regalos juguetes que va recibiendo el niño con los unos y con los otros, porque a los niños no les puede faltar de nada.



 Madrid diciembre – 2.016

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