Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
VIDAS HEROICAS

03/01/2017.

Este pasado uno de enero hubieran pasado setenta y nueve años que mi padre era herido en la batalla de Teruel, estando apostado en una trinchera nevada y helada, en el frente de La Muela, a sus veintidós años, un joven soldado metido en una refriega sanguinaria, incivil; en una guerra a muerte por nada que acabase de entender mi padre, metido en la batalla, pegado al suelo gélido, muerto de miedo, hasta sentir mordidos sus muslos por un obús que no explotó. texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Trasladado, mal herido, sangrando, a un hospital de sangre, mi padre fue puesto en fila, tumbado sobre una angarilla, entre cientos de heridos que jadeaban, suplicaban, llamaban a sus madres, sollozaban, expiraban entre dolores desgarradores. Mi padre se sintió abandonado, desfallecido, perdiendo sangre, sin esperanza de ser atendido . . . mientras a su lado otros heridos en la sangría intentaban pasarse las documentaciones, antes de morir, seguramente, para que alguien se encargase de informar a los suyos que aquellos muchachos acababan de morir sobre la nieve, en el mismo inicio de 1.938, . . .¿por la patria?.

Y entonces mi padre se vio que había acudido a aquella casquería su compañero, su amigo del pueblo, ambos inseparables desde que los alistaron, iba ya para más de dos años, su hermano para siempre, lo cargara a sus hombros y comenzara a andar, a alejarse del hospital improvisado, camino de la oscuridad, laderas nevadas abajo, con mi padre semiinconsciente, con el amigo de mi padre infatigable, horas y horas . . . hasta llegar a algún pueblo, donde algún médico destacado cerca del frente pudiera hacer una primera cura a mi padre y asegurase así su supervivencia más segura.

Al pronto el amigo de mi padre . . . regresó a su puesto, manso e indomable . . .como un hijo de la tierra, como ambos amigos eran, gente de adobe y mimbre, fiereza y determinación por no dejarse tumbar tan fácilmente. Hombres de una tierra mesetaria, árida y extrema; hombres y amigos inseparables en medio de la dureza más implacable, desde su ingenuidad heroica, desde su anonimato de hombres de pro, hombres yunteros, hombres invencibles . . . hasta su derrota final, sin aspavientos, cuajados de vida y de entrega . . . a los suyos.

Recuerdo que dos días antes de ser llevado al hospital, definitivamente, para morir, afortunadamente en una agonía imparable y sedada, mi padre nos reunió a todos, a sus más cercanos, para “pedirnos perdón por todo lo mal que nos pudiera haber hecho en su vida”. Fue un momento intenso, duro, sin lágrimas, profundamente humano.

Y fue aún mucho más duro, más intenso, más humano, más desgarrador . . . la mañana que vinieron a buscar a mi padre para trasladarle al hospital, en su última y terminal visita, mientras yo le acompañaba y su mirada inmensamente triste . . . ya no tenía nada que decirme . . . porque ambos sabíamos que aquello ya era el final.

Y mi padre formó parte de esa legión de tipos, de seres humanos indestructibles hasta que caen irremisiblemente, tras haber apostado por la vida a lo largo de toda su existencia, convirtiéndose en ejemplos anónimos, humildes y heroicos de quienes forman patria, presente y futuro . . . en quienes somos y fuimos capaces de aprender algo de compatriotas que solo llegaron a ser ciudadanos de segunda o tercera, inaccesibles al desaliento . . . hasta el mismo punto final de sus esforzadas existencias.

“In memoriam” de quienes aseguraron, al menos, nuestra razón de ser, por nuestro amado y entrañable recuerdo.



  Torre del Mar enero – 2.016

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