Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
Breve esbozo autobiográfico que incluye una noche trágica de pesca

24/01/2017.

Nací el 24 de diciembre de 1942 en El Palo, Málaga. Es El Palo un barrio pesquero con una pequeña pero bonita playa, al menos para mí. Su economía, en aquel tiempo, estaba basada en la pesca. Así que mi padre era pescador, al igual que mis hermanos mayores. La casa paterna estaba tan cerca del mar, que hubo mañanas que, al poner los pies en el suelo, se me mojaban por efecto de la entrada de las olas en mi habitación, bajo las puertas; el Mediterráneo, aquella noche anterior, se había enfurecido y golpeaba nuestra fachada y acceso a casa. Texto. MIGUEL CAPARROS ALBARRACIN

“Antoñico”, mi padre, pescador forjado en la mar y hombre muy responsable y exigente en exceso se enfadaba conmigo por esta virtud: mi falta, a su juicio, de responsabilidad. Algunos golpes se llevaron mis posaderas por ello. Él solía decirme: “No te golpeo yo, te golpeas tú solo…, y tu fútbol”.

                Tenía varios hermanos y, entre ellos, “Kiko” (José),  dos años mayor que yo.  Era mi protector, porque yo no era un hombre fuerte como él.  Lo  quería muchísimo:  tan trabajador,  musculoso, nervioso y responsable como su padre, su maestro, y de quien era su “ojo derecho”. Cuando éramos niños  siempre estábamos juntos y juntos íbamos al colegio, aunque, en ocasiones, peleábamos por tonterías como, por ejemplo, por un juguete. También solíamos hacerlo en broma, luchando al modo canario a ver quien caía antes sobre la arena. Sólo en contadas ocasiones empleó su superioridad física conmigo, probablemente con motivos. Él  y mi padre me llamaban “listillo”. Sabían que no me gustaba aquel calificativo derivado del hecho de sobresalir en clase. Un  “enteraíllo” como se dice en mi tierra. Recuerdo nuestra primera experiencia educativa, el Colegio de Navas le llamaban. Estaba  junto a las vías del  ferrocarril y no lejos de la estación  de El Palo,  cerca del arroyo Jaboneros. El edificio era feo, de dos plantas. Dábamos clase en la primera. La segunda nunca supe a qué se destinaba. Ciertamente fue una experiencia traumática, tanto para mí como para mi hermano Kiko. El motivo: me cagué en los pantalones. Es verdad que mi hermano se portó como un hombre  y me dijo que no me levantara hasta que me avisara; trataba de coger el momento oportuno para que nadie se diese cuenta de lo sucedido. Él se levantó, le dijo al profesor que tenía necesidad de ir al servicio. El profesor le autorizó y aprovechamos el momento para salir ambos. Yo muy despacito y con las nalgas prietas –siguiendo las instrucciones de Kiko-  para evitar que el apestoso fluido pudiera salir, por gravedad, pantalón corto abajo. Iré detrás de ti, me dijo.  Salimos de clase, me llevo a la orilla del  mar,  me quitó toda la ropa y  me lavó los calzones. Mientras tanto, yo hacía lo que podía colaborando también. Hasta el momento de aquel cómico incidente nunca se había enfadado seriamente conmigo, si bien lo hizo (y mucho) cuando me dijo: “Eres un cagón de mierda” y yo le contesté que “sí”. Fue entonces cuando me lanzó al mar de un empujón. Esperamos a que se secara la ropa, me vestí y nos fuimos a casa.

                Nunca volvimos a aquel colegio por miedo a que algúno de los alumnos se hubiera percatado de mi “tragedia”; a mi hermano  le aterrorizaba que alguien pudiera mofarse de mí, porque su reacción hubiera sido obvia: defenderme a golpes.  Mi madre, intrigada, preguntó al profesor qué había sucedido y su respuesta fue tan insatisfactoria como impertinente: “Al pequeño –le dijo- podía darle algún estudio, porque le gusta. Al mayor, le gusta menos”.

                Nuestro segundo colegio fue el  Instituto Católico de Estudios Técnicos (ICET). Estaba gestionado por los jesuitas,  muy cerca de donde vivíamos;  en la misma playa. Era grande con varias aulas, cada una de ellas con sus respectivos profesores. Me hice amigo de dos de ellos, era  un cura con barba (de cuyo nombre no consigo acordarme) y el otro era el hermano Gutiérrez. Este último iba a casa a buscarme para ir a jugar al campo de fútbol.  En los descansos, me regalaba pan de higo; “Era la hora de la merienda”, decía. Prefería dármelo a mí y no comer él. Siempre fue correcto y bueno conmigo, al igual que el hermano barbudo. El colegio se conocía por el sobrenombre de “Padre Ziganda” y su director nunca me gustó: era un cura muy alto y atlético. Tenía un perro enorme al que solía azuzar cuando aparecía un gato al que perseguía, sacudía  por el cuello y mataba…, tales eran perro y amo, ninguno de los dos me gustaban.

               En el mismo centro escolar estaban mis amigos y vecinos de la playa de El Palo y me hice amigo, principalmente, del chico que me tocó como compañero de pupitre (a Kiko le tocó estar en  otro lado).  Le conocíamos como “El Pinto” y era cojo, aunque más travieso que yo; siempre andábamos ideando alguna trastada. La más gorda, y en la que Kiko nos armó el “gran pollo” estuvo relacionada con don Francisco, uno de nuestros profesores a quien le gustaban mucho las chirimoyas. Solía traer dos a clase,  una  en cada bolsillo de su moderna y larga chaqueta. (Estando en el Reino Unido comprendí por qué  iba siempre con aquella indumentaria: tenía como modelo a los profesores  ingleses, los imitaba). Ocurrió que, como en ocasiones, se quedó un poco embelesado, El Pinto y yo  íbamos por cada lado de su mesa y le estrujábamos el fruto en el bolsillo. Cuando volvía a meter las manos en la chaqueta se daba cuenta del suceso. Creo que jamás llegó a pensar que dos golfillos les habían jugado la faena de no poder disfrutar de sus chirimoyas. Nunca me cogieron, si bien recibí algún que otro sopapo de mi hermano Kiko por aquellas travesuras.  Desde entonces, me aficioné y se convirtió en mi fruta  predilecta, si bien ya lo era  de mis padres.

                Pasé  de clase y el profesor nos “caló” nada más llegar. Don Miguel se llamaba. Hombre moreno, con un bigote que asustaba incluso a  los alumnos más antiguos. Le llamaban  “El Charro Negro”. Portaba siempre en la mano una reglita que cimbreaba cuando la movía. Y solía utilizarla para castigarnos. Solía “picar” más que la barita utilizada por otros profesores. El Pinto la sintió en su cuerpo más de una vez…, y me  contaba cómo dolía. Yo, con mis fechorías, también la experimenté en alguna que otra ocasión.

 

                En una de las visitas de mi madre a El Charro Negro, éste le sugirió que buscara el modo de que yo pudiera hacer el Bachillerato y poder entrar en la Universidad. Ella estaba empeñada en que estudiara ingeniería. Me decía que había que ser constante en lo que uno persigue si quería conseguir  alguna meta en la vida a través del trabajo. La relación con mi madre fue siempre especial. Ella me decía: “Miguelico” (Miguel) tú tienes algo dentro que alguna vez saldrá…, tú estuviste a punto de  morir a poco de nacer y, si estás vivo, es por algo. No sé si yo lo veré, Dios me lo permita, por lo mucho que sufriste. Estudia, hijo, estudia…, yo te ayudaré”… Era mi “Gordita” querida, tan distinta a mi padre. Ya te digo, amigo lector, yo era el ojo derecho de mi madre… Si alguna vez me golpeó nunca lo hizo en la mano o en la cara, sino en el trasero y con alpargata a usanza de aquellos tiempos lejanos. Le encantaba mi modo de hablar. De ahí que comprenda hora, con el paso del tiempo, el porqué era yo un “enteraíllo” para ellos. Era cierto, por otra parte, que todo cuanto caía en mis manos lo leía y que siempre andaba buscando libros.

 

                Entré en acceso al primer curso de Bachiller, pero hubo un problema: tenía que comprarme ropa, calzado y conseguir dinero para el tranvía…, y en casa escaseaba el dinero. La pesca en invierno, a veces,  no daba ni para comer a la familia. Pero para mi madre no había nada imposible y se informó del medio de  conseguir becas de estudio. La solicitó a través del Sindicato de Pescadores y me la concedieron. Recuerdo la entrega del documento por el ministro José Solís Ruiz rodeado de periodistas. Fue un logro, pero daba escasamente para el gasto de transporte y lo más importante: tenía que mantenerla, al menos, con un "Notable" de nota media; no valía un simple aprobado. Tuve que emplearme a fondo en  aquel curso de acceso al instituto y, gracias a un profesor particular de matemáticas, aprendí aritmética con bastante facilidad.  Fui uno de los mejores  becarios de España en mi nivel de acceso,  saque un amplio sobresaliente… Luego pasé primero de Bachiller, segundo y tercero, aunque en este último ya no pude mantener la beca al no sacar la nota  exigida por ley. Sin duda, influyó también el hecho de que empezaba a mocear. Mi hermano Kiko me decía:” Deja a esa nena,  porque no tienes tiempo para estudiar “. Me gustaba el  profesor de Latín (don Lucas, a la sazón director del citado centro escolar), porque nos examinaba en fila, hacía una pregunta al primero y, si no la sabía, pasaba al siguiente…, y así sucesivamente hasta que uno contestaba correctamente y pasaba al puesto primero. Yo siempre iba muy preparado y no solía tener problemas. También me agradaba la Literatura. Era impartida por doña Elena Villamana, quien no se portaba mal conmigo sino que, sencillamente, mis nervios provocaba en mí un tartamudeo tal que no me salían las palabras, y sufríamos tanto yo como la profesora). Solía estudiar  en el salón de mi casa, porque mis condiciones de estudios eran paupérrimas. No tenía pupitre -mi mesa se estudio era la del comedor-  y, a veces, me encontraba rodeado de mis hermanos más pequeños. Pero era el único lugar en el que podía trabajar. Había también  un dormitorio para mis padres y una habitación que solía ocupar mi hermana Pepa [Josefa] a cuyos pies dormía en ocasiones.

                Recuerdo un viernes de madrugada cuando, estando preparando un examen para el próximo lunes, se me acercaron  mi padre y mi hermano Kiko solicitándome para pescar al boliche de roa. Había fallado un marinero y alguien tenía que sustituirlo: “Miguelico” –me dijo el jefe-  prepárate, vendrás  conmigo a pescar tú y tu hermano Kiko”. Al salir de casa nos esperaba en la puerta Alberto, un pescador emparentado con la familia que llamaba a mi padre “primo”. Yo no lo conocía aunque supe más tarde que la lectura le había convertido en un hombre muy culto. Fuimos a buscar a la Guardia Civil de costas para que nos autorizara a echar la barca al mar. Mi padre estaba furioso, porque llevábamos cerca de una hora buscándolos y no los encontrábamos. Vimos por fin la luz de un cigarrillo encendido detrás de una barca grande, eran ellos. Nos dio la sensación de que estaban escondidos. Temí que con el, a veces, carácter violento de mi progenitor, pudiera ocurrir algo desagradable. Fue Alberto quien le dijo entonces: “Espera, primo, déjame a mí. Iré yo a pedir el permiso”. Su iniciativa me gustó tanto, que le perdoné el bombardeo de pedos que lanzaba mientras andábamos buscando a los guardias civiles. Todo fue bien, podíamos botar (echar la barca al mar). Preparamos los parales (maderos engrasados por donde se desliza la quilla del barco hacia el agua) y fuimos empujando nuestra embarcación hasta la orilla. Embarcamos Alberto, yo y mi padre quien decía en el último empujón : “¡Barca al agua en el nombre del Padre, del Hijo y de la Virgen del Carmen!”

                kiko cogió un remo en la banda de estribor, Alberto y yo cogimos la banda de babor y mi padre  atrás, en la popa,  con la caña del timón ( lugar propio del patrón) en la mano izquierda. El remo era un trabajo muy duro para mí, no estaba hecho para aguantar  mucho tiempo remando. Llegamos a Almellones, una playita pequeña al este de El Palo. Entre las conversaciones a bordo, Kiko (a quien le  gustaba hablar a mi padre acerca de mis relaciones sociales) le dijo: “Sabes, papa, que tienes un hijo  ligón… Con su pelito rubito  trae locas a todas las niñas de la playa y también a la chiquita californiana que vive en el chalet de Almellones (estaba situado junto a una pequeña y hermosa playa que hoy  es un puerto  deportivo), desde el momento que lo ve en la playita, baja y pasan hablando un buen rato. Parece que a ella le gusta hablar español”. Le respondí que más bien practicaba con ella inglés. Fue Alberto quien apostilló: “Haces bien, muchacho, estudia y practica inglés”. Mi padre también añadió: “Sí,  Kiko, yo hablo mucho con el padre de esa chica. Le llevo, en ocasiones, algún pescado de escama,  le encanta los salmonetes grandes; él  le llama `samón´. Yo le digo que el salmón no es de estos mares, sino del norte de Europa. Le he dado la dirección de nuestra casa. Me ha dicho que nos enviará ropa desde su tierra. La chica me  dijo un día que sus playas eran larguísimas y que recibiríamos, pasado algún tiempo, un paquete”.

               Fue de este modo cómo, pasado algún tiempo,  llegué a vestir como un americano cuando enviaron, desde California, camisas de franelas que según  decía mi madre, eran muy buenas para trabajar en faenas duras como son las propias de la mar. Desde estas páginas les quedo profundamente agradecido. ¡Ojala tenga la oportunidad de visitar  aquel país. Me gustaría darles personalmente las gracias y verlos…, y, aunque el tiempo nos haya cambiado,  todo puede ser.

              Íbamos navegando  y mi padre, al percatarse de que yo andaba renqueando con el remo, me lo quitó y me ordenó que me pasara al timón y que pusiera la roa del barco en tal posición que no se viese el Peñón de El Cuervo (una gran piedra situada  muy cerca de otra pequeña playa, la de la barriada de La Araña, y frente a una enorme fábrica de cemento con una gigantesca chimenea que lanzaba polvo de cemento de una gran pureza, hasta el punto, que taponaba la nariz, cubría los tejados, las aceras, las parras de las viviendas y los árboles próximos. Lo vivía como un auténtico tormento, me provocaba vómitos y mareos. En la actualidad, según parece, un filtro ha mejorado aquellas emisiones tóxicas). Después me dijo: “Si tienes ampollas en las manos, méate en ellas. No te dé vergüenza. Te aliviará el dolor.  Lo hacemos todos… Y hay quien dice que hasta cura”.

                Llegamos al caladero y Kiko  echó el ancla al agua con mucha beta y un trozo de corcho amarrado, la boya. Retomé mi posición de remero y mi padre la suya anterior hasta que finalmente dijo: “¡Muchachos vamos a trabajar!”. Sonó un enorme pedo de Alberto. No me pude reprimir y le llamé cerdo. No hubo respuesta, aunque mi hermano Kiko le recriminó que se estaba pasando, que nos estaba apestando con sus vientos y que se apretara un poco las nalgas.

               Mientras el bote se adentraba en la mar y remábamos con todas nuestras fuerzas, la beta salía con toda la rapidez que podíamos pasándola por la mano derecha de mi padre para evitar que se hiciera un nudo. Al terminar esa beta, papá  metió el timón para Levante, Kiko se acercó a él y, entre los dos, echaron las redes al agua. Después, mi padre metió el timón para tierra buscando la boya, llegamos a ella, Kiko la cogió, la echó a bordo, tensó la beta y la amarró, de tal manera, que la barca quedó en paralelo a la red. Mi padre se puso entonces de pie en la popa, junto a Alberto y Kiko. Este último delante y el otro detrás. Al tirar de las redes a brazo y pulmón, de unos ocho metros de larga, mientras yo recogía la beta que también sacaban del agua Alberto y Kiko, temí el momento en que apareciera el horrible olor cenagoso producido por los sedimentos de las emanaciones de la citada chimenea  de la fábrica de cemento -tal era la cantidad que lanzaba al aire-  y que me causaba vómitos y  mareos. Y apareció, para mi desgracia, el dichoso. No dejaba de dar arcadas durante un buen rato. Creí echar la bilis.

                Kiko, al verme, se contagió. Alberto, mientras tanto, protestaba. Fue entonces cuando mi hermano, para aliviar su angustia,  dijo a mi padre: “Papá sabes que soy un buen nadador, he llegado a aguantar hasta dos kilómetros. Déjame que vaya nadando hacia tierra. Sólo habrá unos  trescientos metros,  déjame; con  el bote no podemos ir porque tendríamos que cortar y dejar redes, betas y anclas  en el fondo”. Mi padre le respondió que le dejara pensarlo… Finalmente accedió tras la intervención de Alberto quien le dijo: “Mira `niño´ - así llamaba a mi padre, además de `primo´-  déjalo ir”. “De acuerdo –dijo mi padre a mi hermano- , pero si te cansas, te haces el muerto. Pero antes levanta los dos brazos y será la señal para ir a buscarte. Piensa que tu vida puede estar en peligro, Miguelico,  estará pendiente de ti hasta que llegues a tierra”. Kiko se lanzó (con envidia por mi parte; porque me hubiera gustado hacer lo mismo, pero conocía la respuesta negativa del  jefe). Observé cómo se alejaba mi hermano, mientras mi padre y Alberto seguían tirando de la red. Veía cómo mi padre sacudía el copo y cómo echaba a bordo cuatro pulpos medianos, dos pequeños y tres arañas (pez con púas venenosas que provocan un fuerte dolor si llegas a clavártelas), unos cuantos salmonetes, un par de herreras, algunos besugos pequeños, tres chopos y un rape (exquisito pescado, sobre todo, preparado por mi madre, con patatas. Era la delicia de Alberto, cuando no le tocaba hacerse su comida; mi madre era su “Gran Cocinera”).  Pude ver también cómo Alberto, tras caer  un pulpito de la red a bordo, lo cogía y  se lo metía vivo en la boca y le daba un bocado… También le vi ocultar otro pulpo pequeño bajo la boina que siempre llevaba, al tiempo que lanzaba varios sonoros pedos.  Fue entonces cuando, pasado algún tiempo y una vez recogida la red, dejé de ver a mi hermano…, y saltó la alarma. Mi padre se acordó de   su hijo Kiko: “Miguel mira si tu hermano está ya en tierra,  no lo veo en la mar”. Alberto tú que estás en alto,  dime si lo ves. Sigo sin verlo, ni en la mar ni en la playa. Cojamos los remos y vayamos a buscarlo, rápido. Yo cojo el tuyo, Miguel,  ¡vamos!” Levamos ancla y en pocos minutos, llegamos a la orilla. Lo llamamos a voz en grito..., pero nada. El jefe nos mandó quitar la ropa y todos nos sumergirnos  para mirar el fondo. Luego  buscamos posibles huellas en la arena de la orilla. Mi padre estaba verdaderamente preocupado y me pareció ver algunas manchas de agua sobre unas rocas blancas. Puse sobre una de ellas mi pie y, efectivamente, me parecieron huellas que ascendían hasta las vías del ferrocarril en las proximidades… Tenían  que ser de mi hermano. Fui a contarlo a mi padre cuando vi con sorpresa que ya habían embarcado para salir de allí. Corrí y pude alcanzarlos,  le quité  el remo al patrón y me quedé  helado  viendo cómo las lágrimas de ambos resbalaban por sus mejillas. Para ellos, Kiko se había ahogado. Yo pensaba que no, a la luz de las pisadas que pude ver, estaba esperanzado. Íbamos  camino del varadero de El Palo. Se me encogió el corazón pero, haciendo cálculos y conociendo aquel lugar como lo conocía mi hermano, seguro que había atravesado el túnel del ferrocarril y estaría a la altura de El Peñón de El Cuervo. Sabía que Kiko no se había ahogado, estaba seguro. El problema era cómo se lo decía a mi querida madre, “La Machucá”. El  corazón se me partía  mirando a esos hombres con la cara curtida por el sol,  la sal,  el viento  y los golpes de mar. Me impresionaba verlos. Cuando llegamos a la altura de Almellones me alegré, porque desde allí se divisaba nuestro varadero. Llegamos al amanecer   y varamos.  Mamá estaba en la puerta de la cancela, esperándonos.

               Antes de subir a casa, me entretuve intentando cazar lo que, en principio, me pareció una paloma que picoteaba sobre la arena –así de pequeña era. Me quité  la camisa, me acerqué hasta donde pude y me tiré en plancha hacia ella  quedando debajo la supuesta ave. Levanté la camisa suavemente y ¡oh! unos ojos llorosos me miraban fijamente y parecían decir: “No me hagas daño,  soy una perrita muy buena y tu eres un niño muy bueno también”. (Estaba encogida por el frío, pero la acogí en mi  pecho para darle calor  hasta que se le quitó el temblor. Parecía entenderme cuando le hablaba y yo la entendía a ella cuando me miraba a los ojos. Acostumbrado a leer  tebeos como El Jabato , Pedrín y el inspector o El guerrero del antifaz, mi inocencia era tal que creí que me entendía cuando me miraba tan fijamente;  así fue como se convirtió en mi perrita Paloma). Cuando me acerqué a mi madre y  me preguntó qué llevaba entre las manos. Se la mostré con miedo, no fuera que no  la quisiera en casa y tuviera  que abandonarla, al considerar aquello una de mis “locuras”. De hecho mi hermano Kiko le decía continuamente que yo estaba  chiflado, que hablaba como los locos. A lo que ella respondía –para que me dejara tranquilo- que me llevaría al médico al día siguiente para que me recetara algún medicamento.  Kiko le insistía en que de un loco cabe esperar cualquier cosa…, y que me despertaba por las noches hablándole a la perra y diciendo que se iban de viaje,  él montado sobre ella que tenía alas. Recuerdo sus palabras: “Mamá este chorbo está majara o mejor, como una cabra harta de papeles”.

                Cuando llegó mi padre –una vez varado el bote y tendidas  la betas y redes  al sol- y se percató de la situación, me dijo que la aceptaba si me hacía responsable de ponerle un nombre, cuidarla si caía enferma, sacarla a la calle para que hiciera sus necesidades así como prepararle un lugar en el que descansar…, y sobre todo que no le faltara agua y comida. Le preparé un  cenacho que se usaba para pescar, pedí ropas viejas y retales a mi “Gordita” y le preparé una camita muy acogedora a mi Paloma. En cuanto a la comida,  sabía que no debía preocuparme mucho,  porque mi madre iba a estar más atenta que yo, dormía bajo mi cama. Cuando mi padre  pasaba revista, para ver si cumplía con mi palabra, me lo advertía muy severamente: “ Si no cumples con tu responsabilidad, olvídate de tu Paloma”. Yo le decía que sí, que no le iba a fallar…, y que le echaría agua a los barcos, y que vería cómo cumplía lo acordado.

                Pero llegó el terrible momento. Enterada de lo sucedido a Kiko, la angustia de aquella pobre mujer fue espantosa, si bien pareció consolarse con mis explicaciones…, y de que estaba seguro de que se presentaría en casa… Y se presentó…, y lloramos de alegría.

 

               Tras terminar el Bachiller, convencí  a mi familia que quería  ir al Ejército del Aire y estudiar allí; porque era la única solución ante la falta de dinero por haber perdido la beca (hoy no sé si me arrepiento de aquella decisión). Luego Madrid, durante un curso, con buenas notas. Pedí como destino las Palmas de Gran Canaria (era un lugar con temperaturas similares a las de Málaga), pero no pude coger la plaza firmada; una mala persona me engañó si bien permanecí en aquella isla, en Gando. No me fue mal, aprendí y practiqué con gran provecho una  profesión que me encanta.

                Finalmente,  después de tocar casi todos los temas eléctricos, me hice técnico de montajes e instalación de música ambiental. Llevé en  esta, mi ciudad natal, las instalaciones y reparaciones de hilos musicales y trabajé en un gran número de los hoteles de la Costa del Sol.

               (Querido lector: a veces tengo que descansar el brazo. Escribo en el portátil con una sola mano, me dio una  trombosis y llevo enfermo, por distintas enfermedades,  veinte años. Ahora mismo tengo paralizado  el brazo y la pierna izquierda  soy muy infeliz, rezo a mi Virgen del Carmen y a Dios  para ponerme sano y que pueda  caminar para pasear por la naturaleza, plantar algún árbol  y preparar un bonito jardín de plantas y flores. Mi  ideal es tener una casita a mi gusto con terrenito suficiente para todo eso y un pequeño invernadero en Málaga).

 

Miguel Caparrós Albarracín

("El Machucao")

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