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Opinión
L A L E C T O R A
A sus nietas María y Nekane

12/02/2017.

Mi madre me pedía más libros en el último tramo de su vida. Y mi madre se leía un par de libros a la semana, de esos libros gordos y algo sesudos que yo le facilitaba. Unos le gustaban más y otros menos, pero mi madre siempre tenía tiempo para leer. Curiosamente según fue cumpliendo años dejó paulatinamente la televisión y era mur reconfortador verla pasar las tardes leyendo, tras sus siestas restauradoras, a la anochecida para ir haciendo sueño. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Además por las mañanas, tras el desayuno, mi madre se devoraba el diario que siempre había llegado a casa. Y a mí me sorprendía y maravillaba que una mujer de ochenta y muchos años no cejara en cultivar su curiosidad y su intención de dejarse envolver cada tarde por historias noveladas, mi madre, como cuando ella manifestaba que ella prefería “los dramas”, como cuando iba al cine, de joven, a ver películas como “Rebeca”, una de sus favoritas, y se dejaba emocionar por las actuaciones magistrales de también una de sus actrices favoritas, “Bette Davis.

A mi madre siempre le gustó acudir al colegio, aunque jamás pudo olvidar de sufrir la humillación de salir al pasillo, junto a otras tres o cuatro compañeras, cada vez que se iba a impartir clase de religión en su aula. Y ella solía recordar que a lo largo de su vida escolar sacó varios premios por su aplicación y rendimiento académico. Sin embargo, aunque a ella le hubiera gustado seguir estudiando, los tiempos eran los tiempos. Recordaba mi madre una imponente manifestación que abarrotó la Gran Vía bilbaína para protestar el encarecimiento el kilo del pan una perra chica. Y entonces mi madre aprendió a coser y se convirtió en una laboriosa modistilla.

Pero jamás olvidó mi madre su intención y afición por leer cuanto pudiera caer en sus manos. Durante años y debido a que durante su matrimonio y edad adulta, por lo tanto, el tiempo lo hubo de ocupar en la crianza de los hijos y el cuidado de la familia, y entonces mis padres se tuvieron que conformar con el diario, “El Correo”, que, por cierto, se devoraban, de pe a pa, cada día, absortos en su lectura minuciosa, con el cansancio metido de cada jornada agotadora, repartiéndose las hojas, mi padre y mi madre, al declinar del día.

Según fue haciéndose mayor y viéndose aliviada en sus tareas “domésticas”, mi madre comenzó imperceptiblemente a ir leyendo los libros de . . . sus hijos, hasta convertirse, cuando ya era una anciana, una lectora voraz.

Ahora que se le da tantas vueltas a la importancia de la lectura y simultáneamente la dificultad de las nuevas generaciones en concentrarse en una lectura gratificante, sabia, divertida y formadora, yo me acuerdo de mi madre, y también me acuerdo de que mi madre siempre tenía “un tema candente” sobre el que hablar, opinar, para volver a concentrarse en cuanto podía a la lectura ensimismada, . . . prácticamente hasta el último día.

Porque efectivamente mi madre tuvo la suerte de morir “de repente”, una mañana, tras haber leído el diario, y junto a su libro que estaba leyendo marcado en la hoja en que quedó pendiente . . . su lectura.

Y uno agradece el ejemplo que ofreció su madre, con una afición que afortunadamente fue recogida por quienes tanto la quisieron, a su madre, a su abuela que tan empedernida lectora lo fue hasta el final.

Bendita mi madre que siempre tuvo de qué hablar . . . “con fundamento”.

 

Torre del Mar febrero – 2.017

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