Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
V E S T I G I O S

05/03/2017.

No había mejores recuerdos de los lugares que visitábamos que las postales y los banderines. De cuando íbamos a San Sebastián de excursión con los frailes y regresábamos con un par de postales, una de la playa de La Concha y otra del monte Igueldo, y también de cuando íbamos a colonias o de campamento, porque siempre dispondríamos de una tarde libre para hacerse con un par de postales del pueblo o la comarca en la que habíamos pasado una quincena de aventuras vigiladas. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Y también cuando, ya de jovencito empecé a viajar por mi cuenta, con mis amigos, para dejar constancia de los lugares visitados, a una o dos postales por cada destino. Y también para mandar por correo, a casa, para mostrar a la familia o a los amigos que no habían poldido acompañarnos, eligiendo la postal más vistosa o más panorámica . . .

En un escalón un poco superior, por encima de las postales, estaban los banderines, triangulares la mayoría, prestos para colgar o para fijar en la pared con unas chinchetas. Para dar fe de que efectivamente se había estado donde se contaba. Algunos camiones, de los que circulaban por Europa, se les podía contemplar enmarcando las cabinas, y era un certificado de cosmopolitismo, y el chófer conductor de esos camiones tenía un pedigrí superior, sin duda.

Los banderines no solo reflejaban lugares visitados. También se confeccionaban referidos a clubes, colegios, instituciones . . . no era extraño que en nuestras habitaciones hubiera dos o tres banderines, los más significativos, adornando las paredes de nuestros cuartos . . .

También se fabricaban y vendían unas pegatinas con los nombres, las banderas, los monumentos más emblemáticos, los escudos . . . y que funcionaban como calcamonías para colocar esas pegatinas En cristales, chapas, libretas, maletas, baúles . . .

Y de esa manera nos sentíamos un poco "ciudadanos del mundo", cuando soñábamos un mundo sin fronteras, cuando éramos tan ingenuos como utópicos, e íbamos almacenando nuestros recuerdos, la memoria de nuestros viajes en los soportes señalados, y entonces nos sentíamos tan felices con nuestros bagajes que atestimoniaban que nuestras primeras salidas de casa eran ciertas.

Vestigios de antaño que se han desvanecido tan pronto como para habernos quedado sin red, ahora que la modernidad ha entrado a tope a golpe de "whatsapp" y el personal anda conectado a tiempo completo, tanto como para "partirse la caja" con los vestigios antediluvianos que de vez en cuando aparecen en algún expositor cargándose de polvo, tan mortecinos, tan pasados de moda.

 

  Torre del Mar febrero – 2.017

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