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C O N M O C I O N E S

14/03/2017.

"Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan, para que no las puedas convertir en cristal, ojalá que la lluvia deje d eser el milagro que baja por tu cuerpo, ojalá que la luna pueda salir sin ti, ojalá que la tierra no te bese los pasos . . .". Silvio Rodríguez Desde entonces, desde hace tanto, desde cuando yo ya no pude dejar de enamorarme de los versos encandilados de melodía caribeña, poética, inigualable, en la voz y la guitarra de Silvio Rodríguez. . . Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Hay conmociones indoloras, que se ofrecen inigualables, transgresoras, emocionantes, hasta el punto de arrancarnos la conmoción inevitable, como si de un estallido interior se tratara, mínimo el gesto, grandioso el arrebato mágico, como cuando revientan los bulbos y amanecen las primeras flores a la primavera recién llegada, y nada volverá a permanecer en tonos pardos, y solo puede uno conmoverse hasta lo inaudito, aunque sea en silencio, aunque sea un año y otro también, y como el viejo poeta ante "el nuevo milagro de cada primavera", el viejo olmo regrese a la vida en un incipiente verdor.

Últimamente está de modo armarse de gintónics, en compañía, y presentarse al espectáculo gratuito de cada atardecer mágico, desde un acantilado gris en Cantabria, desde un arenal dorado frente al Atlántico, al sur del faro de Trafalgar, para llegar al paroxismo y tener que dejar los vasos medio llenos y romper a aplaudir, en un arranque conmovido de belleza irrepetible, cada atardecer, un día tras otro.

Yo suelo madrugar, antes de que amanezca, solo por poder acercarme a la línea del rebalaje sobre el Mediterráneo y asistir arrobado a la levantada del sol, cada alba, gris o azul purísima, para sentirme a solas, frente al espectáculo único, mágico, que regresa cada amanecida como si de un jalón necesario al copo a punto de descubrirse asomando entre las olas que caen, bruñidas de espuma y brisa salobre, frente al horizonte, casi escuchando las voces de los pescadores que aplican sus capturas que palpitan y saltan hasta quedarse sobre la cubierta del pequeño barquillo salpicando lentejuelas de luz y plata.

Cada vez que pruebo y degusto una fresa perfecta, coloreada de sangre y carne medrosa, yo recuerdo y regreso a mis años infantiles, cuando de la mano de mi madre íbamos a la puerta de la finca de Los Valderrama, por ver si el encargado, el señor Matías, salía a vender unos "puñaos" de fresas chiquitinas, sabrosas, puro almíbar, que tal vez podía haber escamoteado del conjunto, para sacarse unas pesetillas, y entonces, mi madre y yo, corríamos a llevarlas a casa, a preparalas, maceradas con vino y azúcar, para postre de gala, a cucharaditas de placer puro, conmovedor, como para no poder olvidar aquel sabor infantil, irrepetible.

Y también, unos años más tarde, recuerdo una noche de luna llena, de noche estrellada como solo puede mostrarse una noche estrellada en el estío castellano, mientras yo apenas podía parpadear mirando a mi primer amor, amor de verano plácido, cascada de sensaciones, fragancias y parvas suspendidas en el fragor del aire denso y lúbrico, cuando seguíamos mirándonos los adolescentes amantes sin dejarnos caer en la cuenta que el tiempo no se había detenido, después de todo.

Como para que aún me conmueva ese recuerdo sin desvanecer.



  Torre del Mar marzo – 2.017

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