Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
O T R O R A

09/04/2017.

Eran tiempos de cierta escasez. Es verdad que nunca nos faltó la comida en la mesa y que jamás la angustia de la necesidad se enseñoreaba sobre la atmósfera doméstica. Texto. ANTONIO GARCIA GOMEZ

Pero sin duda que se miraba el gasto y se cicateaba el despilfarro. Por inexistente.

Se recogía y se besaba el pan cuando caía al suelo, porque todas las migajas servían para engordar el unte o para sacudir el mantel afuera de la calle y alimentar a los gorriones.

Se cogían los puntos de las carreras de las medias, y se recosían las coderas de los jerseys de cuello en pico, y también se soltaban los dobladillos de los pantalones para darles más vida.

Efectivamente mi madre seguía esa política, y así me tenían recosidas las coderas de mis jerseys, desgastadas las mangas y los codos, con los que acudía al colegio con cierto complejo de que "yo era muy pobre".

Sin duda que era una niñería, pero el caso es que yo trataba de ocultar los zurcidos hasta el punto de que, en cuanto me quedaba a cuerpo en el aula, me remangaba las mangas hasta disimular las coderas recosidas, con la simpleza del niño que se creía lo que no suponía nada especial, y así me disponía yo a hacer mis tareas de clase, arremangadito, sin el complejo de creerme muy pobrecito, sin jersey nuevo ¿todos los días?.

Pero en el disimulo buscado encontré mi escarmiento.

Una mañana que yo estaba atareado en mis cosas de estudio me sentí, de repente, agarrado por atrás, sin opción a la resistencia, por el fraile que andaba vigilándonos el estudio.

Sin saber muy bien por qué fui llevado con cierta violencia arriba de la peana en la que se situaba la mesa y silla del fraile.

Puesto allí a la vista de todos, el fraile tuvo a bien explicar la razón por la que yo iba a sufrir la vergüenza de sentirme aludido y regañado, ¿por qué?, ¿qué había hecho yo?.

Por puro escándalo, por haberme atrevido a mostrar mis antebracitos de niño de diez añitos desnudos, a la vista pecaminosa de mis compañeros, incitando a la concupiscencia, reo de mi pecado de exhibicionismo, a tan temprana edad, muy corrido, yo, un niño que había tratado de ocultar la vergüenza de imaginarse "muy pobre con los codos recosidos", para verse ahora afeado por tamaño atrevimiento de descarado escándalo.

Y yo sin entender nada.

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