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Opinión
A MEDIA ASTA

15/04/2017.

A media asta la bandera de todas y todos, por la costumbre, por la tradición, dicen, para guardar el luto por la muerte de Cristo, en todos los acuartelamientos del país, por orden expresa y determinante de la autoridad competente, militar por supuesto, añadiéndose una prerrogativa a lo indicado en las ordenanzas o como se diga para tal medida, para la presentación de la bandera de todos a media asta . . .cuando se refiera al fallecimiento del jefe de Estado, del presidente de Gobierno o de alguna autoridad notabilísima del estamento militar . . . Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Pero ya se sabe que la "costumbre y la tradición" traen lo que traen mientras interese conservar tales tradiciones, . . . como la que pueda referirse al señor monseñor Vicario de los ejércitos que una vez nombrado ocupa el cargo de general de brigada. Por mor de la "costumbre y la tradición". Aunque se haya quitado o no, vaya uno a saber, aquello del "rindan armas" exclusivo solo ante el Santísimo.

A la vez que los legionarios, soldados profesionales, reconocidos y competentes por la sociedad a la que sirven, repitiendo el cántico del "novios de la muerte", una y otra vez, muy marcialmente, ante su cristo de la buena muerte y ante la aglomeración de expectantes espectadores, en una ceremonia de luz y atmósfera de incienso y cera, muy ceremoniosa, repitiendo hasta grabarla . . . una letra de una canción muy militar de evocaciones franquistas . . .se disfrace como se disfrace el efecto mágico de la marcialidad descoyuntada.

Pero ya se sabe que es "la costumbre y la tradición".

Esta mañana que he salido a pasear casi antes de amanecer he coincidido con un grupo de personas, no llegaban a 100 que circulaban andando por la carretera escoltados por dos coches de la policía local . . .como si se tratara de un entierro,. Y efectivamente al frente de la humilde comitiva llevaban una cruz tumbada, sobre los hombros de cuatro cargadores con un cristo crucificado, de cuerpo presente. He creído que estaban velando al muerto y llevando a cabo el vía crucis ritual. En cualquier caso he percibido una atmósfera de devoto recogimiento.

Y entonces he recordado una Semana Santa, de hace más de cuarenta y cinco años, que mis amigos y yo habíamos aprovechado a ir a pasar los días de vacaciones pascuales al monte, cerca de un pueblo, un tal Herrán en los montes de Sobrón, al norte de Burgos, una aldea perdida al pie de unas hoces que la mimetizaban. Allí pasamos aquel año, un grupo de jóvenes, felices en contacto con la naturaleza, la Semana Santa junto a los lugareños de Herrán, apenas un ciento mal contado, procesionando entre las callejas empedradas, bajo la tibia y feble iluminación de unas pocas farolas, arrecidos bajo el viento tenaz y gélido, en silencio, al son lúgubre y siniestro del campanil que tocaba a muerto . . . mientras la congregación de cristianos, perdidos entre brañas, cercados, adobes y piedras de sillería que aseguraban el caserío azotado por la soledad y el desabrido astro . . . sobrevolando la fe inevitable, sobria y recia de aquellos paisanos que también supieron conmemorar la muerte de Cristo, por costumbre y tradición, en el confín de sus existencias ralas y cuajadas, sin mayor festejo que el recogimiento ante su dios y su misterio.

Por la tradición que se instala en la creencia pueblerina y también en el boato de la ceremoniosidad muy oficial y orquestada para pastorear al rebaño dócil y embelesado . . . según cuentan los cronicones muy "capillitas".



Torre del Mar abril – 2.017 

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