Asociación de Vecinos de El Palo

El Copo Digital Actualidad

Opinión
EL ESFUERZO

20/04/2017.

De cuando yo era niño y el esfuerzo era un valor que se apreciaba, algo que se buscaba y reconocía, un requisito para fomentar la integración. Aunque costara, aunque luego tal vez uno se arrugara más de lo debido, aunque la voluntad de no rendirse primara en cada intento, para hacer frente a los retos sin regatear esfuerzo. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

En ese sentido yo recuerdo que, siendo niño, eran los esfuerzos físicos los que más se apreciaban y contabilizaban en la propia autoestima, aunque ésta fuera infantil.

Recuerdo que cerca de dónde yo vivía, en los montes Obarenes, próximos a Miranda de Ebro, se elevaba una montaña, la más alta de los alrededores, vieja, gasta y verde, La Verdina, apreciada por "los montañeros" de entonces, ahora se les llama senderistas, para intentar su ascensión, por ejemplo, para llegar en dos o tres horas a la cima, por ejemplo, a almorzar mientras se contemplaba el panorama, toda La Bureba en dirección a Burgos, todo el relieve accidentado, frondoso, como un vergel montaraz de monte bajo, mirando hacia el norte, respirando muy hondo el oxígeno, sin abrigo del viento constante, el cierzo que afinaba y pulía el rostro.

Zigzagueando los senderos que no eran senderos sino calvas ramoneadas, formando escalones naturales, ocupadas a menudo por rebaños de cabras, de ovejas, de vacas sueltas, adornando la sufrida ascensión entre el sonido variado de esquilas y esquilones, mientras se intentaba no desfallecer en el esfuerzo continuado hacia la chata cumbre de La Verdina.

Mi padre y su amigo Josemari eran de esos montañeros que solían salir al monte. Una de sus salidas preferidas era la que les llevaba arriba de La Verdina. Entonces yo tendría unos ocho añitos y admiraba a mi padre que madrugaba, se ajustaba los leguis de cuero, se ajustaba la boina, llenaba su zurrón que se cruzaba al hombro con queso, pan, tocineta y una bota de vino . . . y yo le contemplaba . . . hasta que un día me preguntó si querría acompañarlos. Que me lo pensara bien porque no iban a . . . esperarme.

Naturalmente que no me lo pensé, y con permiso de mi madre, desde luego, rápidamente estuve presto, con mis zapatos gorila bien atados, las medias de rombos subidas y estiradas, los pantalones cortos bien ajustaditos, mi jersey de lana de cuello en pico y la mochilita con un par de bocadillos y una cantimplora llena de agua dentro, y listo.

Creo que desde ese momento ya no me separé de mi padre ni de su amigo, henchido como estaba de la oportunidad que me habían dado.

Y la ascensión fue dura, muy dura, y ellos no paraban, y yo miraba hacia arriba y nunca acababa de pensar que ya quedaba menos, y de vez en cuando me preguntaban que qué tal iba y yo apretaba los dientes y decía que bien, y apoyaba mis manitas en mis rodillas según iba ascendiendo y me sentía pletórico . . . como cuando, al fin, aquello sí que era la cima.

La cima de La Verdina . . . a mis pies.

Habiéndome esforzado sin una sola queja.

Mientras almorzábamos los tres juntos . . .

 

Torre del Mar abril – 2.017

2431992 visitas. Asociación de Vecinos y Vecinas de El Palo © 2017. Info. legal
Diseño web AgeO