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Opinión
¡¡¡GOL, GOL, GOL, GOOOOOOOOOOL. . . !!!

05/05/2017.

Y dicen algunos que regresan a la infancia cuando gritan ¡goooooool!. Y otros aseguran que se pierde el estado de la razón cuando, ¡uuuuuyyy, por los pelos, rozando el poste!.

De Garrincha se contaba que era "la alegría do povo", porque hacía olvidar las penas y las miserias de quienes escuchaban el eco de los goles radiados, chillados, aullados, porque los ricos ven los partidos y los goles desde los palcos VIP y las tribunas que son muy caras para el común de los aficionados, mientras hacen negocios entre puro y puro, con los súbditos abajo, aullando por la pasión desatada. Y es que hasta en el fútbol hay clases y diferencias, y la desigualdad forma parte del cotidiano fair play.

Qué suerte que últimamente quepan en cada semana uno o dos derbys de toda la vida, partidos del siglo, finales históricas, y para todos esos encuentros, dicen que de fútbol, hay nutrida concurrencia que sufre, aúlla, celebra el triunfo o lamenta la derrota.

Y de paso se olvidan, siquiera un rato, las desgracias y hasta las injusticias, viendo a los súpermillonarios, una bagatela, los nuevos gladiadores, de las incruentas batallas sobre el pasto, bajo el enardecido grito universal, galáctico, irracional, porque se alcance la victoria, y solo la victoria, cada semana, en cada partido irrepetible, semana a semana, para satisfacer las ansias y los complejos, con los nuevos héroes en calzonas, esos mismos jóvenes héroes que no saben de nada salvo del pase al gol al fondo de la red.

Compaginando la pasión futbolera con la pasión de la fe, todo muy radicado en las vísceras que regüeldan los alirones y las preces, a favor del borreguismo que se ha de negar, en nombre de los colores del equipo favorito, del escapulario consagrado, porque son la razón de vida de miles y millones, por "la alegría do povo", aunque no tenga de nada de qué alegrarse. Aunque dé vértigo quedarse a solas, con un amigo, por tratar de escucharlo, siquiera con un libro, siquiera dando un paseo, hablando consigo mismo aspirando para"un día hablar con dios a solas", vaya uno a saber, con la rabia desatada para evitar la desigualdad que nos va aniquilando, siquiera a sesenta euros la entrada de preferencia para contemplar la victoria o la derrota, según, del equipo que devuelva la única ilusión "razonable", mientras se asienta el estado de las cosas . . . sobre un mundo que vibra, vía satélite, por ver, gritar, aullar por los goles del gran campeón.

Aunque bajo la cáscara incontenible de alegría desatada o de tristeza incontenible, en los campos de fútbol de escasa monta se insultan y se pegan los papás de las ¿futuras estrellas?, y estasa criaturas entre algodones, habiendo soñado sus galácticos goles antes de ganar el partido del fin de semana aprenden a zancadillearse, con saña y pericia, dejándose caer como muertos aunque solo los hayan rozado.

Y cada quien lleva a muerte su pasión por el equipo de sus amores y sus colores.

Recuerdo que hace años tuve que hacer de árbitro, en una competición de fútbol escolar. No me hacía mucha gracia pero tuve que aceptarlo.

Puestas en liza las hostilidades balompédicas, los partidos iban desarrollándose con normalidad, salvo cuando jugaba el equipo que tenía en sus filas al mejor jugador de la liguilla, un mocoso de unos doce años.

En uno de los encuentros el tal equipo empezó perdiendo, y entonces algo cambió en el ánimo y comportamiento del "gran jugador de doce añitos". Automáticamente se volvió agresivo, protestón, faltón, con entradas peligrosísimas, con codazos, empujones, malos modos . . . hasta que, en un momento, yo, árbitro ocasional, pité y decidí eliminar expulsar al muchachito de la competición . . . por su actitud inadecuada.

No vale la pena comentar el lío que se armó; el niño y el padre se enfadaron conmigo, a los pocos meses nos reconciliamos; pero el niño se quedó fuera; la competición continuó y no pasó nada especialmente grave.

Pero esto no suele suceder a los niveles del deporte rey, en los estadios más dorados; de hecho la pasión mueve millones de aficionados, hinchas exaltados que no quieren saber nada de recelos morales, pero ¿de qué nos están hablando?, con nuestros gladiadores victoriosos ganándose la vida metiendo goles a golpe de lingotes de oro, sin cicatería, por el triunfo, la victoria, la Copa de campeones, y la ¡felicidad asegurada! hasta la siguiente liza, hasta el nuevo partido del siglo, semana a semana.

Y así ¡qué viva el fútbol . . . todos los días!.



Torre del Mar mayo – 2.017

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