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Opinión
L O L I T A

09/05/2017.

Érase una vez una niña que acudía a mi clase, cuando yo daba clase a un grupo del nivel de 3º de primaria. Se llamaba Lolita y era una muchachita extrovertida, entusiasta y voluntariosa. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Se aplicaba todo lo que podía, al menos durante ratitos cortos que necesitaban su remanso, para ponerse al tanto de qué era lo que podía suceder a su alrededor, la buena de Lolita que quería estar en misa y repicando, para volverse a trabajar otro poco, redondilla la letra, ostensibles las faltas, incoherente la capacidad de entender muy bien sobre qué debía entender.

Lolita era una gitanilla con mucho salero. Generosa en carnes, en risas, en bondad y camaradería para el resto de sus compañeros. Era una alumnas muy cómoda, y también muy primaria. Pronta a la lágrima, al disgusto inconsolable, para pasar enseguida a la risa incontenible, a la disposición voluntariosa a lo que se le pidiera.

Yo tenía la costumbre de comentarla lo guapa que solía aparecer los lunes, con unos peinados muy elaborados: "Es que mi prima es peluquera", y entonces ella se ponía hueca e iniciaba la semana feliz.

Era una baza que yo utilizaba y que me permitía recordárselo de vez en cuando, para que no aflojara, para que intentase esforzarse de manera más continuada.

Su punto más débil era la lectura. Ella lo intentaba y se ponía a la tarea, pero la lectura le salía deletreada, un poco a trompicones, con tal dificultad que le impedía, al cabo, enterarse de qué era lo que estaba leyendo.

Por mi parte yo insistía en la lectura, en la mecánica, en el automatismo y también en la comprensión de textos fáciles, de textos cercanos a la realidad de los alumnos, en el gusto por la lectura como algo fundamental, primario y básico para seguir afrontando el aprendizaje posterior.

Entre las tareas que yo proponía sobre la actividad de leer estaba la de que los niños tuvieran que leer en casa, en voz alta, a sus papás, en un ratito libre, para que les pudieran escuchar, para que ellos mismos pudieran escucharse, para fortalecer su seguridad, su autoestima lectora, oyéndose leer el cuentito, el poema preparados . . . para que también recibiesen el parabién de sus padres.

La buena de Lolita también lo intentaba en casa, frente a su madre, porque a su padre le veía tan poco que prácticamente no podía contar con su presencia; su actividad de camello de poca monta le tenía más tiempo en la trena que en casa.

El caso es que Lolita solo tenía a su madre en casa. Y asímismo su avance en la lectura seguía siendo lento, torpe, demasiado ensimismado en el deletreo que dificultaba la comprensión.

Algo desesperado un día le pregunté a Lolita: "Pero a ver, ¿Lolita ya lees en casa un cuarto de hora, en voz alta, a tu mamá?. Sí, maestro, me afirmó con fuerza la voluntariosa muchachita.

Y ¿qué te dice la mamá?. : "¡Que la deje en paz, que la vuelvo loca con tanto leer, leer y leer, y que no la dejo ver la telenovela de la tarde!".

Naturalmente tuve que sacar una media sonrisa de mi decepción inenarrable. Y entonces solo me quedó animarla a mi alumna Lolita:

"Bueno tú lee todos los días en casa, un cuarto de hora por lo menos, en voz muy alta y para que te escuche la mamá . . . y no te preocupes, tú insiste todos los días, y cuéntame todos los días que has leído, de acuerdo?".

"Vale maestro". Torre del Mar mayo – 2.017

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