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Opinión
VIAJEROS INTRÉPIDOS

09/05/2017.

El pueblo de mi padre se encuentra a 42 kilómetros de la ciudad en la que yo crecí. Esa distancia hoy en día se logra cubrir en media hora escasamente, y sin pisar demasiado el acelerador. A veces se alarga a los 35 minutos si uno respeta el límite de velocidad al atravesar los cuatro pueblos de poca monta que debe cruzar para llegar a su destino. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Por otra parte, escucho o veo con frecuencia el relato, las imágenes, de viajes que se salen de la normalidad cotidiana, a cargo de intrépidos viajeros de las últimas hornadas, de esos aventureros modernísimos que les da por dar la vuelta al mundo en bicicleta, por ejemplo, como el último caso que acabo de escuchar y uno se admira, sin duda, mientras no practican esas excentricidades como el barranquismo que intenta despeñarse de poza en poza hasta romperse los tobillos, o recorrerse cualquier hemisferio sin un euro en el bolsillo, para luego contarlo y escribirlo, vaya uno a saber.

El otro día charlando con un amigo me decía que tácitamente está aceptado que el tiempo establecido para ir a Madrid desde Torre ronda las seis horas. Si consigues reducir el tiempo eres un as del volante, "un tío", . . . si tardas más, mejor que lo ocultes o disimules porque no tendrás disculpa aceptable. Te has convertido en un patán que, desde luego, no tiene ni "puta" idea de conducir, se te negará socialmente la habilidad conductora , al menos, entre los tuyos.

Me comentaba mi padre que cuando era joven y trabajaba el campo, junto a su padre y sus hermanos, tras cosechar la remolacha hasta poder llenar dos o tres carros, hasta las cartolas, allá por el otoño iniciado, cuando los fríos ya aprietan y las primeras nieves asoman desde las cumbres, mi padre, sus hermanos y el patriarca de la familia organizaban las dos o tres expediciones para llevar las remolachas recolectadas hasta la Azucarera que se encontraba en Miranda de Ebro, exactamente a 42 kms del pueblo, de Fresno, antes de que se echara el invierno, llenando hasta arriba el carro, arrastrado por los dos machos, el Lucero y el Catalán, y las dos mulas, La Romera y la Perla, iniciando un viaje duro y arriesgado de al menos dos jornadas para ir y otras dos para volver. Me contaba mi padre que lo que más temían era cuando tenían que bajar los repechos y los frenos echaban humo y había que remojarlos continuamente. Luego allá en la Azucarera debían hacer cola durante uno o dos días más. Y así los viajes que hicieran falta hasta entregar la cosecha completa, sin regatear esfuerzo, al abrigo de unas mantas, de aquellas de cuadros, tiesas y duras, que lo mismo servían para hacer de colchón, para poder envolverse en ellas, para guardarse del cierzo otoñal . . .

También recuerdo que, con un guiño cómplice, mi padre me comentaba que de regreso siempre cabía la posibilidad de echarse al coleto algún par de gallinas que se extraviaran lejos de su corral, para su desgracia, y para festín compartido con los hermanos, tras haber llevado la remolacha a Miranda.

Ese mismo trayecto, de 42 kms, yo lo hice varías veces en el autobús de línea, en el que me montaban mis padres cuando me enviaban a pasar una temporada a Fresno, al pueblo de mi padre, a las tres de la tarde sabiendo que al menos hasta las siete o las ocho, no había horario fijo, no llegaría a casa de mis abuelos. Y se tomaba con normalidad la parsimonia cuando hubiera que llegar.

Por último recuerdo, una tarde invernal, nevando algodones helados de nieve que cuajaba, toda la familia viajando en el coche Opel, negro, muy gangsteril, con mi padre al volante, muy atenazado a la tarea de llevarnos con bien al destino, mientras mi madre, mi hermana y yo, callábamos, porque sabíamos que sólo dependíamos de nuestro padre para poder llegar antes de que anocheciera a Fresno.

Pero algo se torció cuando mi padre aparcó cerca de la cuneta que no se veía, completamente nevada, y mi padre salió afuera, a la gélida intemperie, para abrir el capó, para empezar a maniobrar sobre el motor que, por cierto, echaba humo. Recuerdo que mi padre juraba y no sacaba la cabeza de adentro del motor, nosotros, mi madre, mi hermana y yo acurrucados en el coche, afuera prácticamente sin circulación aguardábamos el milagro, y mi padre intentando arreglar la avería que había hecho parar al sufrido Opel.

Al cabo de un tiempo que no soy capaz de calcular, mi padre consiguió arrancar el coche y lograr llegar, ya de noche, al pueblo de mis abuelos.

Eran aquellos viajes de viajeros intrépidos, aquellos de mi infancia, o también aquellos que me contaron, a los que, seguramente en su momento no supe valorar.

Por entonces y por si acaso, yo andaba enfrascado en leer, casi a diario, aventuras de expedicionarios legendarios, de aquellos que nos descubrieron las regiones polares y también los territorios ecuatoriales, disfrutando de tales empedernidos descubridores e inolvidables, soñando que tal vez algún día yo también podría llegar a ser alguno de aquellos heroicos . . . viajeros.



Torre del Mar mayo – 2.017

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