Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
A TOQUE DE SILBATO
sin miramientos, a la orden del silbato imperioso.

16/05/2017.

Corríamos y no parábamos, sobre la ancha explanada de gravilla a la que se asomaba el colegio, una mole muy geométrica, muy lineal, de ángulos rectos, de ventanales inmensos, detrás de algunas de las cortinonas de aquellos se asomaba algún fraile curioso y madrugador, como sin dejarse ver. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Corríamos y no parábamos, recién madrugados y desayunados, en casa, llegados con tiempo, a la carrera, todo con mucha prisa para llegar los primeros al colegio, para poder disponer de unos minutos para jugar, desde buena mañana, bajo los rigores invernales, las brumas del Ebro, los fulgores primaverales, curso tras curso.

A expensas de que fuera a cumplirse la hora de entrada sin habernos sofocado lo suficiente.

Para que en ese mismo instante, un par de minutos antes, el fraile de guardia se asomara, arriba de las escalinatas centrales del edificio, con la solemnidad de su inmaculado manteo, muy peinado, muy sabiéndose frotar las manos con regusto y displicencia, silbato en boca, para soplar a pleno pulmón el sonido agudo y estridente, de llamada a la colegiada que no cesaba de correr y pillarse.

En breves segundos, en una reacción súbita, a partir del silbatazo, en un abrir y cerrar de ojos, frente al fraile silbador, muy altivo arriba de la escalinata, mientras se formaban las filas de cada curso, en perfecta formación, en silencio absoluto, todas muy derechitas, invitando al fraile de guardia pasar revista, lentamente, con solemnidad, para comprobar que las filas estuvieran muy rectas, absolutamente rectilíneas, tanto como para ir comprobando que solo se habría de ver al primer alumno, porque el resto había de permanecer tras el de adelante y así hasta el último, literalmente, sin dejarse ver. Cada curso tras un solo alumno, el primero, mientras el fraile continuaba la revista, en silencio muy contenido y amenazador, solo roto por el canto de algún mirlo escondido, todos los días el mismo, hasta que en un momento, cada día uno o dos, siempre había alguien que, incapaz de contenerse, se asomaba e intentaba mirar hacia adelante para ver por dónde iba el fraile . . . vigilando, pasando revista.

Pero ya era tarde, había sido localizado el curioso, gracias al ojo avizor del buen cura, el del silbato, para exclamar imponente:

"¡Fulanito, venga inmediatamente a mi presencia!."

Y el iluso y poco paciente acudía, sumiso y remiso, lentamente . . . pillado en falta.

"¡Vamos, dese prisa. . .!"

Hasta que el jovencito se colocaba justo frente al fraile que casi, parecía que con delectación, le susurraba:

"¡Ponga la cara, inmediatamente, inclínela un poco, así . . . estese quieto!"

Y ¡¡¡¡Zasss!!!! y el tortazo retumbaba en la explanada.

"Regrese a su sitio y no vuelva a moverse ni a mirar lo que no debe".

Y a partir de ese momento, por orden, en fila, de uno en uno, de curso en curso, íbamos entrando en el colegio, a iniciar la jornada escolar, en silencio imperturbable, cada curso a su aula.

Y así un día tras otro.

Y así un tortazo . . .o dos, cada día, porque siempre había alguien que la curiosidad le perdía.

Eran otros tiempos, sin duda, y probablemente entrábamos aleccionados de que las cosas iban muy en serio, y que nos jugábamos un tortazo a nada que nos descuidáramos, ¿de bienvenida?.

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