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Vocalía de Flamenco
Seductora creatividad

16/05/2017.

El recorrido de la cantaora Rocío Márquez se revela extenso en su nuevo disco, de una densidad plagada de matices. Texto: Fermín Lobaton

Rocio Marquez

Rocio Marquez

Es una cuestión de estilo, pero también de personalidad. La cantaora Rocío Márquez (Huelva, 1985) tiene hecha una clara elección estética —la línea que va de Chacón a Marchena pasando por Vallejo, entre otros—, que viste con su propio caudal creativo y con su dulce acento. Entre lo culto y lo popular, entre la tradición y la innovación, la artista onubense se encuentra en el doble perfil de cantaora y creadora, facetas recíprocamente retroalimentadas. Suyos son buena parte de los poemas que canta (también ha invitado a escritoras de su gusto: María Salgado, Isabel Escudero y Christina Rosenvinge) y los textos otorgan ropajes nuevos a los viejos estilos, haciendo mutar incluso su naturaleza tradicional. Ellos están ahí, con sus propias estructuras rítmicas, pero no hay por qué repetirlos miméticamente hasta el infinito. Tampoco las melodías tienen que determinar el contenido.

 

 

Así, los luminosos caracoles chaconianos cobran un actualizado color de denuncia. El romance escrito por Rosenvinge es otra denuncia, esta vez en clave de mujer, con dolor y pellizco. Las alegrías no son alegres, aun conservando la melodía, lo mismo que las bulerías, dichas en un tempo lento en el que resaltan los versos, también de tono social, que firma la propia Rocío. Se podría continuar: la seguiriya sigue la rítmica del estilo, incluso con su ayeo, pero la queja se encuentra en los inteligentes versos de Escudero. Distorsión en la escala mayor.

 

Aunque principia con una cierta lozanía —unos joviales tangos seguidos de la milonga, de carácter optimista—, el recorrido se revela extenso, con una densidad plagada de matices. La minera viaja a El Bierzo y llega el contraste: la jondura propia del estilo junto a la dulzura de una melodía popular asturiana. La popularizó Víctor Manuel, pero Rocío parece evocar más la versión de Vainica Doble. Vuelve la denuncia, química ahora, con los fandangos escritos por Salgado, que conducen a otra conmoción: la personalísima relectura del Muero porque no muero de Santa Teresa en clave de bambera, un estilo lúdico en principio, que cobra aquí un inusitado dramatismo, una sobrecogedora emoción, intensidad y fuerza. La frágil belleza de La dulce tiranía, seguidilla anónima del siglo XIX, sirve de puente para las tres suites finales, registradas en 2015 en el Teatro Real, en una anterior colaboración entre Márquez y el trío Proyecto Lorca. Una indagación en el patrimonio de las canciones populares antiguas, las de Federico y otras más, entreverada de referencias cultas y con formato experimental.

Estamos ante un disco de cante sin guitarra y todo puede parecer distinto. Y no por la orquestación que proporciona Proyecto Lorca, que también. Sus arreglos de piano, saxofones y percusiones aportan vanguardia o contemporaneidad, pero también saben sonar a local y a antiguo: no en vano el saxo se asoció al flamenco hace casi un siglo con Fernando Vilches o El Negro Aquilino.

Dicta la etnomusicología que, en las músicas de tradición oral, las formas cantadas son las más renuentes a evolucionar. Dentro del flamenco, baile y guitarra hicieron sus revoluciones, pero el cante conserva estructuras milenarias. En la mente de los aficionados están, sin embargo, los nombres de creadores que han marcado hitos e incluso provocado conmociones. Con Rocío Márquez estamos, desde luego, ante una sugestiva creadora.

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