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DON ANTONIO
el maestro, el poeta, el hombre bueno

22/05/2017.

"Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales . . . " Don Antonio siempre fue para mí, don Antonio Machado, el poeta, el hombre que había escrito aquella poesía que leí de pequeño, en mi libro de texto, que no entendía muy bien, y que mirando el dibujo y leyendo verso a verso una cierta melancolía me invadía, sin que supiera qué era eso de la melancolía, aunque lloviera tras los cristales y la monotonía hubiese invadido la densa atmósfera del aula, Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

, mientras leíamos y aprendíamos el poema tan tierno, tan triste, tan mustio, el poema del poeta don Antonio Machado, tan real el poema que yo me reconocía entre el grupo de los alumnos del dibujo, mustios, reales, tristes y aburridos, tras los cristales, ajada la melancolía húmeda y monótona, tic tac, el reloj al fondo de la clase.

Luego, pasados algunos años, seguí leyendo poemas de don Antonio. Escuché en 1.970, seducido, subyugado, los poemas del maestro musicados por Serrat, pasé de Las moscas a don Guido, del hacer camino caminando al santo Cristo que aguardaba fuéramos a desenclavarle y bajarle de la cruz . . . y sentí tanto, y aprendí a sentir, y me emocioné leyendo, escuchando, recitando, "soñando caminos que eran estelas sobre la mar", desde entonces, cuando don Antonio Machado pasó a formar parte de mi existencia, desde su prestancia gris, desde su retrato de señor ensimismado, "en guerra con sus entrañas, viviendo en paz con los hombres", en la rebotica de Baeza, en Segovia, decepcionado con su postrer amor, Guiomar, huyendo de su patria, a pie, desnudo, como los hijos de la mar, el grandísimo poeta bajo el suelo de un pueblecito a orillas del Mediterráneo, . . . "estos días azules y este sol de la infancia".

Hace mucho, cuando aún yo era un joven interesado por el maestro y vivía en Logroño, decidí viajar a Soria, la tierra que retrató Machado, a la tierra y a sus gentes, a la tierra en la que encontró el amor y pudo amar . . . tan poco tiempo que tuvo que alejarse, incluso añorando la dicha perdida, rogando por "el nuevo milagro de la primavera", cuando sacaba a pasear a la agonizante Leonor en su sillita con ruedas.

Así pues me acerqué a Soria y comencé a recorrer la ciudad castellana, tan provinciana, tan aletargada como fuera yo capaz de imaginármela en el tiempo en que el maestro Machado llegó para impartir lecciones de francés, aprobadas las oposiciones a Instituto, habiendo elegido Soria porque no estaba muy alejada de Madrid.

Tras recorrer con insistencia el centro de la ciudad castellana decidí acercarme al cementerio para buscar la tumba de Leonor, la amada de don Antonio, su esposa, su joven compañera tocada por el rayo fatal y letal de la tuberculosis.

Justo antes de entrar en el cementerio ·descubrí" un "olmo viejo hundido por el rayo y en su mitad podrido, con las aguas de lluvia de abril y el sol de mayo que algunas hojas verdes le habían salido" y me detuve creyendo que tal vez podía ser el del poema.

Allí estaba yo detenido, impactado sin duda, con mi libro de poemas, "Campos de Castilla", en la mano, cuando vi a un par de "señoritas" mayores, ellas me lo aclararon, enlutadas, recogidas, juntas, saliendo del camposanto, cruzando sus cuitadas miradas con la mía, suficientes para invitarme a acercarme a ellas y atreverme a preguntarlas por la tumba de Leonor.

A partir de ese momento tuve la suerte y la dicha de establecer contacto amable y elocuente con dos hermanas que habían sido alumnas de don Antonio.

Y me contaron tantas historias del maestro, del profesor de Instituto, de su maestro y profesor, de su excesiva timidez, de su afán lector, y también de su afición al paseo, a orillas del río Duero, camino de la ermita de San Saturio, de regreso bajo la sombra de los álamos flechados de amores prometidos . . . pasando la mañana, de vuelta a su casa, de tal manera que el tiempo se me fue pasando en un suspiro.

En un suspiro de emoción y agradecimiento, ante aquellas dos "señoritas", de edad y elegancia provinciana, muy sobrias, muy clásicas y que me insistieron en "lo bueno que era don Antonio, tan bueno, tan paciente, tan incapaz de suspender a ninguno de sus alumnos"... tal y como ellas lo recordaban, con cariño, casi con cariño protector hacia el poeta enamorado, al poeta valiente y coherente.

Y también me aseguraron "lo que amaba el maestro a Leonor", con un deje de emoción antigua, resguardada entre sus recuerdos, de aquel amor que rebasó las reticencias provincianas.

Desde la Castilla cárdena y trashumante, cerril y, a menudo, tan despreciable con cuanto ignoraba como supo y quiso proclamar el maestro poeta, el hombre bueno, don Antonio Machado, en mis recuerdos, para no olvidar su poemario, su trayectoria humana, su ejemplaridad ideológica, el hombre que soñaba "caminos que eran estelas sobre la mar".

 

Torre del Mar mayo – 2.017

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