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Opinión
UN VALIENTE

03/06/2017.

Somos como esos viejos árboles batidos por el viento que azota desde el mar. Hemos perdido compañeros, paisajes y esperanzas en nuestro caminar. Hemos perdido nuestra historia, canciones y caminos en duro batallar. Somos como esos viejos árboles batidos por el viento . . ." . Labordeta. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Hay valientes que pasan su vida afrontando los imponderables que se les van presentando sin darles mayor importancia, con la adaptabilidad entrenada a superarlos, incluso sin darse mayor importancia, porque, al cabo, pasan a formar parte de su valor cotidiano, de su empeño por sobrevivir sin alardes, apenas con los recuerdos intactos para contárselos a sus hijos, a sus nietos, si estos, naturalmente, se dejan entretener con las "batallitas" del padre, del abuelo que ya va dejando escapar su mirada hacia la melancólica nostalgia de lo que fue y pudo ser, sin haber echado un paso atrás.

Mi padre fue un valiente, sin duda. Me acuerdo que cuando ya estaba muy enfermo, al final de su vida, el médico me comentó que era impactante su comportamiento educado, agradecido y conforme con cuanto le tuvieran que hacer, con cuanto él ya sospechaba que esa era su última batalla, porque, según el doctor, mi padre pertenecía a "una generación cuajada" que había sabido salir adelante, después de tanta penalidad, después de tanto renuncio, tras haberse hecho con el futuro a base de dentelladas.

Por eso mi padre le recuerdo como "un valiente", seguramente como tantos otros muchos también lo fueron e incluso lo padecieron.

Mi padre se pasó todos los primeros días de cada año, concretamente cada día 1 de enero, desde el lejano 1.938 contándonos que. . ."tal día como hoy caía herido en el frente de La Muela, en Teruel . . .", y nos lo recordaba mientras comíamos y celebrábamos el Año Nuevo, todos juntos, reunida la familia, mientras él se dejaba arrastrar por la añoranza que probablemente no supimos compartir, mientras iban sucediéndose los años y su familia iba perdiendo la atención por aquello que nos repetía cada año nuestro padre, como si no hubiera sido . . . para tanto, como si ya estuviéramos hartos de escuchar la misma cantinela

Y estoy seguro que mi padre rememoraba cada uno de enero aquel infierno helado, con su carne quemada por el obús que, afortunadamente, no explotó.

Mi padre me contaba que tras la guerra e intentando buscar el paradero de su hermano pequeño, del que hacía meses que no tenían noticias en casa, llegó a enterarse de que había sido herido en combate y que permanecía grave y convaleciente en un hospital de Granada. Sin pensárselo mucho, mi padre se puso en camino, con un pase que le permitiría trasladarse de tren en tren, a la ventura y a la desventura de un país devastado, miedoso, gris, tratando de viajar en cualquier convoy al que pudiera auparse, prefiriendo los trenes de mercancías a los de viajeros. Eran más inciertos pero también más seguros. Como todo petate de víveres recordaba mi padre que llevó una manta recia, un par de chuscos y una lata de sardinas. Así se enfrentó a un largo viaje desde su pueblo, Fresno de Río Tirón, al norte de Castilla, hasta Granada de cuya localización exacta no tenía mucha idea mi padre. Tardó en llegar tres días y logró ver a su hermano, pudiéndole tranquilizar y animar, recordándole que en casa se le esperaría recuperado, sano y presto a reiniciar una vida trastocada por una guerra feroz, fraternal, cruel y sanguinaria. Luego regresó de nuevo, mi padre, a su pueblo, con la conciencia a cubierto de haber cumplido su responsabilidad de hermano mayor.

En ese viaje de vuelta me contaba mi padre que paró en Andújar, un pueblo de la campiña cordobesa, en una cantina, justo en la estación del tren, mientras esperaba algún tren al que subirse y seguir hacia el norte, de regreso a casa. Como no se anunciaba ningún convoy en horas tuvo que pasar la noche a la intemperie, muerto de hambre y aterido de frío, en un banco de la estación de tren de Andújar.

Parece que desvalido y desfallecido entró en la vieja cantina para pedir, siquiera un cacho de pan, un cuenco de sopa, cualquier cosa que le reconfortase un poco.

Tras la barra una señora de mirada triste, de manos sarmentosas, de rostro surcado de arrugas y pena, apiadose, por lo visto, de mi padre. Y entonces, recordaba mi padre, entre emocionado y entusiasmado, que la mujer que regentaba la fonda tras la barra le sacó a mi padre un plato de guiso de "rabo de toro recién hecho . . . del día anterior", es decir ya asentado y por lo tanto más suculento. En cuanto escuchó el nombre de "rabo de toro", mi padre, un aldeano del norte, se echó un poco hacia atrás, como si fuera ocasión para ponerle algún remilgo, aunque pronto rectificó y se dispuso a acabar con el exquisito guiso que jamás olvidó, según lo iba devorando, y aunque nunca más volvió a probar cosa tan exótica y sabrosa, jamás pudo olvidar su sabor inolvidable, tanto, que a menudo me lo contaba como si de algo excepcional se tratara. Ya reconfortado mi padre regresó más fuerte a su pueblo, de tren en tren, con tan humildes experiencias que él jamás supo ni quiso olvidar.

Años más tarde, cuando yo ya era un muchachito que apenas levantaba el metro y medio, a mis ocho o nueve añitos, mi padre decidió que le acompañase a Madrid, para no dejarle solo en unas gestiones que tenía que hacer, en la capital del Reino, ante un notario de importancia capitalina. Y mi padre no quiso ir solo, e hizo que le acompañase. Recuerdo nuestra llegada a la Estación del Norte, tumultuosa, febril, mi padre, una maleta y yo, buscando un taxi que tuvo que parar a los escasos doscientos metros de haber arrancado para que el "zagal" de provincias que era yo saliese a echar la pota al pie de un árbol. Habían sido demasiado acelerones, frenazos en tan poco espacio. A partir de entonces todo lo hicimos a pie. Nos hospedamos en una "pensión" de Chueca que ya no existe, humilde y bullanguera. Quizás escuché que también era "muy familiar". Era verano y, por descontado, entonces no existían ni los aires acondicionados, ni los ambientes refrigerados, y el calor era "inhumano", africano, y para alivio, recuerdo, que en la habitación disponíamos de un búcaro con agua ¿fresca?.

Con las ventanas abiertas, mi padre dormía, es un decir, tumbado sobre el suelo, y yo sobre la colcha de la cama.

Y qué feliz e importante me sentía yo, junto a mi padre, como cuando, al día siguiente, seguimos ambos, de la mano, a la Notaría. Años más tarde mi padre me confesó que para afrontar el trance se había tomado un par de copas de coñac, ¡mi padre que sólo bebía un vaso de vino para comer!.

Y es que mi padre fue un valiente.

Luego hubo más ocasiones para admirar comportamientos de mi padre, tal vez pasados más desapercibidos que puestos en relieve, pero de lo que siempre estuve seguro es de que mi padre constituía la fuerza de referencia a la que acudir cuando el temporal arreciaba.

Recuerdo por último, tal vez como contrapartida, dos anécdotas que pueden explicar nuestra relación de padre e hijo, tan distintos como distintas eran y fueron nuestras generaciones, aunque no dejáramos de querernos sin decírnoslo prácticamente nunca, cuando tras el fallecimiento de mi padre pude entender que mi padre había sido "un valiente".

El primer piso que compartí con compañeros de estudios, ya estudiando en la Universidad, fue visitado por mis padres. Al entrar en él y echarle un vistazo que, por cierto, estaba bastante desordenado, como un piso propio de estudiantes, supongo, mi padre espetó muy serio: "Sarna con gusto no pica", y sencillamente abandonó el piso esperando a mi madre en la calle.

Uno de mis primeros coches, un SEAT 124 de segunda mano, fue "asegurado a todo riesgo" por mi padre porque se temía que sería fácil que tuviese algún contratiempo que pudiese subsanarse con el seguro abonado por mi padre. Efectivamente, tuve un accidente, leve para mí y mis acompañantes, más grave para el coche, cuyo presupuesto para arreglar el desperfecto ascendía a 30.000 pesetas, de las de 1.980.

No fue por miedo, fue por cariño, por respeto, por no disgustarle, el caso es que yo me hice cargo de los gastos sin avisar a mi padre del accidente sufrido, sin hacer uso del "seguro a todo riesgo" que pagaba mi padre.

Y es que mi padre era "un valiente" y se merecía sentirse orgulloso y tranquilo de su hijo que iba haciéndose "mayor".

Por eso no le dije nada, por eso recuerdo ahora que mi padre era, sin duda, "un valiente".

 

  Madrid junio – 2.017

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