Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
LOS CUENTACUENTOS

12/06/2017.

Los cuentacuentos logran embaucar a los niños, con visos reales de que lo que cuentan, además de ser verdades como puños, van desgranando su fiabilidad para que los pequeños se crean lo que les cuentan. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Y así los niños no se pierden el hilo de los cuentos, extasiados ante los personajes que van surgiendo de la realidad de las historias que saben contar tan bien los cuentistas, exagerando los gestos, susurrando los misterios, sonriendo ante los secretos y sugiriendo los miedos y las risas casi a la vez, dejándose contagiar ante la infantil concurrencia de las historias increíbles, de esas mismas historias que se creen a pies juntillos los pequeños, embelesados, porque son "verídicas", porque lo aseguran los cuentacuentos, porque no hay razones para no creerse lo que hace dudar a . . . los mayores, con sus medias sonrisas de autosuficientes, frente a sus retoños que no tienen ningún problema en abrazar la magia de las historias increíbles, de los cuentos que les permiten vivir más intensamente las simplezas de sus existencias infantiles, sin doblez.

Cuando yo era niño solía acudir entusiasmado a las representaciones de "Gorgoritio", tan simplón como el entramado de sus aventuras, frente a la bruja y el dragón, de las que salía victorioso a base de estacazos que sonaban redoblados de ruido a chapa de madera golpeada con ganas de hacer reír a los niños que rabiábamos de sana alegría, sentados en la arena del parque frente al teatrillo de marionetas, porque siempre ganaba "el bueno": Gorgorito.

Ahora las mamás eligen los cuentos, sin malos malotes que "impresionen" a sus pequeños, seleccionando bondadosos intérpretes de las nuevas hornadas, bajo el criterio de las mayores, tan preocupados, tan puestos a la labor de ahorrar "penalidades anticipadas" a sus criaturas, tan metidas en sus burbujas sobreprotectoras.

Y a pesar de todo, los cuentacuentos siguen pegados al suelo y al techo de sus imaginaciones desatadas, por acercarnos a la realidad soñada, mientras los adultos siguen empecinados en creerse sus fes irrenunciables, sus paraísos deseadas tras los valles de lágrimas que anegan las rutinas diarias de los adultos enfangados de realismo bendecido desde los púlpitos y los minaretes, habiendo condenado a sus pequeños a esas medias sonrisas que ellos, precisamente, ignoran, porque los niños, al cabo, sólo desean seguir escuchando a los cuentacuentos que les hagan soñar.

Madrid junio – 2.017

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