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Opinión
TIEMPO DE BREVAS

15/06/2017.

"Hacía un buen tiempo para comer brevas. Así que echaron una carrera para cogerlas. . .". Las brevas de Platero y yo. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Venteado el estío, apagada la luna llena, cercana la noche de San Juan encendiendo pasiones, desvelados los murmullos que fueron promesas y secretos, ardientes los besos, acariciadas las amanecidas de bruma tibia y húmeda, el paseante callejea el empedrado el viejo villorrio de sus mayores camino del la huerta, al pie de las eras, cercada de piedras de arcilla blanda, de cristales de yeso y guijos del río para hacer argamasa.

Sobre el campo, a lo lejos el horizonte de azul purísima como si fuera a hacer una jornada plena de calor y quietud, encendidos los destellos que brotaron e iluminaron la primavera que ya ha dejado de sorprendernos, al paso callado del despertar agradecido, en un abrazo, en una duermevela de ensueños y amores que no acabaron de cuajar.

Y como de un velo se fuera a tratar una bruma inasible desvaneciendo la radiante galería de colores que van enturbiándose, aunque no del todo.

Y en medio del silencio de la floresta huertana, al fondo, junto a los cangilones que rezuman pasado y mutismo herrumbroso, desveladas las brevas, sueltas y bravías, sobre los nacimientos de los que fueron higos, la primavera pasada, mientras se despereza la mañana y se retira el rocío, al trotecillo lejano de un caballista que pretende llegar a lo alto de la loma, habiendo logrado una hermandad perfecta las dos higueras que siempre permanecieron al fondo de la huerta, enredadas por las parras que más allá de los calores que aún agostarán hasta el tiempo de la trilla, los pámpanos medrando y los racimos de uvas raquíticas anunciando la vendimia familiar. .

Y entre los recuerdos, arrancadas y descansadas las brevas sobre un pañuelo, apenas se escucha el cascabeleo continuo del manantial que brota del desvenciajado pozo que usaron los abuelos, cuando las higuerras centenarias todavía seguían siendo recias, imponentes, centenarias y nadie sabía desde cuando permanecían como vigías impenitentes.

Tiempo de brevas, calmo y sereno, al ritmo de la mañana que acompaña al transeúnte curioso, al paso de la parsimonia que va saboreando la carne dulce y fibrosa de las brevas recién cogidas.

Tiempo de brevas efímero y fértil, sobre el polvo aún asentado del camino que lleva a la loma, a la ermita vieja y arruinada de San Vítores, al pie de cuyos restos ya han cuajado las higueras que señalarán el lugar, por siglos, desde el alto pelado y árido sobre la aldea que apenas deja eco del propio remanso que uno se imagina, cuando a los pies de la hilera frondosa de los chopos enhiestos sabe que el arroyo Retuerto apenas avanza entre la maleza, medio seco, llevándose la fragancia de las huertas del pueblo en las que ya han madurado las brevas, una primavera más.

Y a lo lejos, más allá de la bruma deshilachada, un zagal encabeza el rebaño de ovejas y corderos de leche y pasto que tampoco, a tan buena hora, hoy van levantando el menor vestigio de polvo suspendido.

Y uno recuerda que tal vez, en otro tiempo de brevas, va ya para la centuria, tal vez el zagal era el padre del paseante que otea más allá del vallejo, saboreando las primeras brevas recién arrancadas en medio del silencio iluminado de la amanecida primaveral.

 

Torre del Mar junio – 2.017

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