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Opinión
El melonero

29/06/2017.

Allá en los tórridos veranos de mi infancia, solía acompañar yo a mi madre a comprar un melón al melonero, cada dos semanas o así, para celebrar seguramente el esplendor del verano en la Castilla del Norte, aquella Castilla La Vieja que estudiábamos en el colegio y que ya no existe, para poder permitirse la familia el postre extraordinario que suponía tomarse de epílogo comestible una rodaja de melón fresco, de melón salmantino, partido y repartido por el padre que sabía ser justo, aprovechando la exótica fruta en aquellas latitudes hasta las semillas que se ponían secar en un plato al sol. Texto: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Casi casi suponía un acontecimiento muy estival, acudiendo al melonero que había plantado sus reales de Junio a Septiembre en un solar abierto, bajo una amplia lona que albergaría durante ese periodo el preciado fruto traído de los pagos de Salamanca. Entonces empezamos a oír a hablar de un pueblo llamado Villaconejos donde, por lo visto, se daban los mejores melones.

Todos los años venía el mismo hombre que, desde luego no abandonaba la montonera de melones, incluso quedándose a dormir junto a ellos, y que se había convertido en un vecino más, pasajero, casi como un "vencejo" de verano, atento a colocar sus melones entre la parroquia castellana.

Y qué felices éramos cuando nuestros padres incorporaban a la comida de campo, cuando los domingos de verano íbamos a pasarlos junto al río, bajo las acogedoras choperas, y se sacaba el apreciado melón con su sorpresa dentro, como para que saliera el melón dulce, soso, verde , demasiado maduro, aunque la apetencia por el ocasional fruto de verano superaba las bondades o no.

También solía haber junto al montón incontable de melones otro más pequeño, mucho menor, de sandías. Tenían menos acogida, tal vez destinadas a aquellos que ¿hubieran viajado un poco más?. No acababa de tener gran acogida.

Y es que en aquellas épocas el concepto de "la aldea global" aún se desconocía, y uno bastante tenía con conocer aquello del "terreno propio", de los alrededores, de la familia más o menos cercana, de los lugares, valles, montes y aldeas que se habían hollado por razones muy concretas, principalmente, de familiaridad y conocimiento repetido y querido.

Y el melonero, por lo tanto, formaba parte de ese paisaje urbano, temporal, adscrito al periodo estival, cada año, cumpliendo aquello que decían los mayores y que ¿aún lo van diciendo?, que cada cosa en su tiempo, que en invierno frío y en verano calor, con la conformidad del sabio que, por ejemplo, la lluvia debe tener su oportunismo para que sea útil, lo mismo que el tiempo secano se rogaba para que la siega y la trilla no tuviera contratiempos.

Aunque hubiera que conformarse cuando la sequía se convertía en pertinaz, o las altas temperaturas incidieran en el tiempo del frío y al revés.

Porque todo acababa por sentirse afectados negativamente.

Y en ese sentido el melonero se convertía cada verano en una figura de fiar, tan de fiar que admitía la devolución del óvalo que había que catar para dejarse emocionar por tan sabroso sabor, o para dejarse desilusionar si el gusto recordaba más al pepino . . .

Y éramos felices e ingenuos ante lo extraordinario sin pretender alargar lo "de cada tiempo", por eso se escuchaba mucho a aquello de "estar de temporada".

En fin los tiempos han cambiado, y en muchos casos para mejor, y en otros casos en contra de lo que muchos aún pretendemos resguardar como lógico, como "de toda la vida", como contumaz y sujeto a la racionalidad de nuestra propia existencia.

Aunque termine con el complejo de que ya "no es un niño".

 

Torre del Mar junio – 2.017

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