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Opinión
Carla

02/07/2017.

Carla era una alumna ideal. Una niña trabajadora, aplicada, con su grupito de amiguitas de clase con las que se llevaba muy bien, para jugar en el recreo, para divertirse cuando tocara, para enfrascarse en el trabajo de clase cuando, asímismo, también cuando correspondiera, sin significarse ni para bien ni para mal, una niña enfín por muy cómoda de llevar y de enseñar. Texto: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Los papás de Carla también eran ideales. Médicos ambos, jóvenes, dedicados a la crianza de su encanto de hija. Interesados y preocupados no dejaban nada al azar, todo muy leído y estudiado, y aplicado con desapasionado cientifismo, o eso parecía. Pendientes de la formación de su niña y muy interesados en proporcionar a su hijita cuanto fuera a necesitar para que no le faltara de nada a su chiquilla, de unos nueve y diez añitos cuando la tuve de alumna, cuando era un encanto de alumna, tan dócil, tan esforzada, tan bien educada.

Carla llevaba todos los días para el recreo media manzana, en su mini tuper, y se comía la apreciada y nutritiva fruta con natural empeño, con obediente y dócil aplicación, como hacía con todo. No veía la tele, sus lecturas eran seleccionadas, sus intereses aparentemente muy inducidos, llevaba una vida "saludable" a tope, sus horarios de casa eran rígidos, su crianza se atenía, en consecuencia, al criterio estricto y bien pensado y organizado, sin duda de sus padres, y parecía que el resultado iba siendo óptimo.

Los días que se celebraban en clase el cumpleaños de algún compañerito, la costumbre era que los celebrantes trajeran un bizcocho de casa que habría que repartirse entre todos, justo antes de salir al recreo, razonablemente bien repartido, un cachito para cada uno.

El caso es que se ponían en fila, algunos pasaban y no querían y el resto se comía su trocito sin más aspavientos. Pero cuando llegaba a Carla el turno entonces la niña se transformaba, siempre pedía por si podía comer uno más, lo que conseguía con facilidad porque siempre sobraba alguno. La buena de Carla se los devoraba literalmente y corría a ponerse a la cola, de nuevo.

Y así cuando terminaba el reparto allí se encontraba la ansiosa Carla suspirando por los dos o tres trozos que siempre quedaban un poco desmigados. Y entonces Carla volvía a devorárselos. Era la única vez que venía descomponerse a la ejemplar Carla, tan ideal. Por lo visto la niña se moría por un trozo de "dulce", algo que, por cierto, no probaba en su casa.

Con mucha delicadeza se lo comenté a sus padres que se mostraron asépticamente extrañados por el comportamiento afanoso de su hija y no le dieron la mayor importancia. Ellos estaban seguros de que estaban haciendo lo mejor con y para su hija.

Y la niña siguió siendo una alumna ejemplar que sencillamente "perdía los papel" por un dulce, un chuche, un trocito de bizcocho , , , y esa actitud me hizo pensar. . . pero, claro, los responsables de su educación eran sus padres que supongo que lo estarían haciendo o ... muy bien o ... no tan bien.

Y me dio por pensar que tal vez las actitudes maximalistas, inamovibles, reacias a cualquier debilidad o cesión en los principios tomados y aplicados por encima de toda consideración práctica y real pueden llegar a ser ¿contraproducentes?.

 

Torre del Mar junio – 2.017

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