Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
La siesta

09/08/2017.

Como si de un pacto sublimilal se tratara, no hablado, no firmado, pero cumplido a rajatabla. Tras la hora del almuerzo que solía coincidir con la del mediodía, algo cumplida, en plena canícula, bajo el ardiente fuego derritiendo el ánimo, sobre el aplastado caserío que sufre la intensidad de la sofoquina, despobladas y silenciosas las callejas y las plazuelas, sin movimiento que traicione las pistas de vida moviéndose bajo las cornisas, sobre el empedrado, bajo la lenta, casi detenida, parsimonia de la supervivencia a mediados del extremo estío castellano texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Cuando los mayores se retiraban dejándose mecer por el sopor creciente e insuperable, apenas con fuerzas para hacer mutis en los rincones y en las alcobas, entre ronquidos lánguidos y duermevelas profundas, mientras los niños sabíamos que habríamos de respetar el sosiego de la siesta.

Mientras aprovechábamos las dos horas, mortecinas, aburridas, para compartir secretos y confesiones, entre risas y confidencias, a la sombra del agobio y la modorra.

Para al rato ir incorporándonos a la normalidad recuperada, al cansino devenir de los atardeceres, cuando acompañaba a mis primas mayores a recoger hojas subidas de berza a la huerta para dar de comer a los cerdos, para reponer las jaulas de los conejos de hierbas que devorarían ...

Mientras se iba cerniendo la fecha sobre el vallejo, y se salía a pegar la hebra, como cada tarde, con las moscas merodeando la santa paciencia de los lugareños, con el cielo glauco, de azul sanguino, salpicado de vuelos de vencejos y golondrinas, mientras las cigüeñas ya llevaban tiempo, centinelas impertérritas, enhiestas y atentas desde sus nidos como pináculos, sobre el campanario que iba rajándose al paso de los años sin que nadie tuviera miedo de su posible derrumbe ...

Y entonces yo aguardaba a mi tío abuelo Samuel, el herrero del pueblo, a que me dejara acompañarle a regar, la huerta grande, cumpliendo su horario concedido, sin un minuto de más ni de menos, de agua fresca y tumultuosa rebosando los surcos, ya de anochecida, bajo la luna festoneada de estrellas que parpadeaban, fugaces, fijas, reconocidas, mientras mi tío abuelo Samuel no sentía cansancio aunque ya fuera de madrugada porque él sí se había echado la siesta, mientras yo ya no podía ni con mi pellejo porque no la había aprovechado ...

 

Torre del Mar agosto – 2.017

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