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Nadie quiere ser Nadia

12/08/2017.

En las conversaciones fabuladas de La pequeña comunista que no sonreía nunca (Anagrama, 2015), Lola Lafón puso en boca de Nadia Comaneci la sentencia: «Todos los deportistas que ganan son símbolos políticos». Es así, pero en su caso fue más. Nadia Comaneci llegó a ser sinónimo de gimnasia. Como Pelé de fútbol. Publicado por Álvaro Corazón Rural

Realizó el ejercicio perfecto en Montreal 76, calificado con un 10, una puntuación que no había recibido nadie hasta entonces. Un éxito que quiso adjudicarse el régimen de Nicolae Ceaucescu en Rumanía, su tierra. Pero los que contamos cierta edad tenemos grabadas las imágenes de la rueda de prensa que dio al llegar a Estados Unidos desertando de su país, del que no se podía salir. El símbolo máximo del socialismo rumano se escabulló de lugar.

De ella se ha cotilleado que tuvo un romance con Nicu Ceaucescu, hijo del fusilado presidente. Se han contado todos los problemas que sufrió con los servicios secretos, la Securitate, con agentes y espías que la seguían día y noche hasta que huyó. Y, tal como era la información en aquel país, nada de lo escrito es del todo cierto ni mentira. A veces solo rumores que han trascendido hasta nuestros días.

Por eso lo mejor es descolgar el teléfono y hablar directamente con un amigo rumano, Mihai, que creció al lado del Centro de Entrenamiento Experimental en la ciudad transilvana de Deva, el lugar del que surgió una de las mejores generaciones de gimnastas de la historia. Unas niñas deportistas-probeta cuyos éxitos revolucionaron ese deporte hasta límites hilarantes y trágicos. Entre ellas estaba Nadia Comaneci.

«No solo recuerdo a Nadia —me dice Mihai—, sino que un día la vi. De repente nos avisaron en el cole de que venía de visita y todos los niños nos emocionamos. Estaría en nuestro instituto, que tenía un nombre nacionalista a más no poder, Decebal, el mítico rey dacio que prefirió suicidarse a ser esclavo del romano invasor. Ahí iba a estar, con nosotros, Nadia, la famosa Nadia… fíjate si fue emocionante que no recuerdo ni siquiera que nos lo anunciaran, se me confunden los recuerdos como si fueran una película por las sensaciones tan intensas que supuso. Sin embargo, cuando luego vino fue una decepción. Llegó Nadia y era una Nadia que no se parecía a Nadia. Tenía el pelo muy corto, la encontré muy pequeña, no parecía la diosa de la tele. Apenas podía verla entre las cabezas de mis compañeros. Éramos muchos y ella, diminuta. Entonces un profesor le invitó a que dijera unas palabras, que nos contara algo. Se hizo el silencio y lo que siguió fueron cinco minutos de mutismo absoluto de Nadia. Puso una mirada inexpresiva y no abrió la boca. Bajó la vista al suelo, todos permanecimos esperando algo, pero no, no dijo nada. El silencio fue penoso. Y se fue. Así, sin contarnos nada. Fue un desengaño».

La procesión iba por dentro. Ese era el elocuente silencio de soportar los rigores de la gimnasia, una modalidad deportiva que, desde que tuvo éxito, albergó algunos comportamientos que podríamos definir como criminales. Para el Gobierno rumano, su 10 en aquel ejercicio supuso un éxito de política exterior. Una fuente de legitimidad. Una heroína idónea para el consumo interno. Tanto fue así que, caído el régimen, un cuarto de siglo después, la sociedad rumana todavía sigue lidiando con los problemas de conciencia de aquella pasión nacional por la gimnasia. Con el comunismo se forzó a las chicas hasta el límite. Por la patria. Y encima, en el poscomunismo, la situación llegó a empeorar.

En el pasado mes de junio de 2016 causó auténtica conmoción en Rumanía la publicación del libro El precio del oro. Sinceridad incómoda, las memorias de Maria Olaru, oro por equipos y plata individual en los Juegos de Sídney. Páginas en las que la gimnasta reveló los malos tratos a los que fue sometida por sus entrenadores. Aún hoy, parte de la sociedad se niega a aceptar ese lado oscuro de la gimnasia. La propia ministra de deportes, entonces, Gabriela Szabo, medallista también en Sídney, la criticó por hacer semejantes confesiones. Pero no por su contenido, sino porque, a su juicio, «los trapos sucios no se lavan en público». Pero Nicolae Vieru, expresidente de la Federación, terminó admitiendo que el maltrato fue común y generalizado en la preparación de las niñas.

Maria Olaru reveló que si cometía un error en un entrenamiento, lo normal era que la abofetearan. Incluso una vez su entrenador la tiró al suelo y la pateó. Uno de los días más tristes que vivió como deportista, confesó, fue en el que vio como un padre le daba una paliza a su hija delante de las demás niñas porque el entrenador no contaba con ella para un campeonato. Olaru se puso a llorar al ver la escena y, entonces, su entrenador la golpeó: «¿Crees que alguien llorará algún día por ti?», la recriminó. Tuvo más miedo durante su carrera, escribió, a la posibilidad de ser castigada que a los castigos en sí. Así se lograban esos gráciles y bellos ejercicios gimnásticos, mediante el terror.

Sin embargo, en las memorias de Nadia Comaneci, Letters to a Young Gymnast, de 2003, no hay una sola queja. Ella cuenta que su primer entrenador y mentor, Béla Karolyi, nunca pudo doblegarla porque su ego era de hierro. No podía reprocharle un error más de lo que ella se lo reprochaba a sí misma, explicó. Para interiorizar esta filosofía de búsqueda de la perfección, le bastó con equivocarse en un ejercicio por primera vez en su vida delante del público.

 

Nadia Comaneci, 1976. Fotografía: Cordon Press.

 

Desde ese instante, hundida, aprendió a despreciar el fracaso, a odiar los fallos. Hasta un punto en el que cuando realizó el ejercicio perfecto en Canadá escribió tiempo después que no llegó a sentir nada especial. Mencionó que tenía que hacer las cosas bien porque ese era su trabajo. Sencillamente, se suponía que clavarlo era su obligación. Y, en realidad, lo que le pasó por la cabeza mientras el mundo enloquecía por ese marcador que daba un 1, porque nadie preparó esa máquina para que reflejara un impensable 10, fue que estaba agotada y deseando llegar a casa para estar con su familia.

Volvemos a la biografía de Olaru y vemos que había algo que dolía más que los golpes, el hambre. Olaru contó que cuando viajaban con los entrenadores por el país a veces paraban en alguna parrilla en mitad de la carretera. Se bajaba todo el equipo técnico a comer algo y dejaban a las niñas dentro del bus. Ellas no podían. Estaban muertas de hambre por las estrictas y extremas dietas que llevaban y, con el vehículo ahí parado en el arcén, les entraba todo el humo de la barbacoa dentro. Se ponían enfermas con el olor. Casi llorando. Se sentían humilladas, idiotas. Torturadas.

Pero Nadia, en este punto, tampoco comentó que hubiera sufrimientos insoportables. Con el entrenador Karolyi, su generación lo que hizo sobre todo fue comer ajo. El técnico consideraba que era el principal remedio para no contraer enfermedades y lo que consiguió, con la visibilidad de los buenos resultados de sus pupilas, fue que poco a poco en toda Europa, a fuerza de intentar copiarles cualquier detalle para parecérseles, terminaran todas las gimnastas del continente también comiendo ajo.

No obstante, en su texto, asomando la cabeza sin avisar, como le gusta hacerlo a la verdad, sí que se delatan carencias alimenticias. Cuando la cambiaron de entrenador y la enviaron a Bucarest, nada más llegar a la ciudad, ella se dedicó a comer todo lo que hasta el momento había tenido prohibido. Muchos eran sabores nuevos que jamás había probado.

Pero Nadia aseguraba que gracias a la gimnasia comió más que sus compatriotas. Y lo mejor es que igual no era una exageración. En los ochenta llegó a haber déficit alimentario en Rumanía por el desvío de la producción agrícola al mercado exterior para pagar la deuda. Ella lo subrayó, no quería dar pena. Otros lo pasaron peor. Que a nadie se le pase por la cabeza, remarcó, que sufrió por la gimnasia. Fue al revés. Gracias al deporte, en un país comunista al estilo asiático y totalitarista como terminó siendo Rumanía en los ochenta, podías conseguir más de lo que tenían los demás.

De hecho, los recuerdos de las gimnastas que llegaron después, en la Rumanía postsocialista, son más dramáticos en cuanto a la alimentación. Iulia Moldovan, que se quedó a vivir en Onteniente, en Valencia, donde se casó, también manifestó, como Olaru, que el poscomunismo fue peor que el propio comunismo para ellas. En una exclusiva escalofriante en El País reveló que había momentos en los que llegaban a comer papel para engañar al estómago. Si sus entrenadoras descubrían que habían ingerido alimentos, si subían un poco el peso, les esperaba «una buena tunda».

Ella también tuvo que huir, como Nadia. E igualmente reconoció que no había otra manera de llegar a lo más alto que sacrificarse así. Ver sus fotos en acción estremecen, se pueden contar sus costillas una a una. Lo que hacía Iulia, si cogía algo de peso, era irse a correr con varios chándales encima, pero sus compañeras estaban peor. Eran bulímicas, vomitaban.

No obstante, antes de señalar al «socialismo real» como culpable, hay que tener en cuenta que nada era muy distinto en la élite de este deporte en Estados Unidos. Allí, Christy Henrich fue sometida a una dieta tan sumamente dura por su entrenador, el siniestro Al Fong, que la volvió anoréxica hasta el extremo de que desfalleció durante un entrenamiento por un fallo múltiple en sus órganos y murió minutos después con solo veintidós años de edad.

Cuando Nadia se saltó las normas y tomó la decisión de comer «a lo loco», como un ser humano, entendámonos, bajó en sus resultados. Tuvo un declive profesional prematuro. No fue hasta el Campeonato del Mundo de Fort Worth, 1979, donde volvió a conseguir dieces en varios ejercicios porque ya, explicaba la prensa española, había «adelgazado considerablemente». Aquellos entrenamientos para volver a su ser competitivo fueron una verdadera tortura, recordó en sus memorias. Casi no podía andar después de cada sesión. Le dolía cada músculo, cada hueso. Pero Nadia insistió en que no fue la única que pasó por eso.

 

Nadia Comaneci, 1976. Fotografía: Cordon Press.

 

Pasamos al país vecino. Bulgaria. La gimnasta Bianka Panova, campeona del mundo en múltiples modalidades durante los ochenta, también levantó un escándalo al publicar sus memorias, In the Name of the Big Goal en 2013. Para el presidente comunista Zhívkov, la gimnasia también fue una manera de promocionar el régimen. Panova ha recordado que sus entrenamientos fueron excesivos hasta el «sadismo». Una «pesadilla». Sesiones que se reducían a «gritos, insultos, dolor y lágrimas».

Los primeros entrenadores de Nadia Comaneci, Karolyi y su mujer Martha, escaparon de Rumanía antes que su pupila y se pusieron a trabajar para el equipo de gimnasia de Estados Unidos. Alta traición. Mary Lou Retton fue una de sus más famosas gimnastas. Pero años después denunciaría «malos tratos ocasionales». Betty Okino, otra de ellas, se quejó de «dietas de hambre» y un estado de psicológico que la hizo entrenar ignorando los dolores hasta dañarse las vértebras y los tendones de las piernas.

Los soviéticos también contaron los éxitos en gimnasia por tragedias tras el listón que marcó Nadia. Elena Mukhina acabó minusválida después de un salto que nunca debió practicar, ni siquiera intentar. El motivo: se le impusieron sesiones de ocho horas de entrenamientos y ejercicios arriesgados para igualar a las rumanas. Se rompió una pierna poco antes de los juegos de Moscú, en casa. Y se forzó su recuperación. No del todo lista para volver, en una concentración en Minsk, ejecutando el salto con el que las autoridades deportivas soviéticas pensaban pasar a la historia y hacer olvidar el ejercicio perfecto de Comaneci, se rompió el cuello. Se quedó tetrapléjica. Ese salto, llamado Thomas, fue prohibido para siempre en la gimnasia femenina. Murió en 2006. En un documental denunció que se consideraba víctima de un sistema enfermizo de rendimiento deportivo.

De nuevo en Estados Unidos, a Julissa Gomez, tejana, la forzaron a realizar unos ejercicios para los que su constitución no estaba preparada. En Tokio, antes de una final, se golpeó la cabeza contra el potro y quedó cuadripléjica. En el hospital japonés en el que fue ingresada de urgencia alguien desconectó su respirador artificial por error y además sufrió graves daños cerebrales. Murió tres años después. Hasta entonces permaneció en coma.

Sigo hablando con Mihai sobre aquella Rumanía y se acuerda de los paseos que daba con su padre. «Cada vez que pasábamos por delante de la casa de Béla Karolyi en Deva, donde entrenaban como internas las niñas del equipo de gimnasia, mi padre trataba de transmitirme la importancia de ese lugar. Tenía un respeto reverencial. Ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de que la única forma de religiosidad permitida en aquella sociedad socialista ¡multilateralmente desarrollada!, como la llamaba la propaganda del Partido Comunista, era el deporte. Estos centros eran como lugares sagrados. Altares».

En su biografía, Nadia sentenció que si te gusta este deporte, lo hagas, pero si lo que quieres es «apuntar a la luna», no te quejes por los métodos. Es lo que hay. A Karolyi no tenía nada que objetarle. Incluso admiraba sus éxitos cuando se puso a entrenar a las americanas, discretas hasta entonces, y logró el oro con Mary Lou Retton.

Eso fue de forma muy sencilla, según Nadia. En lugar de tres horas, entrenaron seis al día. «Ese fue el secreto del éxito, esas tres horas de más». Su mentalidad, reflejada en ese libro, la verdad es que a día de hoy entristece; dijo: «¿Qué hace un niño entre los seis y los dieciséis años que sea tan importante? ¿Qué me perdí yo, jugar a videojuegos? ¿Una relación sentimental antes de estar preparada emocionalmente para una relación?». Todo, Nadia, todo.

De lo que siempre se habló durante esa etapa es de que intentó suicidarse. En una película no autorizada se dice que fue porque vio a su novio con otra chica. En realidad, lo que parece que pasó fue que los agentes secretos la siguieron hasta donde hacía la colada en su residencia. Le preguntaron qué estaba haciendo y contestó: «¡Lavar la ropa» y añadió desesperada por el marcaje: «¡Qué voy a hacer!». Entonces les amenazó con beberse la botella de lejía que tenía en la mano para ver si así la dejaban en paz. Esas palabras llenas de rabia alimentaron el rumor que acabó plasmado en los papeles.

Antes de huir, cuando Nadia dejó el deporte profesional, se mudó a Bucarest, donde pudo trabajar haciendo coreografías. Esos fueron los años en los que se la relacionó con Nicu Ceaucescu, el hijo díscolo del dictador. Ella explicó que fueron amigos, pero no amantes, que todo eso eran rumores como los tan extendidos de que Nicu era un mujeriego y un alcohólico.

 

Nadia Comaneci, 1980. Fotografía: Cordon Press.

 

Lo cierto es que el chaval murió de cirrosis a los cuarenta y cinco años y, cuando fue juzgado por ordenar a la policía cargar contra la multitud en la revolución rumana de 1989, se justificó con la excusa universal: «Es que estaba borracho». Algo sí que pimplaría.

El motivo por el que decidió escapar Nadia fue muy prosaico y realista: porque Ceaucescu, para aumentar la natalidad echando cálculos demográficos y económicos, decidió confiscar parte de su sueldo a las mujeres sin hijos. Con esa nueva ley a Nadia no le llegaba ni para la calefacción, escribió en su biografía.

Pocos rumanos se enteraron de su marcha. Ocurrió a finales de 1989, un par de meses antes de la revolución que puso fin al comunismo. Mi amigo Mihai solo recuerda rumores y rumores de esos días: «En la calle se decía que Nicu Ceaucescu la quería violar y que ella, por eso, se había fugado, pero luego nunca leí los detalles verdaderos de su huida. Al principio de los noventa yo tenía problemas individuales mucho más importantes que ese, como comprenderás. No sabes lo que se nos vino encima. Acabábamos de salir del comunismo y había un caos tremendo. Estábamos sometidos a un bombardeo mediático sin precedentes para Rumanía y, en ese contexto, Nadia era lo de menos. De repente, años más tarde, apareció en la tele operada y hablando como una yanqui. Mucha soltura y poca chicha. Es decir, que en el fondo se había quedado muda, como cuando visitó mi instituto en Deva, pero ahora era una muda más ruidosa».

Cuando Nadia volvió a Rumania fue para que su prometido, el estadounidense Bart Conner, pidiera su mano a su padre. La exatleta ya disfrutaba de los ingresos propios de un deportista de élite de nuestro tiempo. Tenía en Times Square un cartel de veintisiete metros de altura en el que anunciaba la lencería Jockey semidesnuda. En 1996 regresó de nuevo a Bucarest para casarse delante de dos mil compatriotas que la jalearon y aplaudieron por la calle. De ídolo de barro del comunismo a ídolo de plástico del capitalismo.

No obstante, sus primeros días en Estados Unidos tampoco fueron fáciles. No era una heroína, en los medios de lo que se hablaba no era de su gesta al escapar de un país cerrado, sino de si había destrozado un hogar en su huida, puesto que el hombre que la había ayudado a salir estaba casado y habían anunciado que estaban enamorados. En el libro, Nadia se vio forzada a renegar de aquellas declaraciones. Tanto, que desde entonces no ha podido volver a ver las imágenes de la rueda de prensa de su llegada a Estados Unidos. Aunque en rigor adujo que no fue por nada realmente relevante a nuestro juicio actual; solo, puso, por su aspecto. Por un atuendo que la avergonzaba en ese momento ya que parecía «del Este». Esa coletilla tan supremacista y desagradable.

Sin ella, también sin el comunismo, en Rumanía siguió sin embargo la búsqueda de la nueva Nadia con métodos renovados. En 1993, el preparador Florin Gheorghe cogió a su pupila, Adriana Giurca, de diez años, y le estampó la cabeza varias veces contra la barra de equilibrio. Había cometido un fallo. En el siguiente ejercicio, la niña volvió a equivocarse y esta vez la emprendió a patadas con ella. Rodó por el suelo de los golpes. Le causó una conmoción cerebral y la dejó en coma. Murió dos días después. Durante el juicio, tras el que cumplió tres años de cárcel, Gheorghe se justificó poniendo como ejemplo al entrenador de Nadia Comaneci. Dijo que sus castigos corporales eran la clave de su éxito.

Sigo hablando con Mihai. Me asegura que en la actualidad el efecto Nadia ya está bastante diluido: «Ahora se ha convertido en un publipersonaje, tanto vale para anunciar un banco como un torneo de tenis». Pero hemos llegado a un punto en el que su imagen está borrosa hasta en un sentido literal. Por los abundantes arreglos quirúrgicos a los que se ha sometido, es muy difícil encontrar en su rostro a la pequeña Nadia. Son dos personas distintas.

No es extraño que las gimnastas se operen el pecho, por ejemplo, tras retirarse, porque apenas lo desarrollan al empezar tan jóvenes con los entrenamientos, pero Nadia parece como si quisiera ser otra persona. No ser Nadia.

Mihai me pide que la entienda: «Piensa que para llegar a ser Nadia tuvo que renunciar a todo, a la infancia, a la educación, a una vida en familia, a los amigos. La escuela de Deva era como un convento de niñas-monjas-guerreras dedicadas a un único propósito: la medalla de oro. Derrotar a las rusas y pasar por encima de los arbitrajes deshonestos que favorecían a las soviéticas, ese era su único objetivo, que se confundía con el de la nación. Para los ciudadanos normalitos de Deva, cada vez que las veíamos pasear por la calle, siempre en grupo, siempre con sus chándales, tenían como una especie de aura. Algo especial… aunque… ¡quizá fuese el hambre que tenían las pobres!».

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