Asociación de Vecinos de El Palo

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Vocalía de Flamenco
El «quejío»del realismo Mágico
Hace alrededor de un cuarto de siglo, Gabriel García Márquez dedicó una fra

25/05/2008.

Los dos debían de estar muy a gusto aquel invierno del 94, convocados en Sevilla por el ex presidente Felipe González. El olfato mágico de Gabriel García Márquez le llevó a evadirse de las bondades de la nocturnidad para escuchar a Juan Peña, El Lebrijano, cuya voz se rompía en unos versos del poeta bengalí Rabindranath Tagore. Arrebatado por la escena, el Nobel colombiano trató de resumirla en una frase. Y escribió sobre una cuartilla: «Cuando Lebrijano canta se moja el agua». Todavía hoy, al contemplar el manuscrito, Juan se pregunta: «Entonces, ¿cómo canto yo?».

Al sol no debe quedarle mucho para cobijarse en el Aljarafe sevillano cuando el cantaor comienza a plantearse este tipo de interrogantes. A quién se le ocurre haber quedado con un flamenco por la mañana. Estaba cantado que este príncipe gitano de 66 años, rubio y con ojos azules, no se haría estas preguntas sino después de pasar todo el día escuchando los cortes en bruto de su nuevo disco con letras adaptadas de relatos de García Márquez, y tras zamparse por la tarde un buen solomillo regado con vino recio, “de ese que quita la anemia”.

La cita era un viernes de marzo en Mairena del Aljarafe (Sevilla). El Lebrijano bajó con sigilo por las escaleras que conducen al sótano de la casa de su sobrino David Peña Dorantes. Allí esconde este afamado pianista el pequeño estudio donde ha compuesto junto a su hermano, el guitarrista Pedro Peña, toda la música del trabajo discográfico número 35 de Juan, quien apareció enfundado en una gabardina negra más propia del detective Philip Marlowe. Tras desabrocharse la pelliza, explicó que la había comprado en México durante un viaje organizado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía para reencontrarse en la pasada Feria del Libro de Guadalajara con el hombre que un día le dedicó una frase, convertida hoy en el título de un disco. Mientras trataba de entonar la voz ronca, sus ojos destellaron un escalofriante azul purísima al sol que se colaba por el ventanal del estudio.

 

ces del álbum. Para entrar en calor, y para mostrarle la evolución del trabajo musical que los hermanos Peña habían desarrollado desde entonces, Dorantes pinchó La Cándida Eréndira. Y en un ataque de timidez, su tío puso cara de haber visto un marciano al escuchar su propia voz amplificada por el bafle. Después nos estremecimos con su imploración a Ludovico, el espectro de los Espantos de agosto, donde el cantaor parece querer enfrentarse a sus propios fantasmas, perdidos en los surcos del rostro. Pero de ellos nos hablaría más tarde.

Un nuevo corte del disco introdujo el bajo y la batería de aires sincopados, cercanos al hip-hop, que se funden con la guitarra por soleá de Pedro Peña en la versión de La santa, la triste historia de la batalla de Margarito Duarte por lograr la venia papal del milagro encarnado en el cuerpo incorrupto de su hija muerta. “No se parece a nada. Cantar esto es muy difícil, no tienes por dónde agarrarte. Es… como leyendo”. Al Lebrijano se le escapó una lágrima tras escucharse. “Ya estoy como una llorona, es que me emociono. Esto de ser sensible es un coñazo. El arte no tiene piedad”. El altavoz volvió a inundar la estancia de realismo mágico convertido en un quejío con el desgarrador monólogo de Isabel viendo llorar en Macondo en forma de bulería: No acaba de amanecer y ya anochece / crepúsculo prematuro de hombres arrinconados / cuando la lluvia trajo las noticias / de mujeres flotando por los patios de Macondo.

“¿Esto es flamenco? Sí, no… Llámalo como quieras, me da igual lo que digan los puristas. Ellos todavía no me han perdonado el disco que grabé con la orquesta andalusí de Tánger [Encuentros]. Lo que tienen que hacer es callarse y tomar esto como lo que es: una obra concebida a partir de libros reducidos de un gran artista”. Ése fue el encargo que recibió su amigo Casto Márquez hace un par de años. “Yo había leído mucho a Don Gabriel”, argumentó El Lebrijano, “pero más con el corazón que con la mente. Por eso le pedí a Casto, quien conoce bien sus libros, que adaptase al cante varios de sus relatos”. En menos de dos meses, este abogado sevillano, que ya colaboró como letrista en discos anteriores del cantaor, tuvo diez poemas listos para pasar el filtro más riguroso: Carmen Balcells, la implacable agente del Nobel colombiano. “Está­bamos muy nerviosos cuando le enviamos los textos”, recuerda Casto Márquez. “Las versiones iban desde algunos de los Doce cuentos peregrinos hasta El coronel no tiene quien le escriba. Pero ella nos trató muy bien y concedió el permiso”. Finalmente, la grabación se puso en marcha a finales del año pasado.

a las dos del mediodía, Juan se fue despejando. “Siempre he pensado que debería retirarme con don Gabriel. Ya tengo una edad, y si se tiene una edad es por algo. Qué mejor manera de dejar de grabar –no de cantar– que con su obra”. No en vano, ciertos pasajes de su vida podrían haber sido escritos por García Márquez. Como esa leyenda que todavía corre por Lebrija, según la cual su madre, María la Perrata, le escuchó cantar cuando todavía lo llevaba en el vientre.

“Yo creo que nací cantando, como mi madre. Hacía compás con mi hermano Pedro hasta dándole al soplillo para avivar el fuego de la cocina, y sacábamos una bulería sólo con leer el almanaque”. Después llegó una guitarra a casa de los Peña, que Juan se llevaba incluso al cuarto de baño. “Mi hermano y yo debutamos como guitarristas con Manolo Sanlúcar. Él siguió con su carrera y yo dejé los estudios en 2º de bachillerato para ayudar a mi padre en el negocio de la lana. Después me coloqué de barbero y mecánico, pero pronto me fui con el cuadro de La Paquera de Jerez”.

Es imposible comer con El Lebrijano sin los ecos de Antonio Mairena, Juan Talega o La Niña de los Peines. Junto a ellos aparcó la guitarra para forjar su senda como cantaor a partir del flamenco más puro. “Cuando era joven estaba todo el día preguntándoles, aprendiendo. Ellos se emborrachaban para recuperar cantes perdidos. Los jóvenes de hoy no preguntan nada. Si les dices que canten por soleá, no tienen ni idea de cómo hacerlo. Mucho antes de investigar fusiones con otras músicas empecé desde la raíz. Y si me tengo que poner flamenco, todavía soy capaz de irme al siglo XVIII. El cante tiene que ser voz, cabeza y corazón. Si no sabes de dónde viene todo esto, si no te duelen las cosas, ¿cómo vas a interpretar lo de Macondo?”.

Con 23 años, durante su estancia en Sevilla para prestar el servicio militar, se convirtió en ahijado de Pastora Pavón, La Niña de los Peines. “Con ella entré en un laberinto del que no salí. Y del que todavía no quiero salir. Yo me he dedicado profesionalmente al flamenco gracias a ella”. Después vinieron los años en el mítico tablao El Duende, de Madrid, y un lustro de gira acompañando al bailarín Antonio Gades. Firmó su primera grabación importante junto a Paco de Lucía y su primera incursión sinfónica en 1972 con el disco La palabra de Dios a un gitano, antes de abrir las puertas definitivamente a la fusión arábigo-andaluza en los ochenta con la orquesta andalusí de Tánger. “Digo yo que lo de la Alianza de Civilizaciones tendrá algo que ver con esto, ¿no? Todavía hay quien no me contrata escudándose en que he cantado con los árabes. Por desgracia, el racismo existe”.

A esas fusiones más controvertidas que mantuvo en discos como Casablanca acompañaron otros trabajos como ¡Tierra!, con textos de José Manuel Caballero Bonald sobre el descubrimiento de América, o la grabación de Gelem Gelem, el himno de los gitanos, en el álbum Sueños en el aire. Entabló amistad con presidentes de Gobierno y monarcas como Hussein de Jordania, a quien acostumbraba a enviarle todos sus discos. “En cierto sentido, fui el niño del poder. Pero siempre me he mantenido en mi sitio. Yo ya era rojo cuando iba por el mundo con Antonio Gades”.

–El éxito también le mostró su cara oscura. ¿Qué le pasó a mediados de los noventa?

–Me perdí con la cocaína. Un día me miré al espejo y me dije: ‘Tú te has metido, tú te quitas’. Pilar, mi mujer, y mis hijos, toda la familia estuvo a mi lado para ayudarme a salir. Desde entonces no he vuelto a tocar la guitarra, la tengo asociada a las noches en las que me quedaba tocando solo, con mi paranoia.

–Llegó a tener problemas con la justicia. Le detuvieron en la aduana marroquí.

–Aquello fue un bulo montado por terceras personas que no vienen al caso. Nadie puede pasar la frontera con un gramo de coca. Si fuera así, no me hubieran dejado salir del país.

“Gira a la izquierda, hacia el barrio de los gitanitos”. Le acercamos en coche hasta San Juan de Aznalfarache, donde se disponía a visitar a un amigo convaleciente de un infarto. Cuando se despidió, el sol se ocultaba tras los bloques de viviendas verdiblancas. Con la gabardina de Philip Marlowe sobre los hombros, saludó a las señoras que conversaban en el portal de la casa del enfermo. La serenidad en el semblante desveló aquel día a un cantaor que se siente, a sus 66 años y con 35 discos publicados, libre de tener algo que demostrar. Pero ni todo su aplomo, ni la experiencia de lo vivido le han ayudado a encontrar respuesta a una pregunta que todavía se hace cuando contempla el breve manuscrito que permanece enmarcado en un rincón de su casa. “Si se moja el agua… ¿Yo cómo canto?”.

‘Cuando Lebrijano canta se moja el agua’ sale a la venta a partir del próximo 22 de abril. El disco se presentará en la sede madrileña del Instituto Cervantes el día 29.

QUINO PETIT 13/04/2008

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