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Recuerdos de aquellos barrios con olor a salitre

08/06/2008.

El Palo, Huelin, el Perchel, la Carihuela, las Protegidas o el puerto pesquero de Marbella son nombres que evocan la tradición marinera de Málaga. Una actividad que por variadas causas va desapareciendo

SU mirada se pierde en el horizonte infinito y azul del Mediterráneo. Sentado en un banco del paseo marítimo instalado sobre el suelo que en su juventud ocupaba la arena de la playa, las jábegas y las viejas chozas de los vecinos, Salvador Portillo Alarcón, conocido popularmente como »El Salvaro», recuerda a sus 79 años como ha cambiado El Palo. Uno de los barrios marineros tradicionales de Málaga al que, al igual que El Perchel o Huelin en la capital, La Carihuela en Torremolinos, Las Protegidas en Torre del Mar o el puerto pesquero en Marbella, «de marinero ya sólo les queda el nombre y el recuerdo». Lo que fueron y representaron sólo permanece en la memoria de sus mayores, que siguen ligados sentimentalmente a aquellos tiempos.

Los cambios sociales y económicos han hecho que estos barrios, unidos a la mar, hayan virado el rumbo de la nave del tiempo con el abandono paulatino del arte de la pesca para convertirse en zonas residenciales, de ocio o de servicios turísticos. Las jábegas, los sardinales, trasmallos y los pequeños botes en los varaderos y algunas redes sobre la arena son, hoy día, la única huella visible de una tradición con décadas, e incluso siglos, de historia. «La pesca y el barrio han cambiado bastante. Antes había mucho más pescado y estábamos todos más unidos», señala con nostalgia Rafael López, mientras, junto a su hermano Antonio, repara con sus manos una vieja red que conserva como un tesoro en su casa de uno de los barrios de pescadores con mayor arraigo de Torre del Mar, Las Protegidas, un conjunto de 64 viviendas construidas en 1948.

Más explícito se muestra Antonio García López, quien »mata el gusanillo» del mar y la nostalgia de la pesca con su abuelo regentando una pescadería en Rincón de la Victoria: «Antes el barrio de pescadores era un barrio tradicional y ahora lo han matado». Con 90 años, Bárbara del Cid mantiene intacta en su memoria la infancia en una casa de la calle Los Perros y cómo la gente se ganaba la vida con la pesca y la recogida de almejas y coquinas en la entonces »virgen» Carihuela, cuyos habitantes son conocidos como los »choros». «Era un barrio muy pobre donde no había casi de nada. Nosotros, afortunadamente no pasábamos hambre porque mi padre se dedicaba al campo y siempre había algo para comer», señala Del Cid.

Y es que los pescadores de antaño tenían que compaginar sus tareas en la mar con otros trabajos en la construcción, la agricultura o en alguna fábrica cercana «para poder llevar el pan a casa», como afirma José Manuel García, un viejo lobo de mar del Perchel, ese barrio de pescadores que debe su nombre a las perchas donde se desecaba el pescado.

Ahora, aquellos tiempos sólo permanecen en el recuerdo de quienes lo vivieron como José Navarro »El Morralla». Con 67 años el padre de la popular cantante Diana Navarro acude cada día al varadero de pequeños botes situado en la playa de San Andrés de Huelin para reunirse con otros marineros y rememorar viejos tiempos. «Aquí nos juntamos para contar nuestras »batallitas» de cuando pescamos tanto pescado o nos sucedió tal o cual cosa en la mar», dice. »El Salvaro» corrobora esta afirmación e indica que entre Pedregalejo y La Cala hay «cien viejos que han estado toda su vida en el mar» y que ahora pasan la mañana sentados en los bancos del paseo marítimo. Aquellos que aún conservan parte de sus enseres los conservan »como oro en paño»: arreglan las vetustas redes sin saber si algún día volverán a atrapar boquerones »vitorianos», jureles o sardinas y pintan y adecentan los barcos para tenerlos en perfecto estado de revista como si de un momento a otro fueran a surcar las olas de los mares.

Tiempos duros

Aquellos eran tiempos duros. Así lo manifiesta el marbellí Antonio González Villar, con 72 años a sus espaldas: «Antes se trabajaba a los bruto, sin descanso. No pueden ni imaginarse las heridas que tuve y lo que escocían con el agua del mar. Y un día y otro y otro,... Se pasaban muchas fatigas». Los barcos no tenían motores «por lo que había que ir bogando de un lado a otro», con el consecuente esfuerzo físico y no había los medios que hoy existen.

Además, las viviendas, muchas de ellas chozas situadas junto al rebalaje, no reunían las mínimas condiciones. «Teníamos que colocar tablones delante de las puertas para evitar que el temporal entrara en las casas y cuando lo hacía teníamos que abrir la puerta del patio trasero para que el agua saliera. Algunas no tenían solería y para sacar el agua fuera se hacían boquetes en el suelo para que se filtrara», menciona Rafael López. Y a todo ello había que sumar las vidas que el mar arrancaba, como aquel fatídico día de 1949 en que la traíña »San Carlos» naufragaba en el Estrecho de Gibraltar con el fallecimiento de doce de sus trece tripulantes, todos naturales de La Carihuela.

La vida social de aquellos barrios giraba en torno a la playa. «Allí se reunían los chiquillos a jugar o ayudar en las labores de tierra, las mujeres a charlar o bordar y los hombres que no estaban en los barcos arreglaban redes o los barcos», según García. Pero si había un momento de gran espectáculo era cuando se tiraba del copo y se sacaban las capturas de la mar. En ese momento los cenacheros, con sus cenachos al hombro, en burros con serones, en motocicletas o en pequeños camiones, tras las pujas, se llevaban las capturas para venderlas en el resto de la ciudad y los pueblos de interior. Asimismo, los merenderos cercanos, como el caso de Casa Pedro o Carrasco en El Palo «cogían el pescado vivo lo llevaban directamente a freir y lo ofrecían a los clientes en la mesa», apunta El Salvaro.

«Cuando se sacaba el copo y no había cenacheros, hacíamos »el morrón» que era un sistema de alerta que consistía en poner un remo en posición vertical con una chaqueta en lo alto y se golpeaba la base de la proa del barco para que los cenacheros o los compradores supieran que ese barco acababa de sacar pescado fresco», apunta El Salvaro. Sin embargo, a pesar de que había «kilos y kilos de pescado la ganancia era muy poca», lamenta Antonio González.

Pero, ¿por qué Málaga le está dando la espalda al mar del que tanto vivió y comió? Las causas, al margen de las que estos días se ven en la prensa sobre el aumento del precio de los carburantes o las políticas comunitarias sobre la pesca, son múltiples. «La cosa se puso muy mala y lo tuve que dejar», afirma Rafael López. «Los jóvenes ya no se involucran», asegura El Salvaro, quien reclama que a los veteranos se les permita salir a faenar como una actividad de recreo sin tantos cortapisas legales. «A los que quieren trabajar las trabas que pone la Junta de Andalucía, que te obliga a ir a Huelva o Madrid para sacarte la cartilla de navegación hace imposible mantener esta tradición», agrega Navarro, quien también se lamenta de que, por ejemplo no se permita pescar los llamados »chanquetes coloraos» de Málaga. «Cuando se empezaron a construir los primeros hoteles (La Roca o el Parador de Montemar) empezaron a llegar gente de todos los sitios a trabajar en su construcción o esperanzados en colocarse en ellos y mientras se hospedaban en nuestras viviendas», concluye Bárbara del Cid.

Hoy día, del este al oeste del litoral malagueño, en sus barrios marineros sólo hay un elemento vertebrador de lo que fueron: la celebración de la festividad de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, con la procesión marítima y terrestre. «En ese momento el barrio vuelve a hermanarse y ser lo que fue», concluye El Salvaro, quien durante cuatro décadas llevó a la Virgen del Carmen en su jábega »María». Un momento en el que estos barrios vuelven a oler y sentir en su piel el salitre. EN ESTA INFORMACIÓN HAN COLABORADO: Agustín Peláez, Eva Guzmán, José Antonio García y Antonio Fortes.

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