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¡¡¡La Eurocopa es nuestra!!!
La gloria para el mejor

30/06/2008.

Hay muchos caminos que conducen a la gloria, pero pocas veces se alcanza la cima con tantos méritos como lo hizo ayer el ganador de la Eurocopa.

La púrpura fue para el equipo que mejor ha jugado, el más goleador, el más estilista, el que eliminó al campeón del mundo, el que acabó con la maldición de San Paulino y en la traca final soportó con firmeza y menos músculo la embestida de Alemania, que no es cualquiera. España no sólo reconquistó un título 44 años después, sino que lo hizo con grandeza, de forma deslumbrante de principio a fin del torneo, hasta despertar la admiración unánime. Incluida la de Michel Platini, que devolvió a Casillas la Copa que debía a Arconada. Fue una gran España, la mejor de la historia, en una gran Eurocopa, lo que revaloriza la meta alcanzada. Y nada impide presagiar que sea el inicio de un ciclo. No quedan fantasmas, el pasado ya no cuenta y los optimismos contagian. Es lo que transmite esta estupenda cosecha de jugadores que, tras algunos nubarrones, tan bien ha sabido manejar finalmente Luis Aragonés, que devolvió a tiempo a los futbolistas todo su protagonismo. Todos juntos, hijos de la pluralidad, provocaron el éxtasis general en un país al que ya sólo le faltaba el fútbol, al que le ha costado sacudirse la caspa, para convertirse en la mayor multinacional del deporte, un sector que cada semana le ofrece motivos de orgullo.

 

 

Como en su día los chicos del baloncesto y los del balonmano, la España futbolística se desplegó con todo el descaro. No se dejó atemorizar por los mazacotes alemanes y su enciclopédica tendencia a la victoria. De hecho, su aproximación a la gran final fue del todo serena. En las vísperas no hubo tiritonas. Un rasgo más de la normalización de este grupo, su principal vía hacia el éxito. Se asoman al fútbol sin grandilocuencias ni estridencias. Esta generación procesa el juego de forma natural, sin complejos. Se acunó en el aperturismo de los ochenta, como Gasol, Alonso, Nadal, Pedrosa, Contador, todos ellos deportistas transfronterizos que triunfaron en pañales, desde las categorías inferiores. Se saben competitivos y no se reconocen en el fatalismo de sus antepasados, subyugados por tantos años en la caverna. A España le faltaba la entronización de su selección de fútbol, casi siempre a un paseo lunar de sus heráldicos clubes. Hasta que de la mano de Luis se han agrupado en el momento justo, en plenitud y absoluta armonía, con el colectivo como gran héroe. Ganar fortalece y el estilo distingue. Por la senda del triunfo España ha impuesto su sello hasta terminar en trance.

Frente a Alemania, el equipo supo imponer su mayor virtuosismo al tiempo que mantuvo siempre el pulso, lo que no es fácil ante una selección tan cementera como la de Löw. La selección de Luis no se dejó enredar y soportó con una firmeza admirable los continuos asaltos del rival, que al verse superado en el juego y el marcador actuó con cierto matonismo con la complicidad de Rosetti, otro mal árbitro. Con el campo minado, España acertó a gravitar en torno a sus medios, con Xavi y Cesc como principales catalizadores. Donde los alemanes querían imponer su armadura, los españoles se encomendaban a la pelota y a Fernando Torres. Cada pared, cada jugada trenzada al toque desgarraba a Alemania. Estos centrocampistas españoles no maniobran en función de lo que sucede, sino de lo que pueda suceder.

Si los alemanes daban con la tecla para atascar la circulación, entonces tenían que medir a Torres con sus pesadotes centrales. Era cuestión de insistencia. Así lo entendió Xavi, siempre tan aplicado. A la media hora enlazó con el ariete del Liverpool, al que propuso un esprint con las vigas alemanas. Torres les dejó a rebufo, incluido a Lahm, en apariencia con menos tronco que sus compañeros de trinchera. Ante la salida de Lehman, el "Niño" picó la pelota con tres dedos, de forma tan cariñosa que ésta parecía resistirse a llegar a la red. Con la caricia de Torres no hubo alemán que siquiera pudiera pellizcar el balón. No daban con la pócima ante el delantero español, ni por tierra ni por aire, pues minutos antes del gol ya había cabeceado al poste entre varias pértigas alemanas.

El tanto español encendió al conjunto germano, que comprendió que no tenía otra salida que atizar la hoguera. Al toque de corneta de su capitán, Ballack, que intentó sin éxito amedrentar a Cesc a estacazos, el partido se incendió, con trifulcas por todos los rincones. Una mala señal para España, que podía haber caído en la trampa, en un duelo que no le interesaba para nada. No fue así, y el equipo supo templarse, nada de desquicios. Xavi siguió al mando y con Cazorla y Güiza de nuevo como agitadores se lanzó de contra en contra para cerrar la final. Le faltó dinamita y, por momentos, mayor pegada y menos arabescos. Pero ese es el estilo que le ha conducido al nirvana y no tenía por qué renunciar. Por supuesto, Alemania, siempre Alemania, no claudicó hasta el último suspiro, ese en el que tantas veces ha alimentado sus vitrinas cuando los adversarios se sentían a un milímetro de la adoración. El equipo de Luis se ganó el jubileo. Y el entrenador, que ha pasado del calvario de 2006 a la épica de 2008, también, aunque ello le costara, a sus 69 años, ser manteado por el grupo. En la gloria todo vale. Cuarenta y cuatro años de espera fueron muchos.

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