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El hombre de la tercera semana
TOUR 2008 - El séptimo español que conquista París

27/07/2008.

Carlos Sastre acaba en los diez primeros kilómetros de la contrarreloj con las esperanzas de Cadel Evans y se asegura llegar hoy a París vestido de amarillo

Nadie es lo que parece", suelta El Potro, que se siente filósofo cuando está de ligón. "Por ejemplo, si escarbas debajo de mi capa superficial de dureza, descubrirás una persona sensible". Y Juan Antonio Flecha, que comparte esa noche el ánimo introspectivo, apoya a su masajista e ilustra su discurso contando lo bromista que es Carlos Sastre. "Ahí le tienes, contándome que se va a comprar un Aston Martin amarillo para celebrar el Tour y que, en un guiño a Bahamontes, lo va a decorar con un águila con las alas extendidas y que lo va a reproducir en su maillot amarillo", se ríe Flecha, sorprendido por la capacidad humorística del chico más serio de El Barraco, que ironiza con Riccò, mito fugaz caído en desgracia que había prometido comprarse un Ferrari rosa si ganaba el Giro.

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Doce minutos más tarde parte Sastre. Ligero de pedalada. Seguro. Libre

Habrá que estar de acuerdo, pues, con el bruto del Potro. Cada persona es un mundo y no conocemos nada hasta que lo tenemos en nuestras narices. Pero no sólo porque Sastre sea, contra pronóstico, un humorista, sino porque, como mostró ayer para ganar el Tour, escarbando debajo de ese cuerpecillo de escalador, de ese aire de pajarillo desvalido y desplumado de los corredores cuando se bajan de la bici, se puede descubrir una capacidad de rodar deprisa y durante mucho tiempo, más de una hora, en un terreno, una cinta de asfalto recta en ligera pendiente, toboganes y cuestas, que, si a Indurain le provocaría orgasmos, para gente de 60 kilos y piernas ágiles sólo puede ser el camino de la pesadilla. Pero ayer quien corrió fue Sastre, el escalador que ganó el Tour al octavo intento, y quien descendió a los infiernos, una vez más, fue Cadel Evans, capaz de dormir todo el año con una cabra y quedarse luego clavado en la primera cuesta, víctima de su ansiedad, esa angustia que quería transmitir a quien salió el último, armado de un maillot amarillo, de un plato ovalado -un secreto con el que trabaja desde octubre, un objeto con el que mueve las ruedas con dos desarrollos a la vez, una especie de 51 y 57 combinados en un aparejo de 54 dientes- y de una confianza tan infinita como la tristeza de sus ojos.

Un crítico de cine hablaría de un western crepuscular, de un duelo a muerte entre dos viejos vaqueros que habían luchado toda su vida para encontrarse en ese momento, en ese lugar, en esas circunstancias. Una rampa clavada en el centro de Francia, rodeada de bosques de robles bajo un cielo gris plomizo, 53 kilómetros, un cronómetro. Sastre, 33 años, octavo Tour, 94 segundos a su favor, pocos según los que conocen sólo su superficie, los que olvidan que es el hombre de la tercera semana; que, mientras el estrés, la dureza, el paso agotador de los días, minan sin compasión a los demás, a él le respetan, pasan a su lado sin tocarle y hasta parece que cada día aumenta su fuerza, su dureza. Evans, 31 años, cuarto Tour, sólo 94 segundos en contra, pocos según los que conocen sólo su superficie, las gentes de su equipo, que han trabajado todo el Tour para limitar las pérdidas en la montaña, todas concentradas en los 13,8 kilómetros de Alpe d»Huez; pocos según medio mundo, según los expertos que subrayaban cómo no había gastado un gramo de más, que había viajado cómodamente tumbado en un sillón arrastrado por las máquinas del CSC, que olvidaban que Evans tiene motor, pero que no sabe transmitir todos sus caballos a los pedales, que su postura de contrarrelojista es antiaerodinámica, que la más mínima presión le convierte en un manojo de nervios.

Repanchingado en el asiento trasero del coche guiado por Riis, a las 12, tras haber conocido un recorrido que a otros les quitaría el hipo, Sastre saluda tranquilo y sonriente a los que reconoce en su camino. La calma del que se sabe tranquilo, la frialdad del ejecutor minutos antes de su faena. A Evans no se le ve. Su equipo ha alquilado una casa cerca de la salida y allí se recluye, allí calienta sobre los rodillos, protegido de nadie por un guardaespaldas de mirada dura. Y, cuando parte, Evans, los movimientos bien estudiados, medidas las grandes bocanadas de aire para dar ritmo a la respiración, contados los segundos con los cuernos de la cabra entre las manos antes de lanzarse en plongeon sobre el manillar de triatleta, súbitamente se queda clavado, se atranca con su tremendo desarrollo, un 55 inamovible en los repechos. Doce minutos más tarde parte Sastre. Ligero de pedalada. Seguro. Libre. A los 10 kilómetros le dicen que no pierde ni 5 segundos. Ya sabe que ha ganado el Tour salvo terremoto. A los 18 sabe que sólo pierde 8; a los 36, pasado el ecuador de la prueba, sólo 23 y tres menos 12 más tarde. El Tour está sellado, tan confirmado que decide levantar el pie en el último kilómetro y alargarlo lo máximo para disfrutar del momento único deseando que no termine nunca. Y, cuando termina, cuando sólo quedan unos metros, Sastre, el hombre de la tercera semana, suelta la mano derecha, se santigua y señala con el dedo al cielo. Va por ti, Chava.

A los 33 años, tres meses y cuatro días, Sastre es el español más viejo de los siete que han ganado el Tour -Bahamontes, Ocaña, Delgado, Indurain, Pereiro y Contador antes que él- y el cuarto más viejo ganador de la posguerra, tras Bartali, Armstrong y Zoetemelk

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