1882. Miguel el de las Sardinas estableció su merendero para la venta de pescaíto y sardinas en espeto. Lo pone en el monolito de mármol que hay en la Plaza del Padre Ciganda, muy cerca del mítico Casa Pedro, en El Palo. «En El Palo no hay chiringuitos; hay merenderos», dice Antonio Rodríguez Carmona, 65 años, nacido en el barrio y al que conocen por »Falele», su nombre de guerra. Su cuñado, Salvador López, explica el por qué de los merenderos, que se montaban con cuatro palos y cañizos y que se solían sombrear con matas de adelfas cogidas del arroyo Gálica y de Jaboneros: «La gente venía del centro y del interior en días señalados, buscando el fresco. Se traían la comida y consumían espetos y soda de sifón con vino tinto, que hacía una bebida muy refrescante».
Espetos por necesidad
Paco Leal, paleño de toda la vida y miembro de la asociación de vecinos del barrio está casi seguro de que Miguel el de las Sardinas fue el primero en comercializar los espetos, que en realidad nacieron de las propias necesidades de los pescadores: «No tenían ni aceite, así que asaban las sardinas ensartadas en cañas y en la arena. Se las comían casi de madrugada, con vino. Eran las sardinas del alba», dice.
Por no crear polémica, Paco Leal introduce un ápice de probabilidad y dice que Miguel el de las Sardinas «pudo» ser el primero en comercializar los espetos. Sí está claro en cambio que el suyo fue el primer merendero de El Palo y que la fecha inscrita en el monolito confirma que ya a finales del XIX había asentamientos de pescadores aquí. Así que el origen de este barrio con aires de pueblo y de Pedregalejo, su primo hermano, se remonta más de doscientos años atrás.
También lo más probable es que los primeros moradores llegaran a esta zona, por entonces muy rica en pesca y con amplios espacios de tierra dedicados a la huerta, empujados por sucesivas crisis. Muchos llegaron procedentes del levante almeriense; de pueblos como Garrucha o Carbonera; otros bajaron desde Vélez-Málaga y también se desplazaron desde Totalán, Rincón de la Victoria o La Cala.
Al principio sólo permanecían cerca de la playa durante la temporada de pesca, y para guardar los enseres empezaron a montar barracas. Pero poco a poco, esas estancias temporales se prolongaron hasta hacerse fijas y las barracas se fueron convirtiendo en chabolas de caña y lata.
En una de esas barracas, un poco más allá del monolito de Miguel el de las Sardinas, nació Paco Leal hace 64 años. Hoy allí está ubicado el bar del Payo, y el mar, aunque muy cerca, está bastante más lejos que en aquellos tiempos: «Entonces el mar llegaba a las pérgolas del paseo marítimo», dice.
El mar atravesaba las casas
Las barracas y luego las casitas de obra que se levantaron en ese mismo suelo tenían dos puertas, una delantera y otra que daba a la parte de atrás, con el objetivo de que el mar atravesara las viviendas cuando arreciaba el levante. «También se dejaban callejones estrechísimos (algunos aún permanecen) para desahogar los cuerpos de mar», explica Salvador López, que nació en el número 28 de la calla Quitapenas, primera línea de playa.
Justo al lado de la que fuera su casa, hay otra muy pequeñita, que cuelga un cartel de »se vende». Es una de las pocas que se conservan en El Palo tal y como se construyeron inicialmente; cuando las chabolas de caña y lata dieron paso a autoconstrucciones de obra, ya en las primeras décadas del siglo XX. Así se fueron construyendo estos barrios, con calles terrizas, casa blanqueadas y pintadas y agua procedente de cuatro o cinco fuentes.
Y así fueron hasta finales de la década de los setenta, principios de los ochenta. «Aquí la modernidad llega a partir de los 80, cuando el estado decide construir el primer paseo marítimo de Málaga y regenerar las playas creando los espigones», dice Paco Leal.
Según Adolfo García Gálvez, vocal de Urbanismo de la asociación de vecinos de Pedregalejo, «el primer tramo de playa que se ejecuta con presupuestos del Estado para la ciudad de Málaga es el que va desde los Baños de El Carmen hasta Arroyo Jaboneros. Eran las casas que mayor peligro corrían. Estaban a medio metro de las playas y el mar se las comía».
Dice García Gálvez que esa actuación que se ejecutó hace más de 25 años y fruto de la cual es el paseo marítimo que existe actualmente, se produjo después del primer choque fuerte entre la administración y los vecinos, allá por 1977: «El Estado central diseña una carretera con cuatro vías, que supone la eliminación de un plumazo de los dos barrios. Los vecinos se oponen. No están dispuestos a abandonar una zona que ocupan desde 1800. Nadie discute que están sobre un suelo que es patrimonio del Estado, pero después de tantos años, hay ciertos derechos».
Después de protestas y reuniones se acordó que esas cuatro vías quedaran reducidas a dos -la actuales avenidas de Simón Bolívar y Salvador Allende-, y según mantiene la asociación de vecinos de Pedregalejo, también se acordó la legalización de ambos barrios. «De hecho se les dota de infraestructura, de agua, de saneamiento, de alumbrado público… El paseo marítimo se ejecuta y se hacen los espigones para evitar que el mar se lleve las casas», afirma el vocal de Urbanismo. Para Adolfo García no es de recibo que casi treinta años después venga la Dirección General de la Sostenibilidad y el Mar a decir que hay que erradicar las casas porque están sobre dominio público marítimo terrestre, un asunto sobre el que la Subdelegación del Gobierno se ha posicionado asegurando que las viviendas se mantendrán.
Reformas y ventas
«Mis padres tenían un dormitorio, el comedorcito, un servicio y ya está», dice Antonia Rodríguez, 72 años en El Palo. A esa casa, en cuyo porche está sentada, le echó ella el dinero que sacó con la venta de un piso que su hija tenía en Barcelona y levantó otra planta. Hoy tiene escrituras del volumen de edificación, pero como el resto de las cuatrocientas o quinientas casas que están sobre dominio público, no tienen la escritura del suelo.
Como Antonia, que es nieta de Martín Rodríguez, un famoso pescador de la zona que murió en el 37, otros muchos descendientes de esos primeros moradores de El Palo y de Pedregalejo fueron ampliando las casas originarias, elevando plantas y abriendo negocios en los bajos, hasta configurar la peculiar fisonomía que la zona de playa presentan hoy en día, en la que no hay dos casas con fachadas parecidas, las alturas son bajas pero desiguales y la alineación poco regular.
«De toda la vida, este ha sido un barrio tradicional de pescadores. Si las casas se hubieran conservado tal cual eran, se hubiera podido conseguir la calificación de bien de interés cultural, pero muchas se vendieron y cada quien hizo lo que le apeteció», dice Antonio Delgado, presidente de la asociación de vecinos de Pedregalejo.
Bicocas a pie de playa
Ocurrió a partir de los ochenta, cuando el paseo marítimo se veía ya como una realidad. Entonces hubo quien vendió a compradores que vieron en estas casas auténticas bicocas a pie de playa y a pocos minutos del centro de la ciudad y que ofrecieron millones que sonaban a mucho por pequeñas viviendas que luego ampliaron: «Mi suegro, sin ir más lejos, tenía una casa en la playa. Vino un catalán, se enteró de cómo estaba el asunto y compró por x millones de entonces. Sin escritura ni nada. Con un papelito», cuenta Falele.
En este punto, el vocal de Urbanismo de la asociación de vecinos de Pedregalejo dice que, al menos a partir del 83, todas las reformas se hacen pidiendo licencia de obras; es decir, con consentimiento del Ayuntamiento: «A partir del 83, con la primera corporación democrática, se redacta el primer plan general de Málaga, en el que se reconocen a estas zonas como suelo urbano. Es cierto que antes del plan hubo quien hizo cuartitos sin pedir licencia y quien se comió callejones, pero a partir del plan general se empezaron a pedir licencia de obra, presentando proyectos con arquitecto, aparejador y expediente de alineaciones».
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