EL PALO UN ESPACIO PÚBLICO EN EL QUE YA PRIMA LO PRIVADO

El modelo de vida en los entornos urbanos (en menor medida en los rurales) cada día está más alejado de la sana costumbre de vivir la calle, de encontrarse en los entornos comunes para el disfrute y la comunicación.

     Cuando digo esto no recurro a lecturas de tratados de sociología, ni antropología, “echo mano” a mis recuerdos de infancia y me veo correteando por las calles terrizas, sin asfalto (para el buen rodaje de los coches), ni aceras. Toda la calle nos pertenecía; a los niños y niñas que jugábamos sin preocupación por el tráfico, entonces inexistente. Recuerdo a los mayores y adultos que charlaban  pegados  a las paredes, que por su situación daban sombra, todavía siento como rescoldo  aquella tranquilidad y la paz que envolvía los días y las tardes en la calle.

Recuerdo cómo las pocas aceras que existían eran como plataformas fresquitas que servían para colocar extendidos los tebeos para cambiar o alquilar, nos sentábamos a la sombra, con los pies extendidos y apoyada la espalda en la pared y leíamos o hablábamos con total tranquilidad. Eran espacios  de la calle que nos apropiábamos porque sentíamos nuestros. A ningún concejal de ninguna concejalía se le ocurría que había que regular el uso de  aquellos espacios.

Al atardecer se sacaban las sillas a la calle y se jugaba en las puertas de las casas, en plena calle, se jugaba al parchís, a la oca, a la lotería (bingo) y se cantaba cada número con una imagen creada del número: la niña bonita; el 15, dos patitos laguneros; el 22, etc.

 Más tarde cuando llegaron los primeros televisores en blanco y negro o con unas pantallas de plástico que coloreaban las imágenes; los privilegiados que tenían uno,  sacaban los televisores a la puerta de las casas para que los demás vecinos y vecinas pudieran disfrutarlos también, aunque la verdad era que seguía apeteciendo compartir con los demás las tardes noches en la calle. Más tarde el televisor ganaría la batalla y todos se aislarían dentro de sus casas.

Recuerdo a mi padre correteando mientras le gritaba a un vecino que por la noche había ido a defecar (o a cagarse que es como decíamos) debajo de la pared de mi casa, que daba a la playa. Recuerdo sus gritos “!No te da vergüenza cagarte donde jugarán mañana tus hijos con los míos!”. El buen uso de los espacios era responsabilidad del vecindario y el grado de conciencia era obligatorio. Así me viene a la mente imágenes de las vecinas barriendo y fregando las aceras y baldeando las calles para que los niños y mayores puedan disfrutarlas en buenas condiciones.  Todo eso se ha ido perdiendo y la falta de identificación con los espacios comunes nos aleja de usos y compromisos sanos y comprometidos con ellos. La vida en las calles esta desapareciendo, de ahí que cada día surjan en las ciudades zonas que vuelven atrás en el tiempo y se peatonalicen (por desgracia sólo ocurre en las zonas más céntricas y no en los barrios).

Recuerdo también otras formas de apropiación de los espacios públicos. Cuando se reivindicaba los terrenos que había detrás del cementerio, los vecinos y vecinas de la zona nos congregamos en aquél solar y construimos improvisados bancos de ladrillo y cemento, allí bebimos y comimos para festejar la apropiación de lugares que entendíamos que eran públicos y no podían perderse en manos especuladoras; el trabajo, la charla, el beber y comer era la manera más natural de reivindicar un espacio para la vida en comunidad.

 Otra manifestación de apropiación del espacio público fue la toma festiva que supuso la subida al monte San Antón. Más de 1000 personas nos congregamos en el monte a la primera llamada que hizo la Asociación de Vecinos para celebrar la romería en el monte San Antón, que desde hacía muchos años, estaba cerrado por las urbanizaciones que impedían el paso.

Esa calidez que propicia la comunicación, la puesta en común de esfuerzos destinados no sólo a la productividad sino, sobre todo, al goce y la diversión, a la puesta en común de mensajes y contenidos comunes y consensuados, sentidos y asumidos por todos es la esencia experiencial de los espacios públicos.

Los pocos eventos que se viven colectivamente cada día son más escasos en espacios abiertos y en distintas zonas. Ahora los conciertos no son en la calle, todo se hace en recintos cerrados sin posibilidades de movilidad y de establecer múltiples contactos relacionales.

     La Asociación de Vecinos/as ha mantenido durante años la presión sobre las instituciones para defender los espacios públicos que cada día son menos. Para ello promueve la celebración de eventos en la calle. La fiesta de los “juas” en la plaza central del barrio, en la plaza del padre Ciganda, junto al mar (seña histórica de identidad sociológica), es una de ellas, y la mantiene con la esperanza de que surja de nuevo la posibilidad de extenderlo a toda la barriada para de nuevo tomar las calles de manera lúdica y fortalecer relaciones de cooperación. La Asociación de Vecinos/as de El Palo entiende que debe extenderse  el espíritu participativo al resto de los ciudadanos/as para fomentar las tradiciones culturales y festivas que dan identidad a los barrios y motivan los valores de  convivencia, creatividad y participación. Pero esto es muy arriesgado para los políticos actuales que descubrieron que tener a las familias aisladas en sus casas es más rentable que mantenerlas en contacto y en libertad sintiéndose dueños de la calle.

 

 

    Este trabajo José María Alonso expresa muy bien la importancia del espacio público vivido.

    Cada verano echo de menos las moragas que celebrábamos en las playas. La moraga de sardinas, el rito de los espetos de sardinas disfrutados por todas las familias como lugar de encuentro y toma del espacio público como elemento de relaciones sociales libres y espontaneas, ese rito de encuentro natural que forzado por la sociedad de mercado se prohibió en las playas. Se mantuvo el  símbolo de apropiación del espacio, ahora ya no se pueden tomar las sardinas asadas en la playa, si nos las consumes de manos del comercio, del Díos de nuestra civilización,”el consumo”  reglado por las normas del mercado.

    Sin embargo, sobre el frío hormigón del paseo marítimo, entre el entramado de estructuras metálicas de merenderos y restaurantes sobresale todavía la necesidad imperiosa y natural, libre de prejuicios y contestataria ante convencionalismos de una familia que quiere comer en la calle y se reúne en familia como antiguamente, a comer con la mesa y las sillas en la puerta de su casa, entre merenderos y frente al mar. Estas imágenes que recoge este trabajo son clarificadoras de la tensión entre lo público y lo privado… Los procesos entre lo natural y lo forzado por las circunstancias y las presiones de lo privado, también están muy bien recogidas en la narración que Nono hace del invento de su nueva forma de pregonar el pescado en su merendero “el Tintero”

    Nuestra barriada era modelo de esa convivencia, todavía quedan zonas en nuestro barrio en las que los vecinos se encuentran en las puertas de sus casas en torno al brasero o en torno a una charla distendida. La apropiación de los espacios comunes crean sentimientos de pertenencia a la comunidad y corresponsabilidad en su cuidado. Iniciativas que partiendo de mundo de lo intelectual se preocupan por reflejar este otro mundo que nada o poco tiene que ver con las grandes cifras y datos, sobre rendimientos y beneficios macroeconómicos; son necesarias y merecedoras de reconocimiento y apoyo. Mirar hacia el interior de lo que escapa a las cifras, lo que es propio de los sentimientos y sensaciones es invertir en calidad de vida, en felicidad y en un concepto de lo ciudadano, más racional, humano y menos productivista y propio de la sociedad de mercado. Por ello  podemos felicitar a José María Alonso porque con su  trabajo nos pasea por nuestras playas, nuestros vecinos y vecinas y nuestras historias que aunque son pasadas, casi extinguidas; si son memoria, siempre serán referencia viva para cuando sea indispensable recurrir a ellas.

 

Miguel López Castro

maestro,flamencologo y miembro de la Asociación de Vecinos/as de El Palo