El nacimiento de la modernidad, allá por los inicios del siglo XIX, consistió en adoptar una forma de hacer que ofrecía un mundo mejor. Ser modernos no consistía tanto en estar al día, como en confiar que la vida de la gente en el futuro iba a progresar. Contenía en sí mismo un claro principio ético. La época postmoderna actual, por contra, se caracteriza por reconocer que el futuro del planeta será peor, según el impulso que nos lleva. Por tanto, el progreso ilustrado ya no forma parte de los principios que orientan la sociedad contemporánea. También, el compromiso ético para alcanzar la libertad y la igualdad de los seres humanos ha sido sustituido como fin, por la mercantilización previa de cualquier actividad.
La falta de planteamiento ético de arquitectos y urbanistas queda al descubierto cuando éstos defienden los rascacielos y -para justificar la sostenibilidad de sus proyectos-, hablan de densidad urbana y exaltan la modernidad de su imagen, y las mejoras de la economía y la ciudad. Así, confunden a la ciudadanía e incumplen una tarea fundamental de su cometido profesional, como es aportar información correcta para que se puedan adoptar las mejores decisiones, con la mejor información posible. Comenten fallos imperdonables que se producen por ignorancia o, lo que es peor, porque ejercen de oportunistas sin escrúpulos.
Koolhaas valora los rascacielos de Nueva York porque en ellos se mezclan usos diferentes
La densidad urbana no es necesariamente buena. De hecho, puede ser muy perjudicial. Ahí tenemos la franja de Gaza, con unas densidades salvajes de población en unas condiciones infrahumanas de habitabilidad. El mismo gravísimo problema de concentración encontramos en casi todas las favelas o bidonvilles de muchas ciudades latinoamericanas y africanas. La densidad urbana no sólo no mejora la habitabilidad en estos casos, sino que acrecienta el gravísimo problema de habitación. Sin embargo, son beneficiosas la diversidad de usos y la mezcla -no la densidad-, porque reducen la entropía urbana, es decir, la energía malgastada que no se recupera por el propio sistema urbano (igual que la biodiversidad de un ecosistema reduce su entropía). Los rascacielos -o edificios en altura-, pertenecen a una tipología arquitectónica que puede ser útil para la ciudad, siempre que sirva para aportar variedad y riqueza espacial y social a un entorno urbano, diversificando sus usos. El arquitecto holandés Rem Koolhaas valora los rascacielos de Nueva York porque en ellos se mezclan unos usos muy diferentes sobre otros. Así, destaca del Waldorf-Astoria que concentre un hotel de paso, comercios, residencia, un gran conjunto con salón de bailes y recepciones, sedes compartidas de clubes y organizaciones, un garaje para vagones privados de ferrocarril, salas de exposiciones «y todo lo que se pueda imaginar en 40 pisos».
Sin embargo, el sociólogo Henri Lefebvre criticaba la imagen de las «casas torre» como arrogancia fálica, o peor, falocrática. Los rascacielos son las arquitecturas más queridas por el poder económico para exhibirse (precisamente nacen a finales del siglo XIX en EEUU cuando las multinacionales adquieren el tamaño para competir con los estados). Además, se utilizan para absorber la liquidez monetaria producida por las burbujas inmobiliarias, como ocurre ahora. David Harvey, catedrático de la Universidad de Nueva York, explica en Ciudades rebeldes que toda crisis global viene precedida de una crisis inmobiliaria causada por un exceso de liquidez que hace que los inversores desvíen sus beneficios hacia la construcción, provocando de esta manera una gran burbuja, que suele estallar anunciando la crisis económica inmediata. Su referente visual está en los skylines de las ciudades importantes. En Nueva York el Empire State inició su construcción antes de la crisis del 29, aunque se concluyó en 1931. Las Torres Gemelas (World Trade Center) se inauguraron a finales de 1973, una vez desatada la crisis del petróleo a principios de ese año. Las Cuatro Torres Business Area, del Paseo de la Castellana de Madrid, se inauguraron durante el periodo 2007 y 2009. Sin embargo, lo más llamativo que recuerda Harvey es que las crisis inmobiliarias de Florida en EEUU, Inglaterra, Irlanda y del sur de España originaron la crisis financiera que arrastramos.
Ahora, además, los grandes proyectos -como los rascacielos-, fomentan y agravan las siguientes problemáticas urbanas:
-La inversión de grandes capitales en poco tiempo produce fuertes impactos y generan servidumbres al resto de la ciudad; los ciclos de obsolescencia y renovación del espacio físico se aceleran, desorganizando los ritmos somáticos, sociales y culturales de la población, con efectos en la vida cotidiana que se hurtan al conocimiento de las personas afectadas y de la ciudadanía en general.
-Debido al manejo de grandes cantidades de dinero y por la desproporción de poder respecto los ayuntamientos, propician la corrosiva corrupción política que se da en el urbanismo. Los efectos son: falta de transparencia y marginación de la opinión ciudadana, el llamado urbanismo «a la carta» y de convenio que favorece la iniciativa privada por encima de lo público y la creación de externalidades (conjunto de infraestructuras, desregulaciones, beneficios fiscales…) que pagan los ciudadanos a través de la Administración. Hechos que denominamos en conjunto «urbanismo líquido», parafraseando al pensador Zygmunt Bauman.
-Retroalimentan el dominio del capital financiero en la nueva economía urbana y la concentración de poder en menos manos; el objetivo es la producción y acumulación de dinero por mediación de las rentas del suelo y su transformación en bienes financieros, no de mercancías, que quedan reducidas a masivos objetos arquitectónicos sin cualidad alguna.
La principal causa de la gran crisis ha sido el crecimiento ilimitado de la construcción y de la superficie urbanizada en el territorio. Los nuevos rascacielos proyectados sin sentido -como antes los antiguos-, reúnen en una arquitectura vanidad y codicia. Pero la ciudad no necesita rascacielos, ni ser más densa, ni cambiar de imagen, ni recibir el tipo de economía que imponen. Un mundo peor. La ciudad debe ser, en todo caso, más biodiversa, más local en su economía y más rica en su vida urbana; ésta es la imagen que beneficia al conjunto de la ciudadanía, y que nos muestra Defendamos Nuestro Horizonte. Un mundo mejor.
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