Siempre es agradable andar por los renglones de la historia de cualquier barrio o lugar malagueño que te pueda transportar a soñar despierto con cientos de diferentes escenas en sus múltiples rincones y bellos lugares, donde tomaron vida los relatos de muchos de nuestros grandes escritores costumbristas. Hoy me complace traer hasta estas páginas los aromas camperos de San Antón, Gálica, Jarazmín o algunos otros de estos bucólicos lugares donde aún se pueden escuchar alegres trinos de jilgueros, el desenfadado piar de los gorriones o el de las variadas especies que vuelan por estos aires. Y cómo no, sentir la caricia de la brisa mañanera por las arenas de sus playas.
Esta encantadora zona del Valle de Mira-flores, tras la toma de la ciudad por los Reyes Católicos y el repartimiento de sus tierras, tuvo 342 habitantes en el siglo XV, según consta en los folios 80 al 105 y 211 del número 5 de los libros de Repartimientos, donde se lee:»Personas a las que dieron parte de tierra de los campos por haber contribuido a la conquista de Málaga». Y aunque en 1700 tan sólo había 35 habitantes, sin que al parecer se conozca la causa del descenso, lo cierto es que la población de la zona, aunque escasa, volvió a ir en aumento hasta llegar a alcanzar una cifra cercana a los quinientos habitantes en los primeros años de 1800; la que carecía de los servicios mínimos necesarios que una población precisa, entre los que se podrían citar el cementerio, la iglesia o la escuela.
Desde sus comienzos como población, no he encontrado constancia de que existiese lugar de enseñanza en la zona, ni maestro que la impartiese hasta la primera mitad del siglo XIX; precisamente es en 1839 cuando el gobernador civil de la provincia se interesó por la necesidad de educar a la población y el día 22 de enero de ese año dirige un requerimiento al ayuntamiento en el que entre otras cosas dice: «Mereciendo ya que la población de el Palo, por su crecido vecindario, tenga un establecimiento donde pueda, sin grandes sacrificios de los padres de familia, educarse, así cuando no sea más que en los primeros rudimentos de la lectura y arreglo de costumbres, no puedo por menos que excitar el celo de V.S. Para haciendo un esfuerzo procure asignar una dotación moderada afín de que un maestro de primeras letras, examinado, pueda hacerse cargo de la escuela al fin indicado… «
Pasados dos días, en el cabildo celebrado el 24 de enero, se acordó que la petición del gobernador pasase a la comisión de instrucción pública, que no demoró en demasía su apreciación contestando que la comisión pública: «cree de necesidad el que se establezca en la población del Palo un maestro de primeras letras, examinado… Con este fin, es de parecer, debe hacerse un repartimiento entre los vecinos de otros pueblos para el sostenimiento de tan útil objeto. V.S.I., sin embargo resolverá como siempre lo más conforme «.
El nombramiento de maestros para la escuela pública, según el artículo de la Ley de 21 de abril de 1838, correspondía a los ayuntamientos, aunque ninguno se llevaría a efecto sin la aprobación del Jefe Político, quien oiría a la Comisión Provincial, por tanto, la contestación de la comisión fue remitida el 21 de mayo al Jefe Superior Político.
Éste fue el primer paso que dio origen a la aprobación que, afortunadamente llegó dada en la persona de don Antonio Rabanal, maestro de avanzada edad, quien al tomar posesión de su cargo y comprobar las necesidades culturales del alumnado no sólo dio clases diurnas, también las daba nocturnas, obteniendo por su trabajo un sueldo de seis reales diario, de donde debía pagar casa, luz, y comida, siendo esto último lo de mayor costo según indicaba de propio puño en amarga y extensa carta de súplica al ayuntamiento en solicitud de un mejor salario en fecha 23 de febrero de 1843, de donde extraeremos la voz escrita de este meritorio dador de cultura que comienza diciendo: «Don Antonio Rabanal, maestro de primeras letras de la población del Palo a VSI con todo respeto espone (sic): que la asignación de seis reales diarios que disfruta es tan escasa cuanto que apenas alcanza a su reducida subsistencia. Basta para convencerse que ningún niño le retribuye cantidad alguna ni aún el más pequeño gage (sic), como acontece en pueblos más acomodados, y esto unido al alto precio de los comestibles hace conocer su apurada situación, habiendo de costear casa y la luz para los que dan la lección de noche; y no siéndole tampoco dable dar lecciones a adultos o a niñas en casas particulares…» finalizando con la siguiente súplica: «Suplica se digne concederle la cantidad que baste a costear los libros, papel y demás utensilios necesarios para la enseñanza y costo del local de la clase de cuyo modo se abrirán sus obligaciones y se hará un bien a la humanidad y a la misma educación. «
El sueldo de un maestro de escuela primaria no podía ser inferior a 1.100 reales anuales según establecía la ley de 21 de julio de 1838 y el ayuntamiento, considerando razonable la petición de don Antonio incrementó dos reales más a su salario, que no disfrutó por un tiempo excesivamente prolongado ni los paleños pudieron obtener grandes enseñanzas de él, ya que fallecía el 6 de julio de 1845.
El deceso se notificó oficialmente en el cabildo del día 12 de julio por oficio del señor regidor, que un día después había pasado por la población de El Palo, para ver en qué estado se encontraba la escuela primaria, y en su encuentro con el alcalde pedáneo, éste le había notificado la muerte del maestro.
Por cierto que, como nota curiosa el regidor en su escrito tienen un lapsus y cambia el apellido de don Antonio Rabanal por Antonio Barragán. Siempre que el humano concluye su periodo de vida, familiares, allegados, vecinos o quienes correspondan al caso tratan de hacerse con lo poco o mucho que en vida poseyó, con la excepción de las deudas contraídas, que ésas no las quiere nadie. Aunque también en determinadas ocasiones se trata de dejar el buen nombre del desaparecido tan limpio y alto como se considera que su memoria merece. Así, dejaremos continuar a las voces escritas hace 165 años, para que nos continúen informando, trasladando para su lectura algunos renglones de la carta que el hijo del difunto maestro en fecha 11 de julio, cinco días más tarde escribió al ayuntamiento, para que no cayese falta alguna a la memoria de su progenitor, cuyo comienzo es como sigue:
«D. Antonio Rabanal vecino de esta ciudad a V.E. con todo respeto expone: Ha fallecido D. Antonio Rabanal su padre, maestro titulado de primeras letras nombrado por V.E. en la población del Palo.
El exponente ha dejado en la debida custodia los enceres de la escuela, que su padre había recibido por inventario, para entregarlo en igual forma tan luego como V.E. disponga persona al efecto. «
Pide asimismo que se tenga la consideración de abonarle la mensualidad de ese mes para pagar el alquiler del local y por los desembolsos realizados para poner a cubierto de toda sustracción los enseres «sin otra mira que la de los interese públicos y del buen nombre del difunto de quien nada tiene que percibir, antes por el contrario ha costeado su curativa y funerales..»».
La noticia de la plaza vacante, una vez que don Antonio pasó a formar parte de la historia de la barriada, voló más que corrió y tan sólo pasadas las primeras veinticuatro horas, los pretendientes a ella surgieron de inmediato. No obstante tras un tiempo de obligado paro en la enseñanza, ésta se volvería a retomar unos años más tarde, como veremos en siguiente y último capítulo, donde conoceremos a los maestros que solicitaron la plaza libre así como un poco más de su historia; por lo que dejamos esta primera parte con una sugerencia hacia la Asociación de Vecinos que tanto bueno ha hecho y hace por la barriada: que pensase en la posible petición a quien corresponda de que, a un futuro colegio, una calle, plaza o rotonda en El Palo se le pueda dar el nombre de una persona desconocida y anónima, pero que ha pasado a su historia como eeste lugar: don Antonio Rabanal.
Las noticias que suelen volar más que correr, los siguientes días al fallecimiento de don Antonio
Rabanal, hicieron que algunos maestros se apresuraran epeticiones en las puertas del Ayuntamiento con la inten ;uno de ellos don Juan Sanz, maestro de primeras letras con Superior Aprobación y vecino de El Palo, que no logró el puesto de la escuela paleña en sus comienzos por estar ejerciendo en Carratraca; vuelve en esta ocasión a insistir en su solicitud, suplicando le concedan la vacante plaza tras los informes
de los alcaldes habidos en la barriada.
Igual que el maestro anterior,en julio de 1845 mandó por escrito su petición don Bernardo Cornelio Zerda,natural de Málaga, a quien se le expidió su nombramiento de Ins- trucción Primaria Elemental con aprobación del Supremo Consejo en el año 1825. Estuvo ejerciendo en Málaga capital hasta el año 1839, en que hubo de marcharse al colegio de un pueblo cercano y al enterarse de la vacante de maestro en la plaza de El Palo, solicitó le fuese concedida.
En el cabildo celebrado el día12 de julio de 1845, el Ayuntamiento tras conocer ofi- cialmente el deceso del maestro y tener las peticiones indicadas, acordó que dicha vacante pasase a la Comisión de Instrucción Primaria para las diligencias de convocatoria, donde se decidiría “queesta vacanterecaigaensuge to”Sic” que reúna las circunstancias que se requieren…”
Aunque según las normas vigentes de esos años,las vacantes debían anunciarse “por medio de los papeles públicos de la Provincia en el término de un mes a lo menos”, pasaron varios sin notificación ni resultados hacia los maestros peticionarios, ni de la gestión que don Antonio Villalba, alcalde pedáneo de la barriada,hiciese ante el jefe superio rpolítico don Melchor Ordóñez en solicitud de un nuevo maestro, por lo que en septiembre vuelve a tomar papel y tinta, para ofrecerle al alcalde primero constitucional del Ayuntamiento malagueño los servicios de don Rufino Fernández, vecino del partido de Jarazmín ,con la “súplica a V.S.se sirva autorizarle para que de prórroga para ejercer su facultad por no hallarse en la actualidad con medios suficientes para costear otro examen…”
Ningún acuerdo ni posible interés en que se ocupase la plaza de maestro vacante debió existir, no por parte del emprendedor alcalde pedáneo Sr. Villalba, que reitera nuevamente al año siguiente su petición, tras no haber sido ocupada aún la plaza vacante el 27 de agosto de 1846, en otro intento de que un nuevo maestro continuase las clases interrumpidas.
Aunque no sería extraño que en el intervalo de tiempo transcurrido realizase otras peticiones, ya que según parece,siempre mostró interés y preocupación por esta carencia como podemos comprobar en unos párrafos de la siguiente carta:
“Contando esta población de cerca de cuatrocientos vecinos,y siendo abundantes los jóvenes que se hallan en el caso de la educación de primeras letras,son repetidas las reclamaciones que los padres de estos jóvenes mandan diariamente para que haga presente a V. S. se entable con esta población un maestro de primera educación para la enseñanza de estos jóvenes como lo ha habido hasta el“próscimo” año pasado que falleció don Antonio Rabanal que la obtenía…”Un sentimiento patrio es el que da final esta carta,que continúa: “…en la inteligencia de que de no establecer una enseñanza de primeras letras en esta población,no podrá sacar en ningún tiempo una persona que pueda serle útil a la nación española...”
En el interés por sus conciudadanos el Sr. Villalba se encontraba acompañado de don Pedro Salido, celador de El Palo y ambos, conocedores de las necesidades del vecindario continúan reafirmándose en la misma petición pasado un año más,el10 de marzo de 1847, en que la población alcanza ya las 1.438 almas según ellos mismos manifiestan en el nuevo escrito, donde vuelven a quejarse porque “ son muchos los jóvenes que por falta de maestro se han hecho unos vagos…” y para evitar que esto continúe ocurriendo,presentan la solicitud de otro enseñante, don Joaquín Rivas Martino, que no pretende honorarios por su trabajo, tan sólo pide se le franquee gratuitamente el establecimiento.
Nada se debió lograr con ese nuevo intento ya que, en marzo del siguiente año 1848, don Juan Caro, profesor de Instrucción primaria con Real Aprobación suplica se dignen agraciarlo con su nombramiento como maestro de El Palo, por concurrir en él las cualidades y requisitos que prevenía el reglamento y hallarse la plaza vacante.
Es llegado 1849, cuando en Cabildo de 30 de abril se debate la última carta peticionaria «atendiendo el Ayuntamiento al número de vecinos de la barriada del Palo partido urald lamismaacargode tro alcalde acordopase lAlcalde orregidor residente onobjetodequesesirvare solverlo quemejor estime…”
Por fin se logra que la población de El Palo, compuesta en 1849 por 470 vecinos, continúe siendo atendida su demanda de cultura; puesto que las palabras escritas de los que vivieron e hicieron posible esta historia son los que nos la legaron, no debeo mitirse el pensamiento trasladado al papel del alcalde pedáneo de El Palo, quien comienza su misiva de esta manera: “No hay duda, que la “istrución” y educación de la juventud es la sola capaz a producir buenos ciudadanos para nuestra Patria común. Cualquier sentimiento a ennoblecerla no debe abandonarse; y siendo evidente que ninguno más bien puede obtener el intento como sacar de ignorancia el Pueblo que en ella yace…” En esta carta, finalizada con un: “...cuyos resultados serán obsequio a Dios, a la Patria y a la Sociedad toda…”, se agradece que un nuevo maestro, el sacerdote exclaustrado don Francisco Fernández Arjona, natural de Vélez-Málaga, abra nuevamente las puertas de la antigua clase, para sacar de la ignorancia a una juventud largamente abandonada. Es posible que don Francisco no tuviese titulación de maestro, y por tanto no pudiese optar a escuela dotada, sin embargo caso de ser así, se debió acoger a las normas establecidas sobre los religiosos exclaustrados, a quienes la Dirección se reservaba poder relevar del examen, en vista de los certificados y los grados literarios que presentasen. Sea como fuere,lo cierto es que con fecha 12 de diciembre de 1849, don Francisco Fernández Arjona, Tte. cura de la barriada, se hace cargo y queda instalada la escuela Pía que el Ayuntamiento de Málaga le había confiado.
Las tan esperadas clases dieron comienzo: ”...en el día 13 del actual (enero de 1850), en la que reciben por ahora la primera enseñanza 37 niños de clase pobre,bajo la dirección del Presbítero don Francisco Fernández Arjona…”
El inventario de efectos recibidos para la escuela era como sigue: 7 bancos grandes de asiento; 4 bancos pequeños; 24 cuadros de muestras con cristales; 6 cuadros de muestras sin cristales; 1 mesa con carpeta; 3 mesas para escribir largas; 1 pizarra; 1 sillón.
No obstante, en febrero del año 1853 la comisión local en la visita realizada a la escuela