No habrá paz en el Balneario

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Es evidente por la arena fina y mojada, lavada por las olas, que tiene adherida a su superficie. A pesar de ello, reluce con un brillo marino bajo el sol eterno, que se ha vuelto a abrir camino entre las nubes con resaca de aguacero.

Es una metáfora visual impresionante. La copa, el sitio al que pertenece, se ha llevado el enésimo susto, precisamente en el día de los Difuntos, y que no se lo digan a algún cliente supersticioso. La Naturaleza le ha dado una advertencia más seria que todas las puyas burocráticas de la Junta de Andalucía. Esta vez no está en juego de quién es o deja de ser la concesión, convertido casi en un asunto menor. El mar no entiende de niveles de protección urbanística ni de planes especiales. Ha derribado el muro del malecón por varios flancos; ha destrozado las puertas y las ventanas del frontal y ha inundado hasta el último rincón del centenario edificio, del salón a la cocina, que por momentos se diría veneciano. Ha levantado el suelo en la terraza, se ha llevado las tarimas y ha abierto un butrón profundo como una tumba, en el que alguien dice con sorna que caben muchos políticos. En la parte del antiguo 'camping' la palmera más antigua y de más porte también yace cadáver. Para variar, esta vez ninguna columna se ha derrumbado, capricho del Tritón que toca su caracola para calmar o elevar las olas del mar.

Como esa copa de cristal, el Balneario logró sobrevivir el domingo al peor de los expedientes de rescate -curiosa ironía- sin perder un ápice de su brillo, de ese estilo decadente del que tantos malagueños estamos enamorados. El barco ha quedado tocado pero no hundido; ha perdido varias de sus velas pero no está ni mucho menos desarbolado. El peor temporal de los últimos 20 años tiene que servir para que de una vez por todas la sociedad malagueña exija a los dirigentes de la Junta, de Costas y del Ayuntamiento de Málaga una solución definitiva para que esta pieza clave del patrimonio no sucumba. Hasta entonces, no habrá paz en los Baños del Carmen