P R I M E R E N C U E N T R O

Fue a toparse el animoso don Quijote con “un gran tropel” de gente, formado por unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Venían con sus “quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mula a pie”.

Viéndoles ya soñó con una aventura y puesto “en la mitad del camino” se apresuró a detener la comitiva.

Sin complejos, con la autoridad moral de quien no se esconde porque sus pretensiones son nobles y desprendidas.

Para afirmar y exigir declaración de respeto y veneración ante la belleza de la sin par amada del valeroso caballero.

A lo que contestaron los mercaderes : “Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís . . .”.

Como si fuera preciso conocer a nadie para enaltecer su humanidad su real prestancia, principalmente si ha de declararse en medio de la paramera manchega, como para no tomarse en serio el emplazamiento que exige el inesperado caballero andante.

Como para terminar obligando al esforzado caballero que: “en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho , con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader”.

Porque no estaba previsto el desenlace cuando fue don Quijote a caer de bruces: “rodando por el campo”, el buen caballero, derrotado sin haber entrado en liza real, en refriega inaplazable, vencido pero no rendido el caballero andante.

“Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended, que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido”.

 

     Torre del Mar abril – 2.016