. Los cantaores de flamenco suelen ir a lo suyo, que es a cantar y a ganar dinero. Es cierto que colaboran en todo lo que se les pide y que participan en homenajes benéficos a compañeros con problemas. Pero se les echa de menos en la lucha.
En otros tiempos no fue así. Por ejemplo en la II República, época en la que hubo cantaores que se mojaron políticamente y que llegaron incluso a grabar fandangos a favor de la República. Algunos fueron encarcelados y hasta pagaron con sus vidas. Otros tuvieron que emigrar a países de Europa o a América para salvar el pellejo cuando estalló la Guerra Civil. Los que no se fueron sobrevivieron a duras penas soportando humillaciones y vejaciones de todo tipo, y los hubo que se hicieron partidarios del régimen, que iban a cantarle al Caudillo en La Granja aun a sabiendas que tenían que entrar por la puerta del servicio y que el pago era un regalito en metálico y una placa de bronce que luego enmarcaban y colocaban en el salón de sus casas para presumir de haberle cantado al genocida gallego.
José Menese, Enrique Morente y Manuel Gerena fueron los más comprometidos en la etapa de la dictadura franquista. Cuesta entender que Menese y Gerena estén tan poco reconocidos en la actualidad. Este último recibió el pasado mes de febrero la Medalla de Plata de Andalucía, galardón que hubo que hambrear. Menese aún no la tiene. Sin embargo, sí la poseen Alejandro Sanz y David Bisbal. Quizás sea este el motivo del escaso compromiso social y político de los nuevos cantaores: el hecho de saber que los que sí lo hicieron en su tiempo estén hoy tan olvidados. En el caso de Gerena, al que llamaban El Cantaor de la Libertad, mendigando recitales en los saqueados y más que esquilmados despachos socialistas para poder sobrevivir.
Hay motivos más que suficientes para que salgan de nuevo los cantaores contestatarios, pero no salen. El Cabrero recogió de alguna manera el testigo gereniano y sigue firme en su particular cruzada contra el poder, sea del color que sea. Pero como ahora el poder es de izquierdas, al menos en Andalucía –una izquierda más que discutible, por supuesto–, el cantaor de Aznalcóllar sufre también el castigo por parte de las instituciones públicas. No ha dicho todavía, como Menese, que son los mismos perros de antaño “con los mismitos, mismitos collares”. Aunque sí cosas peores, en una línea de denuncia social en forma de coplas flamencas que dura ya cuatro décadas.
Cuando se plantea esta cuestión en los mentideros del flamenco, las opiniones al respecto son muy variadas. Tanto como las preguntas. ¿Deben los cantaores hacer como los de antaño? ¿Sería lógico que volvieran los flamencos a protestar en un sistema democrático, aunque esté podrido? ¿Se han aburguesado los cantaores, como la sociedad en general? ¿Los aceptaría la casta actual? Interesante debate para estos últimos días de agosto