EL día en que los vecinos de Málaga decidan de primera mano, sin intermediarios, sin imposturas marcadas por los intereses previos, qué se hace y cómo se hace en esta ciudad, no llegará. Definitivamente, la muerte de la participación es un hecho. Aquellos que se llenan la boca anunciando el nuevo tiempo de la política son los que engordan la mentira. Unos, por hacer creer que será posible instalar urnas ciudadanas en las calles de los barrios para que todo el que lo quiera, inocente o culpable, prudente o imprudente, emita su particular voto sobre cómo serán los parques, las torres, las fuentes… Otros, por sostener esta aspiración legítima ignorando las consecuencias ineludibles que, en muchos casos, las potenciales decisiones pueden generar.
Sea por unos o por otros, el camino conduce al cementerio. Allí es donde va a parar la apuesta por dar protagonismo al vecino en el futuro de los suelos de Repsol. Durante meses, todos, sin exclusión, generaron la ilusión de que el residente de Carretera de Cádiz podría opinar. Algunos lo hicieron, cierto es, convencidos de las bondades de este ejercicio; otros, instalados en el equipo de gobierno, prefirieron renunciar a sus propias convicciones, contrarias a la consulta, con tal de no quedar retratados, relegados en una secuencia de aspiraciones tan ambiciosa como difícil de asimilar.
La sentencia de muerte, ya anunciada sin disimulo en los últimos meses por el Ejecutivo de Francisco de la Torre, quedó definitivamente certificada esta semana. Los informes emitidos por los altos funcionarios municipales, ya sea el secretario o el interventor, no son concluyentes en la defensa de este proceso participativo. No cierran la puerta al mismo, pero tampoco la abren con la contundencia necesaria.
Cada uno de los documentos dudosos ha acabado siendo contraprogramado por los numerosos estudios emitidos por diversos departamentos de la Gerencia de Urbanismo y por, en última instancia, la Concejalía de Economía y Hacienda. El pronunciamiento del director general de Economía y Presupuestos, Rafael Sequeira, debiera asustar hasta a los más convencidos. El estado crítico que llega a dibujar el directivo municipal es suficiente para reflexionar de manera serena sobre el futuro de Repsol. Que De la Torre renuncie a las torres que él mismo levantó en la teoría del nuevo planeamiento urbanístico era una quimera antes; a tenor de lo expuesto por el director general, ahora sería una temeridad.
El mandatario, que no duda un segundo en agarrarse a un centenar de vecinos de Bailén-Miraflores para cuestionar de arriba abajo la proyección del Metro en superficie hacia el Civil y poner en duda la legalidad actual de la concesión, esquiva con habilidad que otros proyectos de semejante trascendencia para la ciudad sean objeto del análisis sosegado que merecieran. El caso del hotel rascacielos de 135 metros de altura planteado en el dique de Levante es fiel ejemplo de ello.
De la Torre, que forzado por la contestación ciudadana, tumbó la construcción de un multicines en el muelle 2 y enterró la modificación del planeamiento para levantar un edificio cultural de cien metros de largo en la esquina de oro, se mantiene firme ignorando cualquier debate posible sobre la torre promovida por inversores cataríes. La cuestión, a priori, volverá a ser puesta sobre la mesa esta misma semana por esas voces minoritarias, parafraseando al presidente del PP, Elías Bendodo, que en su minoría tratan de argumentar sus pareceres.
Lo harán en el marco del Consejo Social de la Ciudad, posiblemente el ente más infravalorado y ninguneado de cuantos existen en la esfera de lo municipal. La presencia en este foro de colectivos como los colegios de Arquitectos, Economistas y Trabajo Social; los dos grandes sindicatos; los empresarios; la Universidad; el PTA; las tres federaciones de asociaciones de vecinos; los grupos políticos con representación municipal; consumidores, Unicaja… lo convierten en un ágora más que cualificado para ser referente en el desarrollo presente y futuro de la urbe. Algo de lo que, a juicio del alcalde, no parece formar parte la construcción de un inmueble de 35 plantas de altura, con zócalo comercial, aparcamientos soterrados, en la parcela más estratégica de cuantas quedan en la ciudad. Lo dicho, no hay esperanza ni mañana para pensar que los que hoy dictan el camino a seguir crean en la mayoría de edad de la ciudadanía.